"La libertad abstracta al igual que otras simples abstracciones, no puede ser encontrada."
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Educar en la mentira: el timo del cambio climático

Publicado por Jordi Tauler el 24 de Marzo de 2010 en Cultura y Libros.
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Hace unos meses, en diciembre del 2009, asistimos al impresionante despliegue político, social y mediático provocado por la Cumbre sobre el cambio climático celebrada en Copenhague. Llamó la atención el (…)

Hace unos meses, en diciembre del 2009, asistimos al impresionante despliegue político, social y mediático provocado por la Cumbre sobre el cambio climático celebrada en Copenhague. Llamó la atención el gran número de personas no acreditadas que querían entrar a una de las sesiones plenarias. Imaginemos que eso mismo hubiera sucedido en un foro científico o un foro político sobre cambios en políticas energéticas y medioambientales, puesto que eso es lo que pretendía ser la cumbre de Copenhague. Y, sin embargo, ningún otro foro científico o político ha despertado nunca tanta tensión y tanta movilización. En realidad la Cumbre de Copenhague no era nada de eso. Y, precisamente por no serlo, originó ese revuelo mediático.Cuando recibí la invitación para escribir un artículo sobre Ciencia y Medio Ambiente, en este suplemento de Semanario Atlántico, no tuve muchas dudas respecto sobre el tema a desarrollar. Últimamente, he estado siguiendo las noticias e investigaciones respecto al cambio climático con interés. En ese sentido, hay que reconocer el mérito de dos blogs que están aportando información relevante y contrastada: “Desde el exilio” de Luis Gómez y “CO2″ de Antón Uriarte. Aunque soy científico no soy físico, sino biólogo. No puedo hablar con la autoridad de un experto en el tema. Pero si puedo intentar acercarme desde el punto de vista de un científico humilde que quiere buscar respuestas a lo observado. Quiero dejar claro que no voy a inundar el artículo con cifras y datos. Todos los resultados que voy a citar provienen de publicaciones científicas, recogidas en los siguientes libros: “Climate of extremes: global warming science they don´t want you to know” de los climatólogos Patrick Michaels y Robert Walling Jr; “An appeal to reason. A cool look at global warming” de Nigel Lawson, miembro del Partido Conservador británico, ex-secretario del Tesoro y ex-secretario de Estado para la Energía entre otros cargos; y, finalmente, “Blue planet in green shackles” de Vaclav Klaus, Presidente de la República Checa y doctor en Economía.

Y nos fuimos del paraíso

Entonces, ¿cuál era el tema de fondo de la Cumbre de Copenhague? Para empezar quisiera recordar algo que creo que es obvio. Cambio climático y calentamiento global son expresiones muy distintas pero que desde hace un tiempo se encuentran completamente identificadas en nuestro imaginario colectivo. Se ha dicho y escrito mucho sobre cambio climático y sobre calentamiento global. No por ello se ha conseguido aportar más luz al tema. En primer lugar, nadie en su sano juicio puede negar el cambio climático. Simplemente porque no existe la estabilidad climática. El clima del planeta revela estabilidad sólo a ciertas escalas, nunca a gran escala. No es trivial hacer esa clarificación. Cuando se habla de cambio climático se está asumiendo o se está queriendo remarcar que esto es un fenómeno nuevo, sin precedentes previos. Pero no es cierto. Incluso durante el siglo XX hemos sufrido varios cambios climáticos y, sin embargo, solo el ocurrido durante el último tercio del siglo XX ha despertado el interés mundial. Nadie se alarmó por el calentamiento global registrado de 1910 a 1940, ni por la estabilidad o ligero enfriamiento global de 1940 a 1970. Pero esos cambios sucedieron y fueron de magnitudes similares. De hecho, no se puede distinguir estadísticamente el calentamiento de 1910-1940 del de 1970-2000.

