Paisaje después de Massachusetts
La victoria republicana en el estado más progre de Estados Unidos establece un nuevo escenario político que puede ser refrendado en las elecciones de noviembre de este año.
A pesar de la escasa importancia que para la mayor parte de la prensa española la elección de Massachusetts ha comportado, mostrando una vez más su miopía causada por sus apriorismos ideológicos en todo lo que se refiere a Estados Unidos, lo cierto es que a medida que pasan los días resulta más evidente que la victoria del republicano Scott Brown es uno de los hechos políticos de mayor significado en aquel país desde la victoria de Barack Obama hace ahora algo más de un año. Los hechos son conocidos: tras la muerte del senador Edward Kennedy el pasado mes de agosto, último representante (por ahora) de una de las dinastías políticas más influyentes del país, afamado izquierdista e impulsor incansable de una seguridad nacional en manos del Estado, su puesto tenía que ser ocupado por el ganador de esta atípica e imprevista elección. La victoria de Scott Brown, un republicano que se presentó como el hombre que haría descarrilar la reforma sanitaria de Obama, casi tan imprevista como el fallecimiento de Ted Kennedy, ha provocado un auténtico seísmo en la política estadounidense.
A modo telegráfico, podemos señalar las siguientes lecturas de un suceso ciertamente enjundioso:
La caída de la casa Kennedy: en efecto, Edward Kennedy era el patriarca del clan más emblemático de la izquierda norteamericana. Los Kennedy apoyaron a Barack Obama como medio de oponerse al otro clan rival demócrata, los Clinton. Sin embargo, poco podían imaginar que el final de su hegemonía en Massachusetts, probablemente el estado más izquierdista de todo Estados Unidos, estaba tan próximo: desde hacía 57 años el escaño en disputa estaba en manos de los Kennedy, desarbolados ahora por los vientos de cambio que soplan por toda América.
Nunca te dejes llevar nunca por el cortoplacismo: En 2004 los demócratas de Massachusetts votaron una ley que quitaba el poder que hasta entonces tenía el gobernador del estado para nombrar un senador interino que acabara el mandato en caso de producirse una vacante en uno de los dos escaños que el estado tiene en el Senado. Se trataba de evitar que el republicano Mitt Romney, entonces gobernador, pudiera nombrar a un republicano para ocupar el sitio de John Kerry, el otro senador por Massachusetts, entonces candidato a la presidencia. Con la antigua legislación, el ahora gobernador demócrata, Deval Patrick, hubiera nombrado al sucesor de Ted Kennedy y Obama se hubiera ahorrado el tempranero varapalo que ha supuesto esta elección. La moraleja es evidente.
Obama pierde el control: mientras todo se reducía a soltar discursos emotivos la cosa funcionó, pero cada vez más se le exige a Obama que actúe, y no parece sentirse muy a gusto con su nuevo papel. Fracasó en China, defendiendo la candidatura de Chicago a las Olimpiadas y en la Cumbre sobre el Cambio Climático. Pero sigue insistiendo en la retórica, como ese clown en horas bajas que insiste en explicar por enésima vez su chiste gastado. El fin de semana en el que debía saborear los placeres del primer año de presidencia, Obama tuvo que dedicarlo a hacer campaña en Boston, fracasando una vez más de modo estrepitoso. En un año, Obama pasa de parecer un mesías a tener problemas para salvar el escaño de Kennedy. Y como decía un comentarista: si ese escaño se ha perdido, es que cualquier asiento puede perderse. Massachusetts tenía hasta ahora sus dos senadores, la totalidad de sus congresistas, el gobernador y sus dos cámaras estatales en manos del partido Demócrata; y cuando en 1972 Nixon arrasó a McGovern, el único estado en el que ganó el demócrata fue Massachusetts. Perder el estado progre por excelencia es pues tremendamente significativo.
