¿Progresamos de verdad?
¿Todos los grandes sociales, económicos y culturales son para mejorar? ¿Más riqueza bruta implica más libertad para las personas y las familias? Ahora empezamos a comprobar que no.
Estamos en medio de una crisis económica, una crisis económica, que pone en riesgo nuestro modelo de vida. ¿Cómo? ¿No estamos hablando sólo de economía y resulta que, para una gran mayoría, eso afecta a lo esencial? Sí, porque de un modo u otro hay un consenso amplísimo en que lo importante son los negocios, la riqueza. Un postmarxista como José Luis Rodríguez Zapatero y una centrista como Ana Mato pueden estar enfrentados en muchas cosas, pero coinciden en señalar el centro de nuestra sociedad.
No hace mucho, la vicesecretaria general de Organización y Electoral del PP consideraba que la sociedad del bienestar está “en riesgo” porque, a su juicio, las “señas de identidad” de las medidas puestas en marcha por Zapatero, son “las contrarias de las que se deben hacer”. Asimismo, acusó al presidente del Ejecutivo central de “haber sacrificado la solidaridad y la competitividad” y explicó que la sociedad del bienestar “es aquella que presta ayudas sociales a aquellos que lo pasan peor” y, además, “procura una sanidad pública gratuita, educación, pública, gratuita y de calidad, y pensiones”. ¿Qué dirían Mato y la inmensa mayoría de políticas que comparten sus valores básicos si leyesen que ese bienestar es en el fondo incompatible con la libertad?
Hilaire Belloc, nacido francés pero profundamente inglés a todos los efectos, dedicó su vida de pensador y escritor al análisis de los cambios de la modernidad y a la crítica de la misma en lo que él la consideraba criticable. El Buey Mudo nos ofrece ahora en español El Estado Servil, un ensayo contundente en el fondo y ameno en la forma en el que Belloc explicó cómo la modernidad no nació de ciertos cambios económicos (lo que llamamos Revolución Industrial) sino que la combinación de una serie de ideologías con esos cambios está llevándonos a una renuncia progresiva a la libertad que Europa había convertido antes en su seña distintiva.
Belloc, católico -y es importante recordarlo por la naturaleza de sus argumentos-, explica que, desde que consideramos que el bienestar, es decir la acumulación de bienes materiales al menos hasta un cierto nivel, es esencial en nuestras vidas estamos dispuestos a sacrificar otras partes de ellas. Si, además, en los últimos siglos las naciones de Europa se han dado instituciones que dan más importancia a la masa que a las personas, y por consiguiente más a los capaces de liderar esa masa que a las familias libres y autónomas, el escenario está completo. No avanzamos desde el liberal-capitalismo a la siguiente fase de la lucha de clases predicha por Marx, sino que asistimos a la progresiva renuncia por parte de la mayoría a su libertad a cambio de la seguridad material.
Podrá discutirse la argumentación de Belloc, pero no la calidad de la misma; alguien radicalmente alejado de sus principios, el economista austriaco Friedrich Hayek, en Camino de servidumbre alaba la profundidad y acierto del análisis de Belloc. Que, como ultraliberal, no comparte.
Como recordaba hace poco Fernando Díaz Villanueva “antes de la Revolución Industrial y el nacimiento del capitalismo, los más ricos lo eran por herencia. Las clases sociales eran compartimentos estancos de los que no se podía salir. El que nacía marqués vivía como tal el resto de su vida gracias a los privilegios legales que el Estado le otorgaba. Los emprendedores que nacían pobres poco podían hacer para mejorar sus condiciones de vida. Sólo a partir del siglo XVII en ciertas áreas de Europa como el norte de Italia, Holanda o Inglaterra los desheredados empezaron a prosperar desafiando su aciago destino de cuna”.
Más aún, el “capitalismo, a diferencia del antiguo régimen o el socialismo, premia el trabajo, el mérito y la empresarialidad. De las diez mayores fortunas de 2009 ocho se han conseguido desde la nada y las otras dos eran herencias que los herederos han acrecentado en lugar de dilapidarlas como sucede en muchas ocasiones”. ¿Son esos hombres y mujeres de éxito una prueba de nuestro éxito? Si la bondad de un modelo social ha de medirse por la posibilidad de que la riqueza circule, sí; si la bondad depende de la libertad real de las gentes (bien distinta del uso y abuso de la palabra libertad), no.