Una diferencia fundamental es que nadie publicó, en 1940, un gráfico sobre la evolución de la temperatura mundial similar al publicado en 1998 por Michael Mann y colaboradores en Nature. Es el famoso gráfico de “palo de hockey” en el que se podía observar una estabilidad de las temperaturas mundiales durante casi mil años y solo en la segunda mitad del siglo XX empezaban a subir las temperaturas de forma clara. La forma de la gráfica recordaba un palo de hockey, recto durante mil años y con la curva final del palo en las temperaturas de los últimos cincuenta años. El grupo intergubernamental para el cambio climático (IPCC), auspiciado por la ONU, hizo célebre esa gráfica al publicarla en su tercer informe de 2001. La revisión de los resultados de Mann por parte de los canadienses McIntyre, autor del blog ClimateAudit.org, y McKitrick levantó una considerable polémica. Sus resultados fueron mandados a Nature para su publicación y obtuvieron la sorprendente respuesta que los revisores del trabajo no podían certificar cuales de los resultados, si los originales de Mann o las críticas de McIntyre y McKitrick eran los correctos. Ante lo cual, McKitrick se atrevió a concluir que los revisores del trabajo inicial de Mann no examinaron adecuadamente los datos ni los programas ni procedimientos usados para elaborar los resultados que acabaron conociéndose como el “palo de hockey”.

Posteriormente, en el 2006, la academia nacional de las ciencias de EEUU reconoció errores estadísticos en el estudio de Mann. Un año más tarde, el cuarto informe del IPCC, omitía el gráfico y lo condenaba al olvido pese a haber sido usado como arma arrojadiza para consolidar mediáticamente los modelos de calentamiento global. Esta polémica es una de las más conocidas pero no la única. En esencia lo que estaba en juego era destacar la singularidad de lo sucedido en los últimos treinta años del siglo XX y presentarlo como un evento único. Además los datos de Mann “olvidaban” el calentamiento global de la Edad Media (del siglo IX al siglo XIV) y la “pequeña edad de hielo” del siglo XVI al XIX. Entonces, no se trata de si ha habido o no cambio climático sino de cuál es su magnitud. Estamos ante una cuestión de escalas. Y parece que la escala que estamos usando, implícitamente, cuando estamos hablando de la magnitud del cambio climático es la de la edad del hombre moderno. Es decir, la visión del mundo que subyace en los planteamientos más agresivos de cambio climático es la de un mundo que después de sus movimientos tectónicos iniciales, glaciaciones, extinciones masivas y demás llegó a una situación de estabilidad casi paradisíaca, que duró miles de años y en la que apareció el hombre moderno. Una situación de armonía y estabilidad que parece ser ideal y que se rompe aproximadamente con la llegada de la revolución industrial. Esto supone, desde ese punto de vista, la ruptura del hombre con el orden natural. En el momento en el que el hombre abusa de los recursos naturales, por su propio egoísmo, llegan las consecuencias y la madre naturaleza nos recuerda que si se rompe el equilibrio nos arriesgamos a tragedias de orden catastrófico. Así, el cambio climático que da lugar al calentamiento global sería la consecuencia de nuestros delirios antropocéntricos.

Sin embargo, la cuestión meramente científica estriba en averiguar si existe un cambio climático significativamente distinto a todos los observados previamente en la historia del planeta y, si esa respuesta es afirmativa, entonces la pregunta se traslada a saber cuál es la causa de ese cambio climático, es decir si es consecuencia de la acción humana y, más concretamente, de la emisión de gases efecto invernadero como el CO2 o si es consecuencia de otras causas naturales o de una combinación peculiar entre la acción humana y las causas naturales ajenas al control del hombre. La siguiente pregunta, como resultado de una respuesta afirmativa a la primera, debería intentar establecer las consecuencias del cambio climático y si es posible tomar medidas para prevenir las consecuencias negativas.

