1984
Ya imaginan que para llegar a mi cita de todos los martes con ustedes suelo llevar a cabo varias lecturas en paralelo. Libros cortos y ligeros que me permitan hacer (…)
Ya imaginan que para llegar a mi cita de todos los martes con ustedes suelo llevar a cabo varias lecturas en paralelo. Libros cortos y ligeros que me permitan hacer frente a mi compromiso cada semana, junto con otros más largos y pesados que me permitan ofrecerles lecturas digamos que más de fondo de vez en cuando.Aunque, en ocasiones, los libros cortos tienen mucho fondo y los largos si no lo tienen, ni los cito. Esta semana, tal vez porque ayer fue San Valentín, se me ha cruzado esta triste historia de amor de Winston Smith y Julia en un Londres ambientado en 1984, capital de la primera Franja Aérea de Oceanía, en guerra permanente contra Eurasia o contra Asia Oriental, según dicte el Partido en cada momento. Algunos dirán que esto tampoco es un libro de Economía, pero eso es porque son unos románticos que sólo se fijan en la historia de amor y no en otras cosas interesantes como el trabajo de Winston en el Ministerio de la Verdad que consistía en cambiar las cifras originales haciéndolas coincidir con las posteriores porque el Times contenía una referencia al consumo efectivo y resultaba que los pronósticos se habían equivocado muchísimo (pág. 46). Y es que como bien pensaba este probo funcionario ni siquiera se trataba de una falsificación. Era, sencillamente, la sustitución de un tipo de tonterías por otro. La mayor parte del material que allí manejaban no tenía relación alguna con el mundo real (…) Las estadísticas eran tan fantásticas en su versión original como en la rectificada (pág.48).
Algunos de ustedes se escandalizarán pensando que cómo es posible que un probo funcionario haga esto y otros se tranquilizarán pensando que el Londres de Winston y Julia no ha existido. Sin embargo, no cabe duda de que 1984 es, entre otras cosas, un manual de comunicación de la acción del Gobierno, y de su política económica, para un gobernante en apuros y que Winston hacía esto porque manejaba a la perfección la facultad del doblepensar, es decir de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente. El intelectual del Partido sabe en qué dirección deben ser alterados sus recuerdos; por tanto, sabe que está trucando la realidad; pero al mismo tiempo se satisface a sí mismo por el ejercicio del doblepensar en el sentido de que la realidad no queda violada. Este proceso ha de ser consciente, pues, si no, no se verificaría con la suficiente precisión, pero también tiene que ser inconsciente para que no deje un sentimiento de de falsedad y, por tanto, de culpabilidad. (pág. 208).
Actuaciones como estas las hemos visto en España en funcionarios de más rango que el pobre Winston, al que no podemos calificar ni de jefe de negociado, como un vicepresidente económico en pleno debate electoral que, sin embargo, sale, ahora que está retirado con varias pensiones de las de antes de la reforma, a la calle sin careta. Y es que ya en 1984 en el Ministerio de la Verdad sabían que las masas nunca se levantan por propio impulso y nunca lo harán porque estén oprimidas. Las crisis económicas del pasado fueron absolutamente innecesarias y ahora no se tolera que ocurran (pág. 202) porque mientras más poderoso sea el Partido, menos tolerante será. A una oposición más débil corresponderá un despotismo más implacable (pág. 262). Como pueden ver Londres, como en tantas cosas, sólo está veinticinco años adelantada a Madrid.
Publicado en www.hispanidad.com

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