El Mediterráneo en llamas
Europa vive un olvido que le lleva a vivir de espaldas a lo que es su auténtica esencia y a lo aportado al gran retablo de las culturas; a desconocer (…)
Europa vive un olvido que le lleva a vivir de espaldas a lo que es su auténtica esencia y a lo aportado al gran retablo de las culturas; a desconocer lo que de mayor valor ha gestado. Y así las cosas, ¿cómo amar y defender lo uno y lo otro? Y lo que es aún peor, ¿cómo transmitirlo, como compartirlo con “los otros”?Diríase que el Mediterráneo sigue siendo fiel a su esencia, la fragua en la que se forjan los hechos que marcan el devenir de la historia, del hombre. El crisol en el que se fundieron los brillos de Grecia y de Roma y del que surgió el cristianismo, entre otras enormes aportaciones a la historia.
Lo que en tiempos fue un “enjambre de abejas” en vuelo común (J Ortega y Gasset. Prólogo para Franceses. La rebelión de las masas.) quedó, cual fracción, partido en 2 tras la caída de Roma, primero y de Lepanto, más tarde.
En él ha surgido el modo de vida occidental, lo que somos y lo que ansiamos ser: ciudadanos inmersos en ámbitos de convivencia civilizada, la mejor de entre las conseguidas, según afirmación del propio Ortega: “El liberalismo -conviene hoy recordar esto- es la suprema generosidad: es el derecho que la mayoría otorga a la minoría y es, por lo tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo: más aún, con el enemigo débil”
Pero como tantas y tantas veces en su pasado, el Mediterráneo vuelve a estar en llamas.
Y son tantos los aspectos que se destacan de cuanto acontece que resulta imposible de todo punto abarcarlos, tenerlos en cuenta. Si les añadimos algunas sutiles percepciones de clásicos del pensamiento como Tocqueville, el resultado no es sino un muy complejo rompecabezas del que trato de destacar alguna de sus piezas.
A mediados del XIX Alexis de Tocqueville destacó que el sentimiento de igualdad, genera o promueve apetencias de bienestar. Cabe decir, dándole la vuelta al enunciado, que las apetencias de bienestar dónde mejor pueden colmarse no es sino en una ambiente regido por sentimientos de igualdad, eufemismo de democracia en el sentido orteguiano señalado.
Tan indiscutibles asertos obligan a considerar el peso que las enormes desigualdades de renta y riqueza que manifiestan las sociedades musulmanas en general, y las más agitadas en particular, tienen en las revueltas sociales que presenciamos.
En el caso del Mediterráneo, siendo la orilla norte por razones geográficas, económicas, históricas, culturales y por los flujos de personas y de información cotidianos existentes, el espejo inmediato en el que se mira la orilla sur, ¿cómo evitar, en la época en la que los avances tecnológicos han revolucionado las posibilidades de acceso a la información, la influencia de todo lo occidental en unas capas de población para las que las pautas de sus vecinos del norte son una quimera absoluta?
Es por lo que afirmo que las primeras hogueras prendieron el pasado otoño en El Aaiun, en el seno de una población, la saharaui, en la que la discordancia entre expectativas -antiguos “ciudadanos” españoles- y sus realidades bajo el yugo marroquí, resultan simplemente insoportables por abismales.
Merece reflexión el sostener que lo que acontece en la orilla sur mediterránea obedece únicamente a una irreprimible ansía de libertad, que “Las revueltas populares han surgido, como en las épocas más importantes de las revoluciones liberales de Occidente, del cansancio popular y, sobre todo, del afán de emancipación política de los sectores más desarrollados política y moralmente de la sociedad” o, finalmente, que “La búsqueda de la libertad y la crítica al despotismo político [son] experiencias básicas del ser humano” (A Maestre-Visiones exóticas…) pues en mi opinión supone destacar una parte, ciertamente de enorme importancia, del asunto.
Y como precisamente esa participación en los asuntos comunes se ha conseguido en la vieja Europa tras hechos a los que el Islam es por completo ajeno ahí queda un importante trecho del camino pendiente de recorrer para esas sociedades. Porque sin la reforma, las revoluciones científico-técnicas o la revolución francesa, entre otros elementos destacables, no se habría conseguido el logro irreversible e irrenunciable de la libertad de pensamiento, fuente de todas las libertades.
También merece reflexión la consideración de que “Todo el proceso [al que asistimos] que se vive en los países árabes de la región es de unificación islámica” (Vázquez Rial-Exportar-la-democracia).
Y de nuevo acudo a Tocqueville pues que sostuvo por la misma época que el cristianismo es, por su propia naturaleza e historia, la religión de los tiempos democráticos, es decir épocas propias de realidades basadas en repartos de renta y riqueza aceptables desde el punto de vista de la equidad, de su equilibrio, a los que se refiere el gran pensador francés y que son una auténtica quimera para enormes capas de las poblaciones de los países árabes.
