Libertarios: de la casita de la pradera al barrio de La Latina
Pocos americanos saben que la famosa familia de granjeros pioneros de Laura Ingalls y su experiencia semi-nómada por el Medio Oeste, a partir de la década de los 1870s (en (…)
Pocos americanos saben que la famosa familia de granjeros pioneros de Laura Ingalls y su experiencia semi-nómada por el Medio Oeste, a partir de la década de los 1870s (en Wisconsin, Minnesota, South Dakota, Iowa, Kansas y Missouri), que inspiraría la igualmente famosa serie de relatos sobre The Little House (iniciada con Little House in the Big Woods en 1932, y Little House on the Prairie en 1935, con seis títulos más hasta 1943), leídos y admirados por millones de americanos (entre otros, por el presidente Ronald Reagan), constituyen la materia nutricia del libertarismo moderno en los Estados Unidos.Por supuesto, existía una vieja tradición jeffersoniana antiestatista que a principios del siglo XX mantenían escritores como Albert Jay Nock y H. L. Mencken, pero será la hija de Laura Ingalls (Wilder), Rose Wilder (Lane) quien impulsará la formación del movimiento libertario que hoy conocemos, inspirando a otras dos escritoras ilustres, Isabel Paterson y, sobre todo, la emigrante judía rusa Alissa Zinovievna Rosenbaum, más conocida como Aynd Rand. Este triunvirato feminista son las Founding Mothers del libertarismo moderno, como ha destacado David Boaz en Libertarianism. A Primer (The Free Press, New York, 1997), del que ha surgido el Partido Libertario (y del que será candidato presidencial en los setenta precisamente el nieto adoptivo y albacea intelectual de Rose Wilder, Roger Lea MacBride).
Rose Wilder Lane (1886-1968), como han investigado William Holtz (1993), Anita Clair Fellman (2009) y Judith Thurman (2009), no solo es en gran medida la escritora responsable de la serie de Laura Ingalls, sino que ella misma la continuó, pero sobre todo es la autora de ensayos políticos sobre el libertarismo: Credo (1936), The Forgotten Man (1939), y The Discovery of Freedom (1943). En ellos, como en los de su amiga Dorothy Thompson, el anti-totalitarismo fundado en la moral cristiana es patente. Con Ayn Rand (1905-1982), sin embargo, se producirá una inflexión.
Hace ya medio siglo que el inolvidable William F. Buckley Jr., especialmente sensible a los riesgos de corrupción ideológica en el movimiento liberal conservador, detectó en los libertarios americanos en torno a Ayn Rand un talante extraño, una actitud “rara” o “singular” (en términos empleados por el fundador de National Review), una agenda oculta y cierto “cultismo”, que eran incompatibles con la claridad moral y el sentido común de la tradición y cultura políticas norteamericanas.
Tanto los conservadores cristianos como Buckley y Chambers, y más tarde los neoconservadores judíos como Irving Kristol, rechazan el ateísmo militante de los libertarios como Ayn Rand (y la negación absoluta de la idea de un pecado original, momento clave del famoso monólogo de John Galt en la “Biblia” randiana, para lo cual se inspira en el budismo, filosofía que no comprende la conciencia del pecado). No era exactamente el tipo de libertarismo que algunos apreciaban en las doctrinas estrictamente económicas de los maestros austríacos Ludwig von Misses y Friedrich Hayek, y sus discípulos americanos (Hazlitt, Rothbard) y Milton Friedman, o en el republicanismo de Barry Goldwater (el primero y conservador, inspirado por el intelectual católico L. Brent Bozell, cuñado de Buckley, no el último, asesorado por la progre-feminista Susan Goldwater, su segunda esposa, que llevará al senador a afirmar en 1994: “Mixing religión with politics doesn’t work”) y posteriormente de Ronald Reagan, que, en mi opinión, hoy representan Newt Gingrich y Sarah Palin, y que en términos intelectuales ha sido postulado y expuesto correctamente por Charles Murray en su librito What it means to be a libertarian (1997). Este autor aclara oportunamente que por “libertario” entiende el liberal-conservador tradicional, para diferenciarlo del “liberal” según el léxico político moderno en los Estados Unidos. Es decir, el linaje de Adam Smith y Edmund Burke, que incluye la tradición de los aspectos no racionales del espíritu humano.
