"La superstición es la religión de los espíritus débiles."
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Las Tea Parties Protests: un movimiento que puede cambiar Estados Unidos

Publicado por Bob Moosecon el 10 de Noviembre de 2009 en American Review.
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Todo empezó el 10 de febrero pasado en Fort Myers (Florida) cuando en su ayuntamiento se celebró una reunión pública, un townhall meeting, que contaba con la presencia del presidente Obama. Pocas protestas públicas se habían producido aún contra el flamante presidente y por eso el que Mary Rakovich, una activista de la organización FreedomWorks, desplegara una pancarta contra el proyecto de Ley de Estímulo Económico causó el asombro de los medios de comunicación que la abordaron inmediatamente para que les explicara por qué no estaba satisfecha con un presidente que ella consideraba que “está conduciendo a los Estados Unidos hacia un régimen socialista por mucho que él no lo llame así”.

Primero fue una protesta aislada, luego, seis días después, el 16 de febrero, justo el día antes de que el presidente firmara la dichosa ley, un bloguista de Seattle (Washington) llamado Liberty Bell hizo un llamamiento a protestar públicamente contra ella, iniciativa que sólo reunió a varias docenas de personas pero que tuvo el eco suficiente como para que al día siguiente se celebrara otra en Denver (Colorado) y al siguiente otra en Mesa (Arizona).

Por fin, el 19 de febrero, el comentarista de la CNBC, Rick Santelli, transmitiendo en directo desde el Chicago Mercantile Exchange, criticó abiertamente al gobierno por su plan de rescate de las hipotecas, algo que según él sólo serviría para premiar “el mal comportamiento” de los consumidores, y dejó caer la posibilidad de que hubiera “un Chicago Tea Party” tal y como en 1773 hubo un Boston Tea Party cuando un irritado grupo de bostonianos disfrazados de indios asaltaron tres barcos de la Compañía de las Indias Orientales cargados de cajas de té que estaban fondeados en el puerto a la espera de que los importadores satisficieran el impuesto correspondiente, un impuesto rechazado por las colonias al haber sido aprobado por el Parlamento británico sin su consentimiento, y las arrojaron al mar en un acto de rebeldía que levantó ampollas en la metrópoli.

Inmediatamente empezaron a surgir sitios en Internet con la denominación “ChicagoTeaParty” y la idea lanzada algo alocadamente por Rick Santelli, pero representativa de un estado de ánimo cada vez más extendido entre la gente, acabó crsitalizando en forma de Tea Party protests espontáneas que podían congregar a más o menos personas, pero que nunca pasaban desapercibidas. La culminación de todo esto se produjo el 12 de septiembre pasado, cuando tuvo lugar la Taxpayer March on Washington (”Marcha de los contribuyentes sobre Washington”), la mayor manifestación celebrada hasta la fecha contra el actual gobierno, calculándose su participación entre 200.000 y 800.000 personas, aunque hay quien considera que fueron más de 1 millón. Su objetivo no era ya el protestar contra una u otra ley en concreto, tal y como había sucedido hasta entonces, sino el hacer llegar a los políticos, sea del bando que fueren, su oposición al “gasto fuera de control del gobierno, la subida de impuestos, las leyes de rescate y el aumento en tamaño y poder del gobierno federal”.

Sin embargo, no basta con organizar manifestaciones para que un movimiento social logre sus objetivos. Necesita también de políticos comprometidos con sus ideales que estén dispuestos a trabajar por el éxito de estos y, hasta ahora, el movimiento Tea Party carece de esos apoyos. Es cierto que más de un político republicano, tales como Newt Gingrich o el gobernador de Texas, Rick Perry, han acudido a alguna Tea Party protest y que otros varios estuvieron presentes durante la “Marcha sobre Washington”, pero también es cierto que Michael Steele, chairman del Partido Republicano, fue vetado por los participantes, quienes si tienen muchos reproches que hacer a los demócratas ahora en el poder, también tienen otros tantos para los republicanos que lo ocuparon durante los últimos ocho años. Pero lo malo cuando uno ya no se fía de ningún político porque todos le parecen iguales es que aún así, se necesita de ellos. Y en ese caso, ¿en quién confiar?

