"To be conservative is to prefer the familiar to the unknown, to prefer the tried to the untried, fact to the mistery, the actual to the possible, the limited to the unbounden, the near to the distant, the sufficient to the superabundant, the convenient to the perfect, present laughter to utopian bliss."
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Tambores de guerra comercial en el Congreso

Publicado por Jeff Jacoby el 18 de Noviembre de 2010 en American Review.
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Las políticas del gobierno chino hacen posible que los estadounidenses adquieran un amplio abanico de productos a precios asequibles. Por ese delito mayor o menor, la Cámara de Representantes de (…)

Las políticas del gobierno chino hacen posible que los estadounidenses adquieran un amplio abanico de productos a precios asequibles. Por ese delito mayor o menor, la Cámara de Representantes de los Estados Unidos sometía a votación la pasada semana castigar a China.La votación del proyecto de ley H.R. 2378, que impondría aranceles punitivos a las exportaciones chinas a Estados Unidos — que incluyen de todo desde ropa a mobiliario pasando por juguetes y neveras, ordenadores y productos deportivos — registró un abrumador 348 a 79. Se acompañó de retórica legislativa igualmente desequilibrada. “Engañan para robar nuestros puestos de trabajo”, hervía Mike Rogers, de Michigan, mientras Dana Rohrabacher, de California, denunciaba a los chinos por “camarilla de mafiosos”.

Desde el Senado, donde hay pendiente una legislación parecida, llegaban términos igualmente hostiles. “Este juego de idiotas no va a terminar a menos que descubramos su farol”, aducía indignado Charles Schumer, de Nueva York. También hubo humores de guerra comercial en los márgenes. El presidente de la federación sindical AFL-CIO, Richard Trumka, animaba la maniobra “esperada desde hace tiempo” contra el gobierno de China, al que equiparaba con “el matón del recreo”. Paul Krugman, firmando en el New York Times, saludaba la votación como prueba de que los legisladores estadounidenses ya no se mostrarán “tan increíble e indignantemente pasivos ante el mal comportamiento de China”.

¿Pero qué tiene exactamente de desagradable vender buenos productos a precios asequibles a decenas de millones de consumidores estadounidenses?

El régimen comunista de China no es ningún estandarte de administración ilustrada. Criminaliza la disidencia, reprime a las minorías étnicas y religiosas, y restringe severamente los derechos civiles y las libertades políticas de su ciudadanía. Particularmente brutal ha sido la ocupación del Tíbet y el virulento trato que dispensa a los seguidores del Falun Gong, un movimiento espiritual chino. No faltan razones legítimas ni urgentes para condenar el comportamiento de Pekín. Mantener bajo el precio de las exportaciones chinas no es una de ellas.

China es acusada por sus proteccionistas enemigos de devaluar deliberadamente su divisa, el yuán (o renminbí) en relación al dólar estadounidense. Eso abarata un poco los productos chinos en el mercado internacional con respecto al precio que tendrían. Sin duda eso sitúa a algunos exportadores estadounidenses en desventaja competitiva. Pero también se traduce en un poder adquisitivo mucho mayor para innumerables consumidores y empresas estadounidenses. Los expertos pueden debatir si la manipulación de la divisa por parte de China tiene algo de irregular o “depredador” (lo que, como señala el New York Times, la Organización Mundial de Comercio no define como ilegal). Pero no hay duda de que sus beneficiarios son incontables, como confirmará una visita a cualquier centro comercial Wal-Mart o Target. Al fabricar tantos bienes tan asequibles para tantos, la política monetaria de China ha sido declarada “el mayor programa contra la pobreza en América“. ¿Y el Congreso quiere ir a la guerra para clausurarlo?

Los proteccionistas afirman que obligar a China a apreciar el yuán daría un empujón a las industrias estadounidenses, añadiendo la friolera de 1 millón de puestos de trabajo nuevos a las nóminas americanas. También eso es debatible: El economista Mark Perry afirma que es el sobrecogedor incremento de la productividad industrial estadounidense, no el cambio de la divisa china, lo que es mayoritariamente responsable de la desaparición de tanto empleo en la fabricación los últimos años. En contra de la opinión popular, la fabricación en América está viva y coleando. Estados Unidos es con diferencia la principal potencia industrial del mundo, pero exige menos mano de obra para fabricar más producción que nunca.

