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Publicado por Fernando Díaz Villanueva el 19 de Febrero de 2010 en Política y Sociedad.
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De Pachauri nos contaban que luchaba por el medio ambiente desde hacía 30 años y que, gracias a sus buenos oficios, el IPCC había conseguido mover la voluntad de la (…)

De Pachauri nos contaban que luchaba por el medio ambiente desde hacía 30 años y que, gracias a sus buenos oficios, el IPCC había conseguido mover la voluntad de la ONU y de todos los Gobiernos de un planeta recalentado por la avaricia de los industriales capitalistas y la inconsciencia de los consumidores, ahítos de energía barata, coches todoterreno y viajes en avión.Por eso, por su pureza indígena se lo rifaban en embajadas, parlamentos y palacios presidenciales del mundo. En España, sin ir más lejos, cuando vino, se le recibió como a un Majarajá de la buena conciencia y todos quisieron su foto con el indio para colocarla en lugar preferente sobre un privilegiado estante del despachito oficial.

Lo cierto es que Pachauri no era lo que cuentan, sino algo bastante peor. Nacido hace 70 años en una pequeña ciudad del norte de la entonces India británica dentro de una familia local de clase alta -su padre era psicólogo licenciado en una universidad londinense-, en su infancia nunca se enteró de que vivía en uno de los países más pobres de la Tierra. Para que siguiese sin enterarse, sus atentos padres planificaron una cuidada formación que empezó en el prestigioso colegio de La Martiniere de Lucknow, la capital del estado de Uttar Pradesh.

De allí el joven pasó a la Escuela de Ingeniería de los ferrocarriles indios y a la Universidad de Carolina del Norte, donde se doctoró en Ingeniería Industrial y en Económicas. Poco después consiguió colocarse como profesor en las dos facultades. Para entonces tenía 34 años y no había trabajado en su vida, pues con los gastos de tanto ajetreo estudiantil corrían sus padres. Nada que ver con los millones de niños que, desde hace décadas, malviven sin esperanza hacinados en las ciudades indias, sometidos a una casta dirigente, la misma a la que pertenece Pachauri, engolfada en el socialismo y la corrupción.

Una lucrativa industria

En 1975, con un currículum convenientemente abrillantado en Estados Unidos, regresó a su país natal. Se estableció en la ciudad de Hyderabad, donde encontró un buen puesto en la Escuela de Administración. Pronto, antes de los 40, ya era director de un departamento. Entonces se cruzó en su vida el TERI, cuando esas siglas respondían a TATA Energy Research Institute.

Posteriormente cambiaría el nombre, que no las siglas, para alejar a la institución de sus orígenes como división de investigación de TATA, uno de los mayores emporios industriales de la India. Los automóviles TATA, baratos y espartanos, se exportan a todo el mundo, incluida España. Hoy TERI es el acrónimo de The Energy Research Institute, un nombre menos conflictivo para el padre de una industria mucho más lucrativa que la del automóvil, la del clima.

Pachauri fue nombrado director del TERI en 1981. Para entonces el principal cometido del instituto en cuestión era investigar mercados como el del carbón y el del petróleo. Debió de hacerlo muy bien -investigar, digo-, porque le hicieron director de dos grandes empresas energéticas: India Oil, la mayor empresa comercial del país, y la National Thermal Power Generating Corporation, la principal productora de electricidad de la India, en cuyo mix energético el carbón es el gran protagonista.

Caja de caudales ambulante

En los años 90 el ya cincuentón Pachauri, hombre de probado olfato para los negocios, supo ver que el futuro estaba en el medio ambiente y su migoteo de leyes, tasas y compromisos internacionales. Reorientó entonces todo el trabajo del TERI hacia la naciente tesis del calentamiento global antropogénico por aumento del CO2 y se hizo un hueco dentro del ambientillo científico que lo promovía.

Así se estrenó en abril de 2002 como jefe del Panel de Naciones Unidas para el Cambio Climático. Donde los científicos no llegaban, él sí lo hacía gracias a su inglés británico, su exotismo indostaní y su facilidad para llevarse bien con los que mandan. En sólo cinco años, gracias a una propaganda machaconamente obscena y al atontado concurso de los Gobiernos del mundo desarrollado, consiguió llevar la paranoia climática a su clímax y el Premio Nobel a su bolsillo.

Desde entonces ha coleccionado los nombramientos y honores al tiempo que, al calorcito del comercio de derechos de CO2, su cuenta corriente se ha hinchado como un globo. A día de hoy Pachauri es asesor de Credit Suisse, de la Fundación Rockefeller, del Glitnir Bank, de Toyota, del Deutsche Bank, de los ferrocarriles franceses (SNCF), del Instituto Japonés de Estrategias Medioambientales, del Instituto Yale de Clima y Energía y del fondo de inversión Pegasus, con sede en Wall Street.

Publicado en www.albadigital.es

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