La pregunta es difícil de contestar y lo cierto es que son muchos los miembros del movimiento que consideran que ha llegado el momento de que alguien lo encabece ante el temor de acabar viendo frustradas sus expectativas si no consiguen que su mensaje cale en Washington. Por supuesto, usted y yo estamos pensando en la misma persona: Sarah Palin y, de hecho, en las Tea Party protests no es nada extraño el oír a la multitud corear: “¡Sa-rah, Sa-rah, Sa-rah!”. Es cierto que ella es la candidata favorita, pero también lo es que realmente no ha hecho nada todavía para asumir ese rol, ni siquiera acudir a una protesta. Pero esto no es extraño si observamos la manera como está actuando, concediendo su apoyo a través de notas de Facebook antes que comprometiéndose personalmente y mucho menos con un movimiento que, lejos de ser homogéneo, incluye tanto a conservadores como a independientes y hasta a demócratas en sus filas. Sin embargo, su simpatía por él no puede ser cuestionada toda vez que les dedicó dos párrafos del discurso que pronunció en Hong Kong el pasado 23 de septiembre, apenas once días después de la “Marcha sobre Washington”:

Los ayuntamientos [las reuniones públicas que tienen lugar en ellos] y el movimiento Tea Party son ambos parte de una creciente toma de conciencia entre los estadounidenses normales y corrientes que ha decidido que si quieren un verdadero cambio deben tomar la iniciativa y no esperar a que se lo traigan. El cambio real, y ustedes lo saben bien, no necesita de un título determinado para hacerlo.

El movimiento Tea Party se bautizó muy apropiadamente para recordar a la gente de la revolución norteamericana, a los patriotas coloniales que se sacudieron el yugo de un gobierno lejano y declararon su libertad de la indiferente -y elitista - clase gobernante que limitaba su progreso y no les mostraba ningún respeto. Hoy en día, los estadounidenses corrientes contemplan Washington en términos similares.

Éstas son palabras que Palin ha utilizado más de una vez para referirse a sí misma con lo que eso supone de espaldarazo al movimiento Tea Party, el cual, a decir verdad, nunca ha pretendido nada con lo que ella misma no estuviera de acuerdo desde mucho antes de su salto a la política nacional: gobierno limitado, reducción de impuestos y responsabilidad a la hora de gobernar. Justamente el mismo programa que otros políticos como Doug Hoffman en Nueva York han propuesto a sus electores, logrando el abierto respaldo de Palin en lo que ha sido la gran sorpresa del otoño político estadounidense y proporcionando a todos esos miembros del movimiento Tea Party un primer atisbo de cómo emplear su fuerza para cambiar las cosas sin necesidad de esperar a una Sarah Palin que, curiosamente para un político (pero es que ella es diferente) no está en absoluto obsesionada con ser la única cara del cartel, sino que prefiere estar acompañada, y por cuantos más mejor, a la espera de que llegue su hora.

Ciertamente, el movimiento Tea Party puede cambiar el panorama político estadounidense si terremotos como el producido por Doug Hoffman se repiten en más lugares, asustando a los de la politics as usual y dando una oportunidad a candidatos cuyos ideales sean al menos los mismos de sus electores, algo cuyo mejor ejemplo es lo que ha sucedido recientemente en Nueva York cuando una candidata republicana que parecía más bien demócrata se ha visto obligada a abandonar ante el fracaso de su candidatura. Y es que, parafraseando a Reagan, no son los del Tea Party quienes han abandonado al Partido Republicano, sino el Partido Republicano quien les ha abandonado a ellos. Confiemos en que todo esto le sirva a sus gerifaltes para aprender la lección.

Publicado en www.semanarioatlantico.com

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