Pierden los progres elitistas: son lo que en Francia se bautizó como la izquierda caviar, progres izquierdistas con gustos caros y dinero para pagarlos, elitistas que miran por encima del hombro al populacho conservador. Cuando Scott Brown hizo campaña, pueblo a pueblo, en su pickup truck, respondieron con burlas. Su desconexión respecto de la gente normal no les permitió entender qué estaba sucediendo.
Los conservadores no están muertos: qué lejanas resuenan ahora esas voces que hace un año decretaban la extinción del conservadurismo. Daily Kos titulaba “El conservadurismo ha muerto y no va a volver” y hasta Bill Krystol escribió que “el 20 de enero de 2009 marcó el fin de la era conservadora”. La historia enseña que, en estas cuestiones, es mejor ser precavido. Ya son muchos quienes afirman que la elección de Obama fue un momento de intenso significado emocional, pero que la realidad y el paso del tiempo se han encargado de devolver las cosas a su sitio.
El continuado declinar de Obama: el derrumbe de popularidad de Obama es indiscutible. Si en el estado de Massachusetts llegó a contar con una ventaja de 26 puntos, ahora Brown ha ganado con un 52% de los votos contra el 47% de la demócrata Martha Coakley. Lo habitual es que las elecciones que se celebrarán en noviembre de 2010, casi a medio mandato presidencial, sean el termómetro que marca la buena o mala salud del presidente. Estas elecciones, imprevistas, adelantan en 10 meses un diagnóstico poco prometedor y debilitan prematuramente a Obama. La reacción de Obama a la derrota, cargándole la culpa a Bush (”La gente está enfadada y frustrada, no sólo por lo que ha ocurrido en el último año, sino por lo que ha ocurrido a lo largo de los últimos ocho año. Lo mismo que ha llevado a Scott Brown a su escaño es lo que me llevó a mí a la presidencia”) no parece que ayude mucho a recuperar su prestigio. El parecido con la estrategia zapateril de echarle la culpa de cualquier cosa a Aznar y su gobierno es evidente, pero lo que en España funciona no cuela en Estados Unidos. Además, mientras la deuda pública creció con Bush 3 trillones de dólares en ocho años, Obama la ha hecho crecer, en tan solo un año, 3,3 trillones, y aún quiere más. Y el desempleo sigue creciendo.
Y en noviembre más: Las primeras señales vinieron de Nueva Jersey y Virginia. Luego sería Nueva York, pero la prensa se conjuró para hablar de resultados anecdóticos. Tras Massachusetts han saltado todas las alarmas. Si las cosas no cambian, en noviembre pueden haber sorpresas, más acusadas en el Congreso, pero importantes también en un Senado que debe renovar un tercio de sus escaños y en el que algunos de los senadores históricos demócratas, quizás oliéndose algo desagradable, han anunciado que no van a presentarse a la reelección.
Ecos de 1773: fue el 16 de diciembre de ese año cuando los colonos norteamericanos, airados contra los impuestos que la Corona les imponía, lanzaron al mar sacas de té en protesta por esa política. El conocido como Boston Tea Party, o Motín del Té, es uno de los mitos fundacionales de Estados Unidos y apelan a la independencia y rebeldía de sus pobladores. Cuando Brown fue preguntado por un conocido locutor progresista si se atrevería, en caso de ganar, a votar contra la reforma sanitaria que tanto había impulsado Ted Kennedy desde el escaño de los Kennedy, su respuesta fue contundente: “El escaño no es de los Kennedy ni del partido Demócrata, sino del pueblo de Massachusetts”. Aparecía de nuevo el sentimiento de independencia populista que jugara un papel tan importante en los sucesos que dieron nacimiento a los Estados Unidos de América.
La victoria del Movimiento Tea Party: Tildados despectivamente de populistas por el establishment progre, lo cierto es que la reacción popular al proyecto de Obama de colectivización de la medicina ha aportado una energía al movimiento conservador que parecía haberse evaporado. Quienes eligieron remarcar la conexión con los sucesos de Boston acertaron y el silencio al que les han sometido la mayoría de los medios de comunicación no ha logrado que estos ciudadanos críticos, concienciados y entusiastas hayan aportado batallones de voluntarios al hasta hace poco desfondado ejército republicano (es curioso que cuando es la izquierda la que se moviliza se la presenta como muestra de responsabilidad cívica, mientras que cuando lo es la derecha se habla de retorno al peor populismo).