En los recientes y magníficos trabajos de Jennifer Burns, Ayn Rand and the American Right (2009) y de Anne G. Heller, Ayn Rand and the World She Made (2009), las autoras nos relatan los detalles y circunstancias de tales controversias, así como la vida privada y sexual un tanto cuestionable de la famosa escritora, aunque entre sus discípulos y admiradores destacan personajes públicos tan conocidos como Alan Greenspan, Christopher Cox (ambos, irónicamente, señalados como importantes responsables de la tremenda crisis financiera actual), John Hosper, Ron Paul, Ralph Lauren, etc. En su Autobiographical Sketch (1936) Ayn Rand nos ofrece una clave para entender su personalidad un tanto autoritaria: “La mía es una religión, una obsesión, una manía (…) soy una fanática del individualismo”. Tal es el fundamento psicológico de una filosofía radicalmente egoísta que llamará “Objetivismo” y que supone un ateísmo militante y agresivo, expuesto en su magna obra de más de mil páginas, Atlas Shrugged (1957), que ella comparará con la propia Biblia, y que ha sido sin duda un éxito editorial histórico (más de seis millones de ventas hasta la fecha). Buckley contará la famosa anécdota de lo que ella dijo cuando los presentaron, con un fuerte acento ruso: “Mr. Buckley, you arrr too intelligent to believe in Gott!” Después vendría la devastadora crítica de su libro en National Review, escrita por Witthaker Chambers con el título “Big Sister is Watching You”.
En España tenemos unos libertarios muy inteligentes pero un tanto pintorescos. Fernando Savater, por ejemplo, parece que no hace incompatible su Idea de Nietzsche con un claro jacobinismo político, muy afrancesado, propugnando una educación pública a cargo del Estado en la que por supuesto estén prohibidos los crucifijos en las escuelas. Antonio Escohotado escribe todo un mamotreto sobre los enemigos del comercio, que comienza en Jesucristo y terminará probablemente en George W. Bush (a Obama, de momento, le ha concedido el beneficio de la duda). Fernando Sánchez Dragó, admirador incondicional de Escotado y al parecer también de Ayn Rand, se declara “anarquista de mercado”, que suena tan mal como “sindicalista del Corte Inglés”. El grupo más serio en los últimos tiempos es el de los integrantes del Instituto Juan de Mariana (”marianistas”, para abreviar), una modesta y voluntariosa asociación de jóvenes libertarios cuya sede social radica en el castizo barrio madrileño de La Latina. Leo con interés sus análisis -especialmente los económicos- y sólo espero que no se obsesionen excesivamente con el anti-estatismo, el mercado libre, el aborto libre y el matrimonio gay.
Curiosamente, Aynd Rand ha ejercido una cierta fascinación en algunos colegas y amigos míos, como José María Marco en su breve ensayo “Ayn Rand” (La Ilustración Liberal, 5, Madrid, Diciembre 1999-Enero 2000), y Ramón Cotarelo -con sólo un palpable error en la página 29, confundiendo New Republic con National Review- en su documentado libro, Literatura y política: La obra de Ayn Rand (UNED, Alzira-Valencia, 2004), aunque no les ha impedido ser críticos con algunos aspectos de su pensamiento, Marco desde el catolicismo liberal-conservador, compatible con cierta simpatía hacia los “marianistas”, y Cotarelo desde -presumo yo- un agnosticismo y posiciones que oscilan entre la acracia y la socialdemocracia. Todo es posible en la España de Zapatero (quien, por cierto, desde una especie de socialismo libertario cuestiona la idea del Estado-Nación y nos propone una Confederación de “nacionalidades”) y por tanto no me sorprende que un destacado miembro del grupo libertario “marianista”, Albert Esplugas, se haya permitido recientemente referencias críticas y despectivas hacia Irving Kristol y los neoconservadores (neoconos, es el término que emplea), mientras que Ayn Rand (o más exactamente su personaje heroico de ficción, el superman de supermercado, John Galt) sea cita de autoridad. Claro que en la tesitura actual en que nos movemos, de una ideología posmoderna, multi-culti (integradora de culturas y cultos diversos), anti-occidental y anti-judeocristiana, quizás todos acabemos citando el Corán, el Libro de los Mormones, a Buda (Escohotado y Sánchez Dragó ya van por ese camino, Savater es él mismo la encarnación de un Buda Feliz), o ya en plan de retorno a las praderas y bosques originarios, a Caperucita Roja y al Lobo.

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