No obstante, lo que se desarrollaba en Copenhague no seguía ese guión, aunque lo pretendiera. Ni tampoco se sigue en la mayor parte de los eventos relacionados con el cambio climático, siempre teñidos de tintes catastrofistas. Lo que está en juego para todos los que creen que Al Gore tiene razón y que las cumbre mundiales contra el cambio climático son realmente útiles es saber si estamos o no ante el inicio de unos eventos apocalípticos de consecuencias impensables. Es decir, para ser más gráficos, si viviremos en carne propia o no “El día después” de Roland Emmerich. Aunque, en el fondo, la pregunta es retórica. En realidad no hay duda alguna para los convencidos del calentamiento global. Así que más bien se trata de saber cuándo va a suceder.

En ese escenario, cualquier intento de cuestionar algún aspecto del calentamiento global es visto como un intento de negar la realidad, de negar el drama que se nos viene encima y por tanto de contribuir a que el Apocalipsis llegue antes. Así, conseguir un acuerdo sobre las políticas medioambientales y energéticas en una cumbre mundial se convierte en una cuestión de supervivencia.

Pero el mundo real no se ajusta estrictamente a esas visiones. Michaels y Walling lo describen muy bien en su libro. Por ejemplo, hay una tendencia que se repite en la observación de varios fenómenos: las mediciones de temperaturas históricas en EEUU, el factor de corrección urbano, la variación térmica en la atmósfera, los huracanes, los glaciares en Groenlandia, la subida del nivel del mar, el hielo en el ártico, la temperatura en la Antártida. En todos esos casos se obtienen datos, se analizan siguiendo unos modelos matemáticos y se hace unas predicciones siempre basadas en que el calentamiento global observado entre 1970 y 2000 se mantiene constante o incluso se acelera. Conviene señalar que esa última premisa es ya problemática a priori. Los últimos datos están apuntando a una reducción del calentamiento global en la primera década del siglo XXI. Incluso se habla de ligero enfriamiento. Un hecho que no está siendo publicitado y que está sucediendo sin reducción de la cantidad acumulada de CO2 en la atmósfera. Pues bien, todas las mediciones comentadas previamente dan unos resultados iniciales que seguidamente son cuestionados por otros investigadores. Se verifican los modelos, se ajustan los procedimientos y en todos los casos se obtienen resultados de menor impacto o incluso sin diferencias. El caso de los huracanes es especialmente paradójico. Desde Katrina en 2005 todo el mundo asume con facilidad que el calentamiento global calienta el océano y aumenta el número y potencia de huracanes. Sin embargo, las correlaciones no funcionan tan bien como se esperaba. Además, el registro de huracanes previo al uso de satélites y de aviones de reconocimiento no es tan completo como el actual.

Y aparecen otros factores, como oscilaciones periódicas en las temperaturas del océano que duran varias décadas y no asociadas al actual calentamiento global, que correlacionan mejor con la frecuencia de huracanes observados. Otras mediciones de registros de huracanes, usando variaciones en la concentración de oxígeno-18 en estalactitas y estalagmitas en cuevas australianas, revela una mayor proporción de huracanes en el siglo XVII y XVIII, coincidiendo con la pequeña edad de hielo. Así, si bien la temperatura oceánica es un factor a tener en cuenta, no es el único factor que influye en la formación de huracanes. Otros factores como las oscilaciones periódicas de temperaturas en los océanos, las distribuciones de los vientos y fenómenos como “El Niño” deben ser seriamente considerados antes de dar por válido resultados que se ajustan cómodamente a lo esperado.

De todo lo comentado hasta ahora es fácil deducir que todavía hay mucha incertidumbre respecto a la obtención de datos y al procedimiento de análisis de esos datos. Los modelos de cambio climático que pronostican un calentamiento global no aciertan en cuestiones importantes como la variación de la temperatura con la altura en la atmósfera, lo cual puede influir notablemente en la formación de nubes y precipitaciones, ni han sido capaces de intuir el desajuste observado en esta primera década del siglo XXI entre el incremento de la concentración atmosférica de CO2 y la relativa estabilidad térmica.

