"Existe un amor a la patria que tiene su fuente principal en ese sentimiento irreflexivo, desinteresado e indefinible que ata el corazón del hombre al lugar de su nacimiento."
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Advertencias en cajetillas y el estado niñera

Publicado por Jeff Jacoby el 25 de Noviembre de 2010 en American Review.
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Todo ser humano en sus cabales sabe que fumar no es saludable. Los cigarrillos han sido apodados “clavos del ataúd”, al menos desde la década de los 80 en el (…)

Todo ser humano en sus cabales sabe que fumar no es saludable. Los cigarrillos han sido apodados “clavos del ataúd”, al menos desde la década de los 80 en el XIX, y más de dos siglos antes el rey James I se despachaba contra el tabaco como una “repugnante costumbre a la vista, odiosa al olfato, dañina al cerebro [y] peligrosa a los pulmones”.En Estados Unidos, el código federal obliga a poner advertencias en los paquetes desde 1966. En los años transcurridos desde entonces, la incidencia del tabaco se ha reducido a la mitad - de más del 42 % de los estadounidenses que eran fumadores puntuales a mediados de los 60 hasta menos del 21% hoy. En cuanto a los fumadores empedernidos que fuman a diario, su número ha descendido drásticamente hasta solo el 12,7 %, un mínimo histórico. Si alguna vez un mensaje caló entre la audiencia al que estaba destinado, es el mensaje de que fumar es malo para su salud. De hecho, los fumadores tienden a sobrestimar   el riesgo de los cigarrillos: Las encuestas demuestran, por ejemplo, que los fumadores sitúan la probabilidad de morir de cáncer de pulmón provocado por el tabaco en un total de 40 de cada 100 casos de cáncer. La probabilidad real: entre 7 y 13 de cada 100.

La reputación tóxica del tabaco no es lo único que ha desgastado las filas de fumadores estadounidenses. Los cigarrillos nunca han estado tan gravados como ahora, prohibidos de manera tan generalizada, ni tan fuertemente estigmatizados. Evidentemente, lo último que al gobierno federal le hace falta hacer ahora es promulgar nuevas normas para alertar al consumidor de los riesgos del tabaco.

Eso, por supuesto, es justo lo que están haciendo los federales.

La agencia del medicamento anunciaba la pasada semana que pronto obligará a que las etiquetas de advertencia del tabaco sean mucho mayores — a partir del próximo otoño tendrán que cubrir la mitad del anverso y del reverso de cada paquete de cigarrillos - y ser mucho más gráficas. Armados con nuevos poderes otorgados por el Congreso el año pasado, la agencia del medicamento ha diseñado 36 etiquetas posibles, entre las cuales se elegirán nueve.

Las advertencias propuestas, informa el Washington Post, incluyen una “que contiene una imagen de un caballero fumando a través del orificio de traqueotomía de su garganta; otra exhibe un cadáver con una larga cicatriz que discurre del pecho hacia abajo; y otra muestra a un caballero que parece estar sufriendo un infarto. Otras llevan imágenes de un cadáver en un ataúd y una con una etiqueta de un depósito de cadáveres, pulmones y bocas gravemente afectadas o una madre que echa el humo a la cara del bebé”.

Al parecer, la teoría detrás de imágenes antitabaco tan exageradas es que aunque todo el mundo sabe que fumar es malo para la salud, cierta gente necesita que se les recuerde ese hecho tan mordaz y desagradablemente como sea posible. Yo no fumo y nunca he fumado, y si uno de mis hijos se viera tentado por el tabaco, no dudaría en desplegar las imágenes de pulmones enfermos o pacientes de cáncer desahuciados para garantizar que se dan cuenta de los riesgos potenciales.

Pero ¿en qué momento se convirtió en competencia del gobierno federal tratar a los adultos estadounidenses igual que las madres y los padres tratan a sus hijos? ¿Es la corrección de malos hábitos personales un papel que en serio queremos confiar al Departamento de Salud Pública y Servicios Sociales? Washington no puede frenar sus malos hábitos propios, ¿por qué vamos a ponerle a cargo de frenar los nuestros? Pocas cosas de la vida estadounidense son tan comunes como la presión para disuadir del tabaco. Todo el mundo recibe el mensaje, lo cual es el motivo de que la gran mayoría de estadounidenses ya no fume. A los cada vez menos que quedan no les hace falta que les sea recordado por el gobierno de los Estados Unidos de América.

Siempre habrá algunas personas que fumen, exactamente igual que siempre habrá gente que conduzca de forma temeraria o que coma demasiado o que beba en exceso. ¿Se puede exigir que la pegatina del fabricante sobre cada utilitario incluya imágenes de accidentes horribles y motoristas desmembrados? ¿Deben los paquetes de comida de alto contenido calórico mostrar lorzas de fláccida celulitis o pacientes que se someten a bypass? ¿Hay que cubrir las botellas de cerveza y vino de espeluznantes imágenes de hígados destrozados o borrachos intoxicados?

“El progreso natural de las cosas”, dijo Jefferson, “tiende a que la libertad ceda terreno y a que el gobierno gane terreno”. El estado niñera puede facilitar algunas decisiones, pero es incompatible con una sociedad libre. No es tarea de Washington sonarle la nariz porque tenga mocos. Por supuesto que los funcionarios tienen buenas intenciones. Siempre parecen existir buenas razones para darles un poquito más de autoridad, para acceder a poner en sus manos unas cuantas elecciones personales más, para dejar que se nos trate con un poquito más de condescendencia. Pero ello acarrea un precio. Fumar no es saludable, no hay duda al respecto. Las pérdidas de libertad y de la autoestima son con diferencia mucho más peligrosas.

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