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La clave para entender lo que diferencia a conservadores y liberales

Publicado por Carmelo López-Arias Montenegro el 8 de Septiembre de 2010 en Cultura y Libros.
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Se defina como se defina el conservadurismo, lo que está claro es que se sitúa entre la aceptación ciega de la Revolución Francesa como momento luminoso de la Historia y (…)

Se defina como se defina el conservadurismo, lo que está claro es que se sitúa entre la aceptación ciega de la Revolución Francesa como momento luminoso de la Historia y el deseo de rehacer (o recrear) el mundo sobre principios anteriores a ella. Pero no todos los pensadores conservadores expresan esta idea con tanta claridad como Wilhelm Röpke (1899-1966).

De hecho, en su obra más célebre, La crisis social de nuestro tiempo (El Buey Mudo), marca distancia explícitamente con los grandes nombres del pensamiento contrarrevolucionario, como Joseph de MaistreKarl Ludwig von Haller, acusándoles de querer rescatar los peores momentos del Antiguo Régimen.

Esa propensión al término medio es propia de un hombre que había vivido en sus carnes las grandes tragedias del siglo XX. Röpke hubo de huir de Alemania en 1933 cuando ascendió al poder Adolfo Hitler, y asistió después al martirio de su país en la guerra y, después, bajo la férula soviética.

Por eso, también como defensor del liberalismo económico que fue procuró huir de extremos. En esta obra censura, por ejemplo, que dicha ideología caiga en excesos utópicos que acaben de destruirla.

Lamenta la estrecha visión racionalista del individuo, que no tiene en cuenta que nace en una comunidad concreta y es hijo de la Historia, y cuya vida en sociedad responde por tanto a postulados extraeconómicos sin los cuales el laissez faire, laissez passer acaba destruyendo la comunidad. Aunque firme defensor de la competencia, Röpke tenía claro que la mera lucha de intereses particulares conduce a la desintegración política.

Por la misma razón, sostenía que la economía de mercado no puede prescindir de anclajes morales sólidos, sin los cuales es imposible resistir la presión de dichos intereses, lo cual obliga a intervenir al Estado en una escalada que conduce al colectivismo, la peor desgracia en los tres sentidos: político, económico y moral.

Como explica Jerónimo Molina en un amplio y penetrante prólogo, Röpke pudo ver reflejadas sus ideas en su país gracias a Ludwig Erhard, el ministro de Economía de Konrad Adenauer, y su sucesor. Durante los años que transcurren entre 1949 y 1966, “todo su afán [de Erhard] era la puesta en práctica de las ideas de Röpke“, en una coalición político-intelectual que resultó feliz para una Alemania que entró en ese periodo arrasada por las bombas y salió de él como potencia económica mundial.

Es, pues, el padre del llamado Estado Social, al que recientemente hacía referencia Alberto Ruiz-Gallardón para diferenciarlo del Estado del Bienestar. Röpke, cauteloso ante la “mano invisible” de Adam Smith, temía que la competencia empresarial desembocase en el monopolio y en el capitalismo de Estado. La libertad económica “es, sin duda, una forma esencial de la libertad personal… pero no se agota con ello su esencia”, sino que para sentirla de modo natural, los hombres, en vez de vivir proletarizados, deben hacer “una vida basada en la propiedad y en la facultad de escoger con independencia su esfera de trabajo; una vida que les proporcione independencia espiritual y material en el mayor grado posible”.

La crisis social de nuestro tiempo se configura así como uno de los principales ensayos conservadores (si entendemos esta palabra como opuesta a lo puramente liberal, aun partiendo de principios comunes de libertad económica) que ha producido el pensamiento europeo. Molina destaca además su influencia en la renovación del conservadurismo norteamericano a través de Russell Kirk, y la alta estima en que Röpke, que no era católico, tenía la doctrina social de la Iglesia. Todo un acierto de El Buey Mudo, sello editorial de Ciudadela, brindarnos la oportunidad de conocer sus reflexiones.

Publicado en www.elsemanaldigital.com

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