Por si fuera poco, nos encontramos con varios escándalos: los correos electrónicos revelando presiones hacia todo científico que se muestre escéptico respecto al calentamiento global, las declaraciones de la máxima autoridad del IPCC, el Dr. Pachauri, admitiendo manipulaciones en los datos para causar mayor impacto, y por último, unas declaraciones recientes de Al Gore, presentando su nuevo libro, en las que acusa a cualquiera que tenga dudas respecto a sus conclusiones y las del IPCC de ser corrupto y recibir compensaciones económicas de las empresas petrolíferas. Ante estas últimas acusaciones, hay que recordar las tremendas dificultades y presiones que los científicos interesados en esclarecer la verdad sobre el calentamiento global han tenido que soportar. Problemas para poder publicar sus resultados y para poder obtener financiación para sus trabajos. Mucho más fácil ha sido publicar resultados acordes con el calentamiento global y obtener financiación pública para seguir trabajando en ello.

Más allá del drama

Si algo debe quedar claro es que no necesitamos más cumbres de Copenhague ni demás eventos mediáticos revestidos de celebraciones pseudo-religiosas sobre el fin del mundo. Muchos son responsables de haber asustado a la gente innecesariamente y deberían ser los primeros en reconsiderar sus actitudes y mensajes.

Por otro lado, mucho se ha escrito y analizado también sobre los procedimientos y costes para mitigar las causas y efectos del calentamiento global. El tratado de Kyoto fue el punto de partida. Lo que mucha gente no sabe, o no quiere saber, es que según los cálculos iniciales, si todo el mundo siguiera los acuerdos de Kyoto tal y como fueron propuestos, en el año 2100 la temperatura global sería 0.1°C menor de lo previsto si no se toma ninguna medida. Una décima de grado a nivel mundial. Según los últimos resultados, y aquí sigo los datos de Michaels y Walling, el calentamiento global registrado en el último tercio del siglo XX estaría en torno a 0.013°C por año. Es decir, que bajar la temperatura una décima de grado en el 2100 es lo mismo que decir que se conseguirá retrasar 7 años los efectos del calentamiento global, o sea, observar en 2107 las temperaturas originalmente previstas en 2100.

Sin entrar en todos los detalles y en cuestiones tan importantes como el papel de China y la India, resulta evidente que el balance de los costes y beneficios de la reducción de emisiones de CO2 no queda muy claro. Echar la culpa a los EEUU y a los países desarrollados por no firmar o no cumplir el tratado de Kyoto puede ser útil para discusiones de bajo nivel pero poco aporta al fondo de la cuestión. Para un análisis más detallado de estas cuestiones recomiendo leer el libro de Nigel Lawson anteriormente citado.

Lo que si conviene dejar claro es que en la visión políticamente correcta del calentamiento global contiene tres puntos erróneos: 1) los modelos usados hasta ahora no explican todos los fenómenos observados; 2) esos modelos asumen un crecimiento sostenido de la concentración de CO2 en la atmósfera a menos que se reduzcan las emisiones; 3) asimismo, ese crecimiento sostenido del CO2 provocará un calentamiento global constante. Ya hemos comentado algunos ejemplos respecto a las incongruencias del primer punto. Los otros dos puntos comparten una característica: ambos asumen una estabilidad que no se corresponde con la realidad. Es decir, es posible reducir la concentración de CO2 sin reducciones obligatorias de las emisiones por parte de los gobiernos. Y también es posible que aumentos de la concentración de CO2 no conlleven necesariamente un aumento de la temperatura. Una prueba de ello la tenemos en la evolución de las temperaturas en esta primera década del siglo XXI.

En la misma línea Michaels y Walling argumentan que el efecto de aumento de la temperatura con el CO2 podría ser exponencial con lo cual, a partir de cierto punto, aumentos considerables de la concentración de CO2 no incrementarían linealmente la temperatura global. Asimismo, la Agencia Internacional de la Energía estima que el avance tecnológico podría permitir una reducción de la demanda energética del 50%, respecto al consumo de hoy, en el 2030. Esa idea la desarrolla el Dr. Klaus en su libro. Brevemente, Grossman y Krueger publican en 1991 un estudio en el que comprueban que la relación entre ingresos y calidad del medio ambiente sigue una curva de Kuznets. Dicha curva tiene forma de U invertida. Así, en una primera fase el desarrollo económico coincide con un mayor deterioro del medio ambiente. Pero la relación no es lineal y pasado un cierto punto crítico un mayor desarrollo económico conlleva a una mejoría de la condición medio ambiental. Así a mayor desarrollo, la tecnología es más eficiente y se necesita menos energía para realizar procesos similares.

