"The great enemy of the truth is very often not the lie —deliberate, contrived and dishonest— but the myth —persistent, persuasive and unrealistic—"
John F. Kennedy

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Al menos Obama ha hecho un milagro: la resurrección de Hillary Clinton

Publicado por Marco Respinti el 7 de Julio de 2010 en American Review.
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 Barack Hussein Obama hace milagros. En vida. Resucita a muertos. Si hay una regla real e inquebrantable, aunque por supuesto no escrita, de  la política norteamericana es que el que (…)

 Barack Hussein Obama hace milagros. En vida. Resucita a muertos. Si hay una regla real e inquebrantable, aunque por supuesto no escrita, de  la política norteamericana es que el que pierda en un cara a cara público en unas elecciones de importancia desaparece de la escena política. Se retira, desaparece, se dedica a la hípica o a la creación de una gran biblioteca, pero desde luego no vuelve. De ninguna manera. Sucede así cuando, después de habérselas dicho de todos esos colores, los candidatos de los diversos partidos a la Casa Blanca finalmente se enfrentan en las urnas y una vence y gobierna y el otro pierde y se va.

Prácticamente lo mismo ocurre incluso con las elecciones primarias que preceden y preparan la carrera a la presidencia. Cuando dos candidatos del mismo partido chocan de frente sin tapujos, el que sale derrotado después de haber tratado de arrebatar al adversario la palma del vencedor se retira con el rabo entre las piernas. Para él o ella, queda tan sólo algún sillón, aunque sea de cuero en una oficina de lujo en la sede del partido, si así lo desea, pero sin duda ya no el escenario nacional. La lógica, de hecho, es que quien ha sido derrotado tan clamorosamente hoy no puede reaparecer como si nada hubiera ocurrido mañana. El electorado, al contrario de lo que se piensa, tiene larga memoria.

Eso sí, todos y cada uno de los protagonistas de la vida política de Estados Unidos se han curtido luchando y perdiendo en las primarias. Los que de lejos se nos aparecen siempre como los “hombres nuevos” que surgen de repente en el centro de atención aparentemente de improviso, son en realidad veteranos que ya han probado, que ya han demostrado, que han sido puestos a prueba. Nadie se escapa esta segunda regla, real e imperturbable, pero también no escrita de la política norteamericana. Las primarias presidenciales, además de seleccionar el candidato final de un determinado partido, sirven para que los diferentes competidores midan su fuerza, evalúen costos y beneficios, y calibren estrategias y tácticas.

Pero si por el énfasis y la intensidad la confrontación de las primarias en el interior de algún partido termina siendo equivalente a la de los candidatos presidenciales el discurso cambia. Nadie recuerda una segunda vida política de gran importancia para los candidatos presidenciales sonoramente derrotados en las elecciones de  noviembre ni el retorno de ex que tras perder las primarias con gran estruendo, hayan vuelto a estar en boga. En resumen, se puede perder en las primarias, sí, pero con estilo, y posiblemente también con discreción y durante los primeros meses de la carrera, antes de que la tensión crezca demasiado.

Ahora bien, todo el mundo recuerda el enfrentamiento que animó al Partido Demócrata en el primer semestre de 2008, cuando se batieron Hillary Clinton y Obama. Todo el mundo recuerda que incluso al principio Hillary era la favorita y que la mayoría no sabían escribir correctamente el nombre, apellido y middle name de Obama. Y todo el mundo recuerda muy bien la parálisis de los comentaristas progresistas, que tuvieron que hacer malabarismo para tratar de no violar las reglas de juego de lo “políticamente correcto”, es decir, para apoyar a una sin que parezca que criticaban al otro. Se trataba de los campeones de dos “minorías” “perseguidas”, “las mujeres” por un lado y los “afroamericanos” por el otro, que por primera vez concurrían con representantes populares a la Casa Blanca y con los que uno no podía equivocarse en sus apreciaciones.

Hillary estaba segura de ganar, y lo mismo gran parte del potente entorno que la apoyaba. Pero luego cambió el viento, casi de repente, y ese mismo entorno poderoso comenzó a creer lo que antes no podía ni siquiera imaginar, el hecho de que un desconocido senador de Illinois totalmente principiante, de color a medias y no afroamericano (es decir, un descendiente de aquellos desafortunados esclavos que vivían en América del Norte, finalmente liberados y libres), había aprendido la lección había conducido al éxito cuatro años antes a George W. Bush jr., y que podía repetirla. Sobre todo aquel poderoso entorno tomó nota del hecho de que una parte muy importante del electorado americano se había dado cuenta, finalmente, de que había un no blanco en la carrera a la nominación. Así que ese potente entorno decidió apostarlo todo, o al menos muchísimo, al negro y dejó a Hillary a su suerte.

Para ella fue el desastre. Obama la derrotó, la superó con claridad, incluso humillándola, pulverizándola, él, medio negro, a ella, presidenta a medias. Hillary lo había intentado todo, se la había jugado en todas partes, lo había dado todo. No había nada que hacer. Más singular que ese combate no se recuerda en los últimos años durante las primarias, más parapresidencial que esa lucha no se recuerda en unas primarias. Todos teníamos realmente la impresión de que la elección para la Casa Blanca se jugaba en la elección Obama-Clinton, y no en noviembre contra aquel John McCain que eligió para acompañarlo demasiado tarde a Sarah Palin.

Y bien, ¿qué pasó? Pues sucedió que la muerte política a la que la derrota, según las prácticas y normas habituales, tenía que haber condenado a Hillary, ha sido salvada por los pelos por Obama. Hillary era considerada “presidenciable” antes de la aparición de Obama y sólo venciendo a Obama podía haber conseguido su objetivo. La derrota aplastado con la que Obama la aplastó debía haber sido su tumba y, sin embargo, la ex primera dama fue repescada y nombrada nada menos que secretaria de Estado, el cargo geopolítico-estratégico más importante de los EE.UU., a veces (acuérdense de Heinz “Henry” A. Kissinger y de James A. Baker III) incluso más poderoso que la propia presidencia, y sin duda en posición de condicionarla.

He aquí el milagro. En dos años nadie se acordará ya de la ley del ganador y el derrotado en las primarias de 2008, Obama volverá a presentarse (¿quién es tan loco como para no presentar al presidente en ejercicio, incluso si es un desastre y nadie lo quiere?), pero así la Clinton estará lista para el 2016. Hillary estaba acabada, y ahora está en el ajo como si nada hubiera pasado. Pésimo dos veces Obama: por su gobierno repleto de fracasos hoy, por haber salvado para mañana a quien ya estaba en el mundo de los cadáveres políticos. Que Hillary es ya más popular que Obama, el cual no gusta ya ni a sus propios partidarios, no es un misterio para nadie. Tal vez el famoso y potente entorno demócrata haya susurrado al Obama victorioso en las primarias de hace dos años algo al oído, tal vez algo sobre una ex primera dama.

Publicado en www.loccidentale.it

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