Ronald Reagan: el número uno
Hace pocos días, la prensa estadounidense daba a conocer los resultados de una encuesta Gallup en la que se preguntaba a los ciudadanos cuál era el mejor presidente de los (…)
Hace pocos días, la prensa estadounidense daba a conocer los resultados de una encuesta Gallup en la que se preguntaba a los ciudadanos cuál era el mejor presidente de los últimos años. El resultado situó a Ronald Reagan a la cabeza de la encuesta. Reagan ha engrandecido su figura con el paso de los años. Es más popular ahora que cuando sirvió a su país como presidente, pero ¿por qué?Cuando uno mira hacia atrás y vuelve a escuchar sus palabras, por ejemplo durante la convención republicana antes de ser elegido, intuye la razón de tal engrandecimiento. Era un mensaje claro en unos momentos turbulentos. Era un mensaje de esfuerzo, de trabajo, de autodisciplina, de búsqueda de nuevas ideas, pero era también un mensaje de esperanza para un país que comenzaba a acomplejarse por ser quien era.
Solo un hombre como él, firme en sus principios, podía ir a la Unión Soviética y hablarles a los jóvenes de la necesidad de convertirse en emprendedores, de asumir riesgos, de no dejarse llevar por el gobierno, de no esperarlo todo a cambio de nada.
Los que vivimos los años ochenta sabemos que Reagan no dejaba indiferente. La progresía le odiaba como la encarnación de todo aquello contra lo que ellos luchaban: la libertad, las ideas, el trabajo, la creación de riqueza, la fe en la construcción de una sociedad fuera de las largas manos del Estado. En España, sumida todavía en el proceso de Transición, su mensaje calaba menos de lo deseable y los españoles votaban mayoritariamente por el socialismo felipista como continuidad del estatalismo de los últimos cuarenta años.
España mejoró con la ayuda europea a pesar de un socialismoque pasó dejando espectaculares cifras de paradosmientras la América de Reagan batía récords de progreso económico y de éxito político exterior con la caída del progresista muro de Berlín.
Ronald Reagan fue, efectivamente, no solo un gran comunicador como le achacan algunos, sino un hombre que nos decía, en primer lugar a sus compatriotas, pero también a todo Occidente, que todavía lo bueno estaba por llegar, que al lugar adonde vamos no necesitamos las cargas del presente. Eran mensajes válidos no solo para salir de la crisis de moral de los años setenta sino para las décadas posteriores, por eso Reagan sigue siendo el presidente más citado en las campañas electorales, porque supo verbalizar la fuerza interior que ha caracterizado siempre no solo a los Estados Unidos, sino a todo Occidente.
El paso de los años también deja ver, por ejemplo, que el déficit del Estado americano creció notablemente bajo su presidencia y que no todas las reformas se pudieron llevar a cabo.Como en toda gestión, hay luces y sombras. Reagan, lector de Friedman y de Gilder, fue duramente criticado por Stockman en aquel famoso libro “El triunfo de la política”. La tiranía del status quo profetizada por Friedman se imponía a los deseos de desestatalizar la vida americana, incluso por encima de alguien tan hábil como Reagan.
No obstante, no deja de tener sus riesgos que Estados Unidos produzca figuras tan señeras que ocupen la Casa Blanca. A pesar de la admiración que produce, a pesar de los resultados, en general magníficos, de su gestión, no se debe olvidar que el papel de los presidentes en una república como la americana, según prevé su Constitución,es que tengan un segundo plano, ya que el primer órgano de gestión política debe ser el Congreso, órgano legislativo a cuyo servicio se encuentra el ejecutivo, y no al revés.
Es preocupante, o debería serlo, que los presidentes americanos asuman un excesivo protagonismo en la vida política. Desde que Wilson afirmó que todos los poderes del Estado deberían depender del ejecutivo, la tendencia es que la figura secundaria del presidente pase cada vez más al primer plano de la actualidad mundial. En esto, la primera democracia del mundo está dando un pobre ejemplo al resto de Occidente, ya que deben ser los cuerpos legisladores los verdaderos protagonistas de la vida pública. En España, por las malas, estamos aprendiendo a gran velocidad lo que significa esa teoría tan de izquierdas que considera que el Estado es una unidad de poderes.
Los republicanos, históricamente críticos con el excesivo papel de la presidencia, se han ido dejando llevar por el atractivo del carisma y abandonando aquella “normalcy” (normalidad) de la que presumían los presidentes republicanos hace poco más de ochenta añoshan ido convirtiendo poco a poco sus campañas electorales en búsquedas irrefrenables del candidato hipercarismático.
La Administración Reagan no ha ayudado mucho a los republicanos a deshacerse de la tentación de la mitificación del presidente, pero es algo que deberían plantearse si quieren que subsista una república con un equilibrio de poderes como el que busca su Constitución. Reagan fue la excepción, irrepetible, que confirma la regla.
En Europa, sobre todo en las monarquías parlamentarias, tenemos más propensión a que las figuras de los primeros ministros tiendan a pasar desapercibidas. Los presidentes de gobierno no organizan grandes tomas de posesión como la última y vergonzosa pseudo-coronación de Obama. Los primeros ministros están para servir a un Parlamento, o por lo menos eso se supone, y deben ayudar a ejecutar las leyes que de él emanan. Curiosamente, las monarquías europeas están ahora más cerca del ideal republicano que los circos mediáticos con los que se rodea al presidente americano. Cuando en una monarquía parlamentaria o en una república no presidencialista toda la actualidad política gira en torno al primer ministro es que el sistema de equilibrios se ha marchitado. Lo mismo podemos decir de la realidad americana.
A pesar de todas estas consideraciones y advertencias, lo cierto es que Ronald Reagan fue el presidente que nos dijo a los jóvenes de esa época que nuestro esfuerzo valía la pena, que el Estado es nuestro servidor para casos de emergencia y que no hay que contar con él para muchas cosas porque ponemos en peligro nuestra libertad y la de los demás, una libertad que es un bien precioso del que muy pocas naciones disfrutan, y que el progreso futuro depende del esfuerzo invertido en nuestro presente. Por todo esto la sombra de Ronald Reagan tardará en difuminarse, pero más importante aún debería ser no solo el reconocimiento de lo que aportó en su momento sino la vigencia de sus palabras y de su actitud política ante la realidad de hoy, una actitud de coherencia con unos principios que incluso después de tantos años todavía nos hacen soñar en un Occidente más libre y más seguro de sí mismo.

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