La explicación más completa a la frase más célebre de Dostoievski
“Si Dios no existe, todo está permitido”… ¿Quién no ha escuchado alguna vez esta sentencia lapidaria? Hans Graf Huyn supo estudiar su recorrido histórico y su plasmación en nuestro tiempo.
Dice en la introducción Jorge Soley Climent que este libro hay que guardarlo “como quien tiene un tesoro escondido al que echar mano en momentos turbulentos”. Es verdad. Hans Graf Huyn, diplomático alemán de vasta experiencia, diputado socialcristiano durante varios años en el Bundestag, escribió Seréis como dioses (El Buey Mudo) justo cuando el mundo daba un giro inesperado: decíamos adiós al Muro de Berlín, la URSS se venía abajo y un osado Francis F. Fukuyama se hacía de oro propagando la especie de que la Historia había concluido porque ahora ya éramos todos democráticos y, en consecuencia, felices.
Dos décadas después, Fukuyama sigue en el machito y es asesor de Barack Obama para la pesadilla bioética que Huyn ya denunciaba entonces. Y, aunque el comunismo en cuanto tal no parece un peligro, va siendo reemplazado por una estructura de poder avasalladora que se adentra en el círculo de la intimidad personal y familiar (a través, por ejemplo, de la enseñanza y de la ideología de género) como no lo había hecho antes tirano alguno. También Huyn había advertido de que el problema de la libertad no estaba tanto en las formas políticas como en “las ideologías que desprecian al hombre”.
El susurro de la serpiente
Todas ellas tienen un elemento común: la autonomía moral del individuo. Puede parecer una paradoja que la promesa del demonio a Adán y Eva, que da título a este libro, acabe arrastrando a la humanidad por los suelos. Pero justo para quien vea en ello una contradicción se escribió Seréis como dioses.
“Si Dios no existe, todo está permitido”, afirma en Los demonios Kirilov, uno de los más célebres personajes de Fiodor Dostoievski. Las páginas de Huyn, de principio a fin, explican el sentido profundo de esa sentencia y cómo fue tomando cuerpo en la historia del pensamiento, del arte y de la política.
Cuando robamos a Dios la majestad debida y le expulsamos del santuario, ese hueco no queda vacío: “De los altares olvidados han hecho su morada los demonios”, dijo Ernst Jünger.
Es un proceso que arranca en el Renacimiento, donde Dios parece solamente apartado del centro, pero aún lo ilumina todo; continúa con la Ilustración, cuando los filósofos dejan al Creador sin trabajo al desconectarlo de toda implicación con sus criaturas; y culmina con la pretensión de ciertos científicos de considerar su existencia como una superstición propia de pueblos poco desarrollados, pretensión que hacen suya todas las ideologías del Progreso, el marxismo sobre todo.
Porque es en la política donde ese abandono de la divinidad se traduce en “el imperio totalitario de ideologías que sirvan como sucedáneos de la religión”. Huyn acomuna en ese designio a Robespierre y a Lenin, y por supuesto al empeño nacionalista. Se detiene en particular en el nacionalismo ruso, no menos arriesgado en la versión nihilista que en la espiritualista, y son en ese sentido muy interesantes las matizaciones al discurso de Dostoievski.
Dieciocho puntos para un programa de acción
Una de las razones que convierten Seréis como dioses en la obra de referencia que señalaba Soley es que Huyn incorpora a su discurso propio un impresionante arsenal erudito de citas de los grandes y pequeños nombres del pensamiento universal, tanto con obras clásicas como con las contemporáneas en el momento de la redacción. Al leer asistimos así a un repaso completo a la cultura de nuestro tiempo, pero orientado en la dirección que sabiamente fija el autor desde la primera línea.
Las últimas constituyen todo un llamado a la acción y a la responsabilidad, a “demostrar hombradía y valor cívico” para orientar la marcha de las cosas: “Todo aquel que en un tiempo como el nuestro no se exija cuanto pueda será de un modo u otro culpable”.
Por su parte, junto al esplendor teórico de su obra, Huyn ofrece un programa de dieciocho puntos para una “política conservadora [que resguarde] la dignidad del hombre como hijo de Dios”. Que es algo más encumbrado que “ser como dioses”, como bien sabía en su perfidia la serpiente del Paraíso.
Hans Graf Huyn. Seréis como dioses. Traducción de José Zafra Valverde. Prólogo de Jorge Soley Climent. El Buey Mudo. Madrid, 2010. 343 pp. 24 €
Publicado en www.elsemanaldigital.com

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