Resumiendo, los protocolos internacionales de reducción de gases de efecto invernadero no son eficaces, ya que están basados en modelos inexactos y no queda clara la relación coste-beneficio derivada de su aplicación, siendo posible además que el desarrollo tecnológico invalide la mayor parte de los supuestos sobre los que están basados.

Desarrollo y libertad

De todo lo dicho anteriormente no quiero concluir que no haya que hacer nada. Al contrario. El hecho de que existan todavía personas que son capaces de desafiar lo políticamente correcto, asumiendo los riesgos que para nuestro futuro profesional conlleva, nos ha permitido tener accesos a distintos resultados y a explicaciones alternativas al pensamiento único que nos dice que el calentamiento global sólo puede empeorar y que catástrofes inimaginables son inminentes. Esos nuevos resultados y enfoques evidencian que nos falta mucho por saber respecto a los mecanismos climáticos y respecto a si es posible, y deseable, intervenir activamente sobre el clima. Por tanto, un primer punto que debe potenciarse es la investigación activa de dichos mecanismos climáticos sin discriminación ni condena de las hipótesis iniciales. Deber ser posible investigar en estos temas libremente y tener derecho a la misma financiación pública. Segundo, por mucho que la deriva ideológica de tintes totalitarios, que acompaña al movimiento de calentamiento global, nos diga que el ser humano debe frenar su desarrollo por ser algo sustancialmente perverso, no podemos seguir esa dirección. El desarrollo tecnológico y económico cambia nuestro mundo y lo cambia a mejor. No ver las mejoras derivadas del progreso técnico en la historia de la humanidad y obstinarse en destacar todo lo negativo que lo acompaña, sólo parece ser explicable desde una visión negativa y casi autodestructiva del ser humano. Por ello debemos invertir en desarrollo y en investigación. La técnica puede proporcionar respuestas y soluciones que ahora mismo no podemos imaginar.

Pero no olvidemos que nuestra clase política dirige su mensaje a las tendencias que parecen encauzar más votos. Muchos de nuestros políticos, en todo el espectro ideológico, nos hablan de energías renovables, de cortar emisiones de CO2, de desarrollo sostenible, de protección medioambiental. Pero no son ellos los que aportan las ideas originales. En la mayor parte de los casos no son más que altavoces de lo políticamente correcto, de ese mensaje que lleva ya muchos años circulando y del que muy pocos se han atrevido a dudar. Pues bien, es hora de empezar a esforzarse en educación. Ningún plan de investigación y desarrollo tecnológico tendrá sentido si no va acompañado de un tremendo esfuerzo educativo, a todos los niveles de la sociedad, para explicar que las alternativas son posibles y que es momento de empezar a trabajar en ello.

Las políticas adecuadas pasan por invertir en conocimiento, en tecnología y en educación. Ante el pensamiento único y modelos teóricos sospechosos necesitamos buscar respuestas y esforzarnos más en ello. Seguir apostando por soluciones dudosas que siguen sin dar resultados no parece ser el mejor camino. No podemos ser meramente repetidores de todo lo que se dice. Hay algo que distingue al ser humano del resto de especies, aunque algunos lo nieguen o lo infravaloren, y es su inteligencia. Es la que nos ha permitido llegar hasta donde hemos llegado siempre que la hemos ejercido libremente. Nuevas soluciones mejores pueden ser obtenidas si nos atrevemos a pensar con mente abierta.

Jordi Tauler (tauler@semanarioatlantico.com)  es Doctor en Biologia e investigador en Rush University Medical Center de Chicago.

Publicado en www.semanarioatlantico.com

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