"Ningún grupo puede actuar con eficacia si falta el concierto, ningún grupo puede actuar en concierto si falta la confianza, ningún grupo puede actuar con confianza sino se halla ligado por opiniones comunes, afectos comunes e interes comunes."
Edmund Burke

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La ética (o mejor la trampa) de la redistribución

Publicado por Jorge Soley Climent el 12 de Febrero de 2010 en Cultura y Libros.
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Empezaron hablando de quitarle a los ricos para dar a los pobres y acabaron creando un Estado gigantesco que quita a todo el mundo.

Hay libros que colocamos en la estantería o amontonamos en la mesita de noche, donde pasan meses, hasta que un día, al tomarlos en nuestras manos y empezar a leerlos, nos damos cuenta que hemos tenido aparcada una auténtica joya. Es lo que me ha sucedido con La ética de la redistribución, de Bertrand de Jouvenel. El autor, un clásico siempre interesante, y el tema, uno de los fundamentos no discutidos (casi indiscutibles) del consenso socialdemócrata en que nos ha tocado vivir, auguraban que estaba ante una obra que no podría leer sin desperdicio. Y no me ha defraudado.El libro es breve pero enjundioso y aborda, con calma y precisión, alejado de la polémica fácil y atendiendo a los fundamentos de la cuestión, el proceso por el que se ha ido implantando un Estado con una enorme burocracia cuya justificación es la redistribución de la renta entre los diferentes estratos socioeconómicos. El tema, quitar a los ricos para dar a los pobres, no ha dejado de cobrar más importancia desde entonces.

Jouvenel va armando su argumentación con tranquilidad y precisión, delimitando la cuestión y, por ejemplo, señalando las diferencias existentes entre el redistribucionismo agrario y los argumentos para la redistribución modernos, teñidos de un socialismo que busca un utópico hombre nuevo. Prolegómenos, sí, pero no menos certeros, como cuando de un plumazo muestra la incoherencia socialista cuando señala que, “si el bien de la sociedad reside en un aumento de la riqueza, ¿por qué no también para los individuos? […] Si el apetito por la riqueza es malo en los individuos, ¿por qué no es malo para la sociedad?”.

Ya entrado en materia, Bertrand de Jouvenel nos descubre que bajo el énfasis en la redistribución no se esconde la preocupación por aquellos que viven en condiciones indignas y humillantes. No se trata de esto, algo no sólo asumible sino propio de una sociedad sana, sino de imponer el igualitarismo, no importando tanto qué suelo digno se fija, como el limitar el techo de ingresos (de hecho, señala el autor, algunos redistribucionistas estarían menos satisfechos aumentando el nivel general de renta, manteniendo la desigualdad presente, que aplastando las desigualdades. El otro rasgo de este moderno redistribucionismo que se ha instalado en nuestras sociedades es que exige que el agente encargado de llevarla a cabo sea el Estado, un Estado cada vez más grande y omnipresente, que toma a su cargo cada vez más decisiones sobre la vida de las personas (bueno, para ser precisos, más que el Estado es  ”el juicio subjetivo de la clase que diseña las políticas”).

Claro está que si se analiza, datos en la mano, qué queda del argumento primario y sentimental estilo Robin Hood (Jouvenel pone el dedo en la llaga cuando escribe que “se ha convertido en un hábito moderno llamar justo a cualquier cosa entendida como emocionalmente deseable”), la realidad es que los ricos siempre han tenido mecanismos para escapar a la presión recaudatoria. El siguiente paso, resulta evidente, será quitar no a los ricos, sino a estratos crecientes de lo que se ha dado en llamar a la clase media, ¿para dar a los pobres? Bueno, no mucho, pues “la enorme maquinaria social que hemos construido”, el Estado burocrático, absorbe buena parte de los recursos drenados a las familias de clase media. Y si analizamos con mayor detalle, señala Jouvenel, y desagregamos en grupos más compactos esa nebulosa clase media, contemplamos cómo la redistribución deja de ser de arriba abajo, para convertirse en flujos horizontales a favor de determinados colectivos que incluso pueden disponer de mayores rentas que aquellos a quienes se les ha quitado para, en teoría,  ”dar a los pobres”. Nuestro autor no había imaginado el espectáculo actual de los millonarios rescates bancarios, pero algo intuía. Así, la realidad se asemeja en bien poco a la teoría emotiva inicial.

Hay mucho más en este pequeño libro: la falacia de argumentar en base a las satisfacciones subjetivas y a la medición de la felicidad, mostrando así el camino sin salida al que lleva el individualismo utilitarista; una sólida crítica al marginalismo de la renta; la discriminación fomentada en nombre de la igualdad; cómo a mayor redistribución se cumple siempre la ley de mayor poder para el Estado; el trato discriminatorio hacia las familias y a favor de las corporaciones, etc. En definitiva, que estamos ante un libro importante y enjundioso, que no debería pasar desapercibido y cuyo tesis central es crucial; escribe Jouvenel: “Mi argumento es que las políticas redistribucionistas han provocado un cambio de mentalidad ante el gasto público, cuyo principal beneficiario no es la clase con una renta más baja frente a la clase de renta superior, sino el Estado frente al ciudadano”.

Un último detalle: es todo un placer comprobar que aún existen académicos como Armando Zerolo, quien además de traducir nos regala una serie de notas, útiles e impecables, y muestra su profundo conocimiento del autor y su obra en su brillante estudio preliminar que sirve de prólogo al texto.

La ética de la redistribución. Bertrand de Jouvenel. Ediciones Encuentro

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