El extraño caso del profesor que quiso ser John Wayne
“Otro fin de curso. Evaluaciones finales -afirma un maestro- y se corrobora la norma sobradamente errónea: más tiempo en las aulas significa más educación. ¡Guardería para todos! Lo grave -continúa (…)
“Otro fin de curso. Evaluaciones finales -afirma un maestro- y se corrobora la norma sobradamente errónea: más tiempo en las aulas significa más educación. ¡Guardería para todos! Lo grave -continúa este maestro- es que ya no sé para qué hago mi trabajo. Bajo el supuesto de que la escuela debe responder a todos los problemas de la sociedad, algunos expertos pedagogos nos dicen a los profesores que debemos enseñar los contenidos de nuestra asignatura, pero centrados en las características del contexto geográfico de la escuela y de su identidad regional, motivándolos con los conocimientos inmediatos. Debemos adaptar los conocimientos individualmente, a todos y cada uno de los alumnos, en aulas repletas con desfases de nivel importantes.A la vez, se insiste desde las altas instancias en un arrojo de espíritu de ciudadanía, en que hay que enseñar a convivir en paz y en democracia y en tolerancia en el contexto de una sociedad plural, poblada de diversas naciones y nacionalidades, en un clima de diálogo y solidaridad mutua, recíproca y trascendental con las autonomías, y sin menospreciar la idiosincrasia regional y las características de todos y cada uno de los municipios que pueblan este nuestro país. Y no es menos importante que el profesor pueda dejar de enseñar a sus alumnos a no discriminar. Grave error si lo olvida. El docente debe ayudarles a emplear un lenguaje igualitario-bibianesco, sin palabras sexistas.
Y, sin menoscabo de lo anterior, como elemento curricular no menos importante, debe enseñar a los alumnos a utilizar la goma cuando vayan a tener relaciones sexuales, con cuidado de no desanimar al que no pueda tenerla, por aquello de la autoestima y de los contenidos afectivos del programa. Además de saber cómo utilizar la gomita -lógicamente, dado el alto índice de preocupación social ante el aumento de embarazos no deseados-, el profesor debe tener especial cuidado en enseñarles las normas mínimas de higiene, que nunca vienen mal para prevenir los contagios de posibles enfermedades venéreas, pero -¡atención!- utilizando siempre productos higiénicos que no degraden el ambiente, y -¡ojo!- que no contengan un lenguaje machista-homófogo-insensible u ofensivo con el sexo femenino, ni alimente la violencia entre géneros ni el belicismo intergeneracional e internacional. Y ello sin hablar de otros contenidos también necesarios para la sociedad: educación vial, prevención del consumo de drogas, de la anorexia y la bulimia, resolución de conflictos de pareja, etc.
Concluye este maestro: “Estamos formando corderos para lanzarlos al matadero. Corderos en el mundo donde rige la ley del oeste”.
Recuperar el cometido básico del maestro
Ante este estado de cosas, quizá haya llegado el momento de recuperar el cometido fundamental de la escuela y del maestro. Quizá tengamos que empeñarnos en recordar que, en toda sociedad que quiere llegar a ser adulta, el maestro debe tener la función pública esencial de dar respuesta a los problemas vitales del hombre, tanto a nivel personal (necesidad de sentido) como social (necesidad de socialización, de trabajo digno, etc.), sin olvidar los contenidos de tipo técnico.
Y a recordar que tal empresa es urgente, porque las modas comerciales y las proclamas políticas han ganado la batalla de la educación a los padres y a la escuela. Porque, en tal situación, los padres se encuentran sin capacidad de influir efectivamente en sus hijos. En un mundo en que “toda opinión vale lo mismo”, “todo da igual” y “ninguna forma de vida es mejor que otra”, el diálogo es imposible. A esto se suma que los padres tienden cada vez más a no tener tiempo para dedicarlo a sus hijos, o por trabajo, o por separaciones… El caso es que este problema lo revierten sobre la escuela: “nuestros niños no están educados porque los profesores no los educan”, se dice.
Y la clase política de turno, fiel servidora de la dictadura del voto, escuchan esta queja y genera en la Administración educativa una doble tendencia: primero, los padres, como los clientes, tienen siempre la razón. Segundo, el profesorado tiene mayor carga de horario lectivo y de trabajo de formulario. Es decir, se tiende a aumentar el tiempo del profesor en aquello que no es realmente educativo: horas complementarias y trabajos administrativos (rellenar formularios).
No faltan profesores que se quejan ante tanta sinrazón, pero inmediatamente desenfunda su blog el sheriff del corral y tilda a estos profesores de “burgueses faltos de compromiso igualitario” (ej., M. F. Enguita, julio 2009). He ahí la cosa: “la idea de la falta de compromiso”. Es decir, para la pseudo-pedagogía vigente en España, aquellos que osen criticar la Logse y las teorías que la sustentan son inmediatamente catalogados como contrarios a la igualdad, al compromiso social, etc. ¿Por qué? La idea subyacente es que “ser de la Logse” es “ser de izquierdas” (Marchesi dixit). Este es, pues, el meollo de la cuestión: la politización a que ha sido sometida la educación en España.
En ese tipo de discurso pseudo-pedagógico, la referencia a los desfavorecidos de la sociedad viene a ser no más que una coartada para disimular el déficit teórico y la ausencia de pensamiento. De nuevo se vuelve a repetir la tendencia: “ponga un pobre en su mesa …de despacho”. Como es de sobra conocido, ese es un lujo que sólo se pueden permitir los satisfechos.
Publicado en www.elconfidencial.com

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