Marcello Pera y porqué debemos llamarnos cristianos
El camino contrario es el adecuado: “búsquese, encuéntrese el alma de Europa y la unificación europea será una realidad”.
El libro de Marcello Pera, Perché dobbiamo dirci cristiani, aparecido en Italia hace poco más de un año (noviembre de 2008) y que, salvo error por mi parte, no ha sido traducido al español, es sin duda una obra importante y que plantea muchos de los retos de nuestra época. Libro rico en cuestiones abordadas, abunda en argumentaciones convincentes aunque también se pueden encontrar en él pasajes mucho más discutibles, por lo que resulta una de esas obras tan rica en sugerencias que, aunque uno no comparta todo lo que el autor ha plasmado en sus páginas, su lectura y las reflexiones que provoca justifican el tiempo a él dedicado.En estas semanas en las que estamos inmersos de lleno en el debate acerca de la presencia del crucifijo en lugares públicos, he recordado lo leído en el libro antes señalado hace unos meses y que ahora, a grandes rasgos, compartiré con ese imaginario destinatario de estas líneas, o sea, con usted, en este caso ya no tan imaginario. El planteamiento del que fuera presidente del Senado italiano hasta 2006 parte del convencimiento de que el cristianismo, con respecto a Europa, y en un plano social, no meramente individual, es quien ofrece “los valores y principios que caracterizan nuestra civilización” y que hay que “reafirmar una tradición de la que somos hijos, con la que hemos crecido y sin la que todos nos empobreceríamos enormemente”. Desde este punto de partida, y siguiendo a Tocqueville, Pera sostiene que sin religión “ninguna sociedad puede ser estable y cohesionada, puede desarrollar un sentido de identidad y solidaridad” y que “el cristianismo es la religión que ha introducido el valor de la dignidad personal, sin el que no hay libertad, ni igualdad, ni solidaridad, ni justicia”.
Pasemos ahora al problema de Europa, el vacilante y problemático proceso de construcción de la Unión Europea, el sempiterno “déficit democrático”; en definitiva, el malestar y la sensación general de que Europa no va por buen camino. Natural, responde Marcello Pera, porque a Europa le falta un alma, o hablando más prosaicamente, a Europa le falta una identidad. Todos los intentos de sacar adelante una Constitución europea parten de la creencia de que una Constitución acabará generando el alma deseada: para nuestro autor este camino está condenado al fracaso. El camino contrario es el adecuado: “búsquese, encuéntrese el alma de Europa y la unificación europea será una realidad”.
Pero lo que impide tomar este camino es lo que Marcello Pera denomina la “ecuación laica”, que sostiene que “el Estado liberal incluye la religión en la esfera privada, o mejor, el Estado liberal excluye la religión de la esfera pública”. Nuestro autor desarrolla esta idea y concluye que “puesto que la religión propia de Europa es el cristianismo, es el cristianismo a quien quiere relegar al ghetto de la esfera privada […] Por eso la ecuación laica es, lo quiera o no, una ecuación anticristiana, y con mayor precisión aún, una ecuación anticatólica. Se trata de la formulación teórica de la apostasía del cristianismo”.
Desde esta perspectiva se comprende que la omisión de toda referencia a sus raíces cristianas en el preámbulo de la Constitución europea no sea un accidente, sino que es profundamente consecuente con un laicismo cuyas motivaciones no son tanto el no ofender a personas de otros credos como el arrinconar el catolicismo. Poco importa que, de este modo, sea imposible una unidad con capacidad de perdurar en el tiempo; la misma viabilidad de Europa como proyecto colectivo cede ante la pasión anticristiana.
Pero también podemos encontrar en esa letal “ecuación laica” el origen de la fiebre por arrancar los crucifijos de nuestra vista que está azotando por el momento el Sur de Europa. Este celo por conseguir un espacio que se pretende neutro pero que a duras penas puede esconder su real animosidad contra el legado cristiano es consecuente con esta guerra contra la presencia de la religión en el ámbito público. Y como la religión, por su propia naturaleza, no puede verse limitada al estricto ámbito privado, estas primeras restricciones anuncian la persecución religiosa que ya se halla en germen en estas medidas. Se empieza arrancando los crucifijos de las escuelas públicas, se acaba azuzando a los niños a que delaten a sus padres por rezar ante una imagen de la Virgen, como sucedía hace no tanto en territorio soviético.
Lo malo de la situación es que esta persecución anticristiana se hace cada día menos improbable; lo bueno, que cada vez resulta más claro que no hay solución si no se produce una profunda transformación del marco político en que vivimos. El libro de Marcello Pera nos puede dar algunas pistas sobre algunos de los pasos que se pueden dar para cambiar la peligrosa pendiente por la que un error de base nos está empujando.

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1 comentario a “Marcello Pera y porqué debemos llamarnos cristianos”
By Javier Orts on Ene 11, 2010 | Responder
Es una buena teoria. Sobre esta base -y curiosamente tambien desde Italia- recordemos las declaraciones del presidente del TS italiano denegando la ejecucion de la reciente sentencia del TDH de Estrasburgo sobre la retirada de los crucifijos por considerar que se trata de una sentencia ideologica que atenta contra la soberania y las bases de identidad socio-cultural de Italia.