El Estado Servil muestra que, efectivamente, estamos muy avanzados en el “camino de servidumbre”, pero según Belloc quien nos niega la libertad no es sólo el socialismo sino, en general, todas las formas de materialismo y de economicismo que de hecho o de derecho niegan no ya la subsidiariedad sino la misma existencia de un orden natural. Con todos sus defectos, la sociedad europea del milenio cristiano, basada en la igualdad ontológica y la desigualdad formal, la jerarquía, la continuidad, el orden y en definitiva la subordinación de lo material negando su identificación con lo real, fue a su manera más libre y de más amplia libertad. La Reforma y los liberalismos dieron libertad a la riqueza y propiciaron la concentración de ésta, pero la mayoría ha pagado la obtención de la libertad de empresa con la renuncia a libertades mucho más importantes.
Belloc debe ser leído, y más ahora cuando está en curso una nueva polémica sobre la relación entre catolicismo y capitalismo. Belloc les diría que, siendo la propiedad una extensión natural de la persona y la familia, la Iglesia la defenderá siempre, pero que se negará también siempre a bendecir una sociedad que niegue la propiedad y la libertad a todos, que oculte el sentido social de la propiedad y haga pagar el bienestar a la mayoría con la concentración de la riqueza y las decisiones sobre la vida de todos en unos pocos. No ya decisiones políticas, sino decisiones sobre cómo debemos trabajar, educar a nuestros hijos o vivir. ¿Hay libertad sin eso?
Ahora más que nunca, “el tiempo es oro”
La esclavitud, la falta de libertad, no necesita látigos y grilletes para ser real. Por ejemplo, un matrimonio de dos trabajadores, que pasen todo su tiempo entre semana fuera del hogar ganando dinero para mantener su nivel de vida, ¿es realmente libre? En medio de esta crisis los consideraríamos privilegiados, simplemente por seguir trabajando, y millones de españoles estarían dispuestos a renunciar a partes de su libertad, incluso formal, a cambio de un trabajo o de una casa. Otros, sin necesidad de esa renuncia explícita, no son menos esclavos.
Tienen ya un siglo las reflexiones de Arnold Bennett, publicadas ahora en español por Melusina. Bennett es entre hilarante y preocupante. Su manera de exponer la manera de vivir en una sociedad moderna es, francamente, divertida. Lo es menos si consideramos que quienes vivimos así somos precisamente nosotros, los beneficiados por las ideologías del siglo XVIII y XIX convertidas en sistema productivo. Al fin y al cabo, ahora que tenemos a nuestro alcance un número ilimitado de bienes materiales (sólo depende de nuestra habilidad y esfuerzo conseguirlos, no hay normas que nos los nieguen) es cuando menos tiempo tenemos para disfrutarlos. ¿Por qué? Porque precisamente la lucha diaria por el bienestar material (lucha de la que están excluidos los poseedores del poder económico, social y financiero, que además no lo son por tradición ni por formación) nos priva de tiempo para disfrutar de ese bienestar, incluso si lo hemos llegado a conseguir.
Bennett escribe en el Londres eduardiano y, modestamente, lanza una especie de panfleto de autoayuda. En esencia, nuestra sociedad es la misma y esto hace igualmente válidos o al menos sugerentes sus consejos para no vivir sin tiempo. Como Belloc, con quien compartió ambientes, Bennett señala la raíz del problema en nuestra falta de unidad de vida, en la concepción del trabajo como algo externo a nosotros, que hacemos por obligación impuesta y no como prolongación natural de nuestra vida. Quienes hemos conocido trabajadores aún imbuidos de una visión tradicional de las cosas -esencialmente en el campo, pero no sólo- hemos visto cómo los males denunciados por Belloc y remediados por Bennett no son inevitables. Son sólo la consecuencia de una visión de las cosas que, como todas, se considera a sí misma la única natural y eterna pero que, como otras, no lo es. Afortunadamente, dirá el lector cuando termine ambos libros.
Publicado en www.elsemanaldigital.com

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