Son los independientes: los resultados de Massachusetts no se explican por la movilización republicana, sino porque los independientes están dando la espalda a Obama y sus políticas, muy en especial en lo que se refiere a la reforma sanitaria. En efecto, sólo el 12% de los electores están inscritos como republicanos, mientras que los demócratas son el triple, con un 34%. Pero los independientes son el 51% y en esta ocasión, por primera vez en décadas, han basculado hacia la derecha, con casi un 70% de voto a Brown. Un 44% de quienes votaron a Obama en Massachusetts en 2008 no han dado su apoyo ahora a la candidata demócrata. Este corrimiento es algo que ya se ha detectado, en el conjunto de Estados Unidos, por la última encuesta Gallup, que muestra cómo el crecimiento en el total de conservadores proviene del grupo de los independientes.
El Obamacare en aprietos: Brown hizo campaña afirmando explícitamente que él sería el voto número 41 que bloquearía la reforma sanitaria de Obama. Al perder la mayoría de 60 senadores, los demócratas ya no pueden hacer avanzar las leyes a su antojo y los republicanos recuperan su capacidad para bloquearlas mediante la práctica del conocido como “filibusterismo”. La realidad es que el apoyo popular a la reforma es más bien escaso (lo apoyan menos del 35% de los encuestados, los niveles de popularidad de Bush en 2008); todo lo contrario que la industria farmacéutica, que ha gastado decenas de millones de dólares en anuncios y lobby a favor de la iniciativa y ha prometido más de 80 billones para ayudar a su implantación. Las alternativas para los demócratas son ahora complejas y los intentos de acelerar la tramitación de la ley para votarla antes de que Scott tome posesión de su escaño y otras marrullerías por el estilo, propuestas por Nancy Pelosi, han sido desautorizadas por numerosos demócratas, temerosos de que una falta de respeto tan sangrante a los resultados de las elecciones les pase factura en el futuro. Es evidente que la reforma sanitaria les está dañando, pero algunos argumentan, entre los que parece contarse el propio Obama, que el daño ya está hecho y que si no la sacan adelante perderán incluso el apoyo de los pocos favorables al Obamacare. O sea, que deben elegir entre horca o guillotina.
También cuentan los magistrados: Otra de las consecuencias de la pérdida de los 60 escaños en el Senado es que Obama ya no va a poder nombrar a magistrados progresistas para el Tribunal Supremo a su antojo. En caso de tener que cubrir otra vacante durante su mandato, no habrá un nuevo caso Sotomayor; si quiere sacar adelante su candidato tendrá que optar por un perfil mucho más moderado. Otras cuestiones que van a quedar probablemente congeladas son la ley sobre el cambio climático y la energía o el impulso a medidas legislativas favorables para con los inmigrantes ilegales.
Pistas para las campañas republicanas por venir: Brown, McDonell (gobernador de Virginia que ha recuperado el puesto para el GOP después de 8 años) y el resto de los candidatos republicanos victoriosos tienen en común una campaña basada en la crítica a políticas concretas, sin renunciar a manifestar con claridad y firmeza sus convicciones conservadoras. Es muy probable que los republicanos insistan en esta fórmula: oposición al Obamacare y al gasto público creciente, énfasis en la creación de puestos de trabajo, oposición a las subidas de impuestos y apuesta por mayor libertad de elección de colegio para las familias.

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1 comentario a “Paisaje después de Massachusetts”
By Javier Orts on Feb 10, 2010 | Responder
Muy interesante. Y muy bien explicado. Y aqui seguimos anclados en los discursos emocionales y, eso si, el doble de paro.