"La libertad abstracta al igual que otras simples abstracciones, no puede ser encontrada."
Edmund Burke

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Por qué no aborrecer que se repitan estas fiestas, según Chesterton

Publicado por Carmelo López-Arias Montenegro el 29 de Diciembre de 2010 en Cultura y Libros.
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Hay quien ve la Navidad como un “siempre lo mismo” que conduce al hastío. No estará de más dedicar unos minutos a descubrir por qué, junto a celebrar al Niño (…)

Hay quien ve la Navidad como un “siempre lo mismo” que conduce al hastío. No estará de más dedicar unos minutos a descubrir por qué, junto a celebrar al Niño Dios, son tan recomendables.Son los minutos que lleva leer la meditación que sobre el Año Nuevo escribió G.K. Chesterton (1874-1936) en 1904, justo después de hacerse el saludable propósito como articulista… de no escribir sobre el Año Nuevo. Al escritor inglés no le avergonzaban esas debilidades, tan humanas.

A veces parece como una condena, eso de tener que repetir cada año una rutina en torno a unas fiestas u otras, unos u otros hechos que llegan con su reiterada carga de lugares comunes. Sin embargo, “los años nuevos, como otras cosas por el estilo, son extrordinariamente valiosos” en cuando “divisiones arbitrarias del tiempo”, sin las cuales éste sería como una serpiente infinita: “La verdadera razón por la que nacieron las épocas y las temporadas, las fiestas y los aniversarios es que, si no, esta serpiente arrastraría su cuerpo largo y lento sobre todas nuestras impresiones, y no existiría ninguna oportunidad de comprnder con nitidez el cambio de una impresión a otra”.

O, dicho de otra forma: “Las divisiones del tiempo están ordenadas de manera tal que podamos sufrir un sobreslto o una sorpresa cada vez que se reanuda el asunto… Si un hombre cualquier no tomara resoluciones de Año Nuevo, no tomaría resolución alguna”.

¿Buena la explicación? El artículo completo, bajo el título “El 1 de enero”, se puede encontrar en el volumen Los libros y la locura, y otros ensayos (El Buey Mudo), que recoge treinta y siete de los que publicó Chesterton en el Daily News entre 1901 y 1911, un decenio en el que su mente fue comenzando a hacerse católica antes de convertirse formalmente en 1922.

En ellos desborda su habitual ingenio, pero además aborda con esa perspectiva libre de prejuicios, tan suya, cuestiones de relieve.

Por ejemplo, en su “Defensa de los historiadores parciales” aboga por una enseñanza y una transmisión del pasado que, salvo en cuestiones donde pueda relucir la exactitud matemática, tengan la humildad de reconocer una limitación intrínseca: “No podemos enseñar la historia con justicia… por esta sencilla razón: que, siendo todo ser humano insondable, nadie puede decidir realmnte hasta qué punto estaba en lo cierto o estaba en el error”. Y sin ese juicio, ¿de qué imparcialidad puede presumirse? Y aplica esta idea a un rey con la opinión inglesa tan dividida como Carlos I, y a historiadores de la talla de Thomas Macaulay.

Y, frente a cierto bucolismo defensor de la belleza del campo frente a la supuesta fealdad urbana, Chesterton se nos muestra capaz de descubrir “La poesía de las ciudades”. Si no la vemos, es porque su sobreabundancia nos deslumbra, porque es tan rica en historias y en matices, que preferimos no abordarla: tan llena de las “narraciones humanas maravillosas” de sus habitantes, que no huimos de la ciudad por que no sea poética, sino porque su poesía es “demasiado fiera, demasiado fascinante”.

Valgan como muestra estos tres botones. El resto es de pareja enjundia, desde por qué eran tan míseros como frívolos los pobres de la Inglaterra victoriana, a la singular defensa del hombre común que define la democracia según Chesterton (”un intento desesperado y en parte sin esperanza de llegar a la opinión de la mejor gente… es decir, a la gente que no confía en sí misma”), pasando por sus consideraciones sobre la dureza del sistema penal británico de su tiempo y su condena del “castigo científico moderno, en el que un hombre no puede librarse de su pasado”.

Todo en la lectura de este genio es siempre aprender, es siempre pensar, y es siempre admirarse de cuántos dones derrochó Dios sobre su oronda figura, sabedor de que ninguno lo guardaría para sí.

Publicado en www.elsemanaldigital.com

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