No hay muchas empresas que acojan bien la competencia dura, de manera que no es difícil entender el motivo de que los exportadores estadounidenses que compiten directamente con las empresas chinas quieran que el Congreso amañe el encuentro imponiendo aranceles punitivos a las importaciones made in China. Su preocupación está con sus resultados; ellos no están pensando en los millones de hogares estadounidenses que se verán obligados a afrontar precios más caros.

Pero eso no significa que el Congreso tenga que cumplir su voluntad.

Suponga que las empresas chinas pudieran vender más barato que su competencia estadounidense no a causa de la política monetaria de Pekín, sino gracias a un avance tecnológico que redujera de forma dramática el gasto manufacturero chino. O suponga que los estadounidenses acudieran en masa a comprar productos made in China porque Oprah Winfrey, Glenn Beck, el pastor Rick Warren o Lady Gaga estuvieran animando a sus seguidores a hacerlo. O porque un excéntrico multimillonario ofreciera una rebaja del 25% a la compra de cualquier cosa importada de China. Las firmas estadounidenses podrían echar pestes, pero nadie esperaría que el Congreso “adoptara represalias” en su nombre imponiendo nuevos impuestos importantes a los productos chinos. ¿Por qué debe ser diferente el resultado si el consumidor elige “comprar chino” porque Pekín deprecia el cambio de su divisa?

Las importaciones asequibles son una bendición, no motivo de una guerra comercial. Es lamentable que tantos congresistas tengan problemas para entender eso. Tal vez el retorno a la vida privada les ayude a imaginárselo.

(Jeff Jacoby es columnista del Boston Globe).

  1. 1 comentario a “Tambores de guerra comercial en el Congreso”

  2. By Félix on Nov 22, 2010 | Responder

    Sin poner en duda que subir los aranceles a los productos chinos puede provocar en teoría que múltiples productos que compran los EEUU sean más caros, sí que me parece dudosa la efectividad de la medida, ni siqueira a corto plazo, puesto que si el gobierno de China realmente manipula el valor de su moneda para devaluarla y conseguir que su producción nacional sea más barata frente a la extranjera, es de suponer que no se quedará de brazos cruzados ante una medida como la que pretende los norteamericanos y que le bastará una nueva devaluación para hacer totalmente ineficiente cualquier subida arancelaría, pero si aceptamos las afirmaciones del propio articulista, “las políticas del gobierno chino hacen posible que los estadounidenses adquieran un amplio abanico de productos a precios asequibles” y que China “restringe severamente los derechos civiles y las libertades políticas de su ciudadanía”, habría que preguntarse y preguntarle al firmante si precisamente una de la medidas que permiten tener los productos baratos no es precisamente tener los derechos de sus ciudadanos restringidos, y, si no es en concreto la falta de libertad de sindicación, de huelga y de formación de partidos políticos una de las cosas que crean unas “estupendas” condiciones para que la mano de obra sea y se mantenga extremadamente barata comparada no ya con la de EEUU o la de Europa sino incluso con la de países en vías de desarrollo como los hispanoamericanos que sí tienen, unos más que otros y otros nada, garantizadas dichas libertades, y también habría que preguntarse y preguntarle al articulista que si “no falltan razones legítimas ni urgentes para condenar el comportamiento de Pekín”, si eso significa simplemente que hay que decirle al gobierno chino que por ser tan malo lo castigamos con que se pongan de cara a la pared, mas bien pienso que si no son prcisamente los EEUU y desde luego Europa los que han alimentado y alimentan el mostruo permitiendo la deslocalización empresarial y la inversión de capitales creados en sus países hacia naciones que no respetan dichas libertades básicas y luego se quejan de reales o ficticios efectos negativos en la propia economía. Cierto que la inversión en dichas naciones ha permido en algunos un indudable crecimiento económico pero no es menos cierto que eso no se ha traducido en un aumento en el respeto a los DDHH y habría que preguntarse y preguntarle si no hemos contribuido y contribuimos a fortalecer estados totalitarios. No es que piense que el no haber permitido que allí se invierta hubiera mejorado las cosas, pero estimo que habría que privilegiar países en vías de desarrollo que respetan o intentan respetar los DDHH y que no se puede permitir la competencia desleal, porque tan competencia desleal es que no se respeten los derechos de la propiedad intelectual e industrial y se copie con descaro los productos de otros y en eso China es una maestra como tener artificialmente baratos los costes salariales a base de no repetar otros derechos, como permitir a los trabajadores sindicarse, hacer huelga y votar y crear partidos que defiendan y mejoren sus condiciones de trabajo.

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