Y siendo característica del mundo islámico la enorme heterogeneidad de sus sociedades, interpretar que lo que acontece es mera manifestación de hecho religioso necesita el complemento de la contraposición entre realidades y expectativas, tan enormemente alejadas en todos los ámbitos que consideremos, si queremos ajustar las piezas en su lugar.
Lo cierto es que por los propios rasgos de su religión, el Islam carece de la institución “unificadora”, de la institución organizada y jerarquizada que representan las diferentes Iglesias para los cristianos, y este hecho no debe obviarse en nuestro esquema interpretativo-predictivo. ¿Cómo armonizar, si no, enorme heterogeneidad y unificación islámica?
Pero el hecho es que de los fuegos Mediterráneos hemos pasado a la guerra, guerra de Libia que preludia, a decir de Gabriel Albiac (Jaque en el Golfo ), otra de mayor calado. Al certificar el hecho de que la ilustración no nos ha puesto a salvo “del recurso irracional a la violencia”, me hace volver de nuevo la vista al Ortega que sostiene que tal recurso es fruto del hombre, de la civilización, el único que le permite dirimir, en último término y a falta de un derecho de las naciones, los conflictos entre estas.
Y si bien es cierto que tal enunciado se formuló en un marco histórico bien definido, quedan ocultos a la mayor parte de nosotros los ingredientes de esa guerra inminente, ya sea por el escenario ya sea por los antecedentes de los que surge. ¿Sigue siendo vigente tal pensamiento o está en contraposición con el determinismo subsiguiente “al frío análisis de las determinaciones geográficas, políticas, religiosas”… “Irán y Arabia Saudí han movido sus primeros peones. La partida ha comenzado”? (Gabriel Albiac-ídem)
Y donde no hay ni un atisbo ni de duda ni de discrepancia es en la afirmación de que “Europa está vieja y decrepita. No se entera de lo que está pasando en los países islámicos, o peor, no quiere enterarse,…” (A Maestre-Vuelta-a-la-política)
Europa, Occidente, embriagados de bienestar, se han olvidado “de lo de Dios” que no es sino los anhelos y esperanzas comunes a todos los hombres por el hecho de serlo, es decir su componente social, la que posibilita y permite comprender el inexorable progreso de la especie. Como entre progreso científico-material y progreso moral el desajuste es cada vez mayor, el enorme desconocimiento que tenemos de nosotros mismos -que en nuestra vida cotidiana relegamos las facetas sociales por nuestro empeño en los asuntos individuales las más de las veces- no sume en una profunda zozobra.
Europa vive un olvido que le lleva a vivir de espaldas a lo que es su auténtica esencia y a lo aportado al gran retablo de las culturas; a desconocer lo que de mayor valor ha gestado. Y así las cosas, ¿cómo amar y defender lo uno y lo otro? Y lo que es aún peor, ¿cómo transmitirlo, como compartirlo con “los otros”?
Y aunque el viejo Mediterráneo habrá perdido su relevancia económica en el juego de los intercambios globales, al igual que perdura “el espíritu” de Grecia y de Roma, queda como huella indeleble en la historia del hombre lo que la evolución de ese espíritu ha aportado, que no es sino el mejor modelo de convivencia humana logrado hasta el momento, algo que no tiene vuelta atrás nuestro devenir pese al sinuoso discurrir de la historia.
No obstante Vázquez Rial sostiene que “Falta mucho para que eso [el mundo árabe] cambie un poco, si es que no cambiamos nosotros antes. Involucionamos. Más.” (Vázquez Rial-La-primavera-árabe) .
Y más aún, “…que la aspiración de esos pueblos es, en última instancia, la democracia y la libertad, cosa falsa de toda falsedad, como se verá cuando los Hermanos Musulmanes gobiernen en Egipto” (Vázquez-Rial-Pueblos-musulmanes-deconstruidos)
Contraponiendo perspectivas y volviendo la mirada a la historia, esta nos señala notorias involuciones como la que supuso el medievo europeo respecto de Roma, sin olvidar los más que inmediatos -en términos de historia- espantos alumbrados por el SXX europeo.
La propia caída de Roma debió vivirse como “involución” ¿cuál sería el sentir suscitado por la presencia de los “comedores de higos”? (José Jiménez Lozano. Abc/2004/04/04/la tercera)
Pero como no soy historiador me permito entender [la Física de] la Historia a mi libre albedrío -como una rama del saber interpretativa y, a grandes rasgos, predictiva- tratando de coincidir con el enfoque de Gabriel Albiac en el texto comentado.
Y podemos aceptarla como predictiva en la medida en la que señala una tendencia inexorable en el devenir del hombre aunque localmente muestre anomalías en el espacio y en el tiempo.
La búsqueda de mayores cotas de bienestar material para quienes se les niega tal posibilidad así como la inevitable búsqueda de la libertad y la crítica al despotismo político, que operan como anverso y reverso de una misma dualidad, resultan ser móviles más que verosímiles, coherentes, con la marcha de los acontecimientos, móviles que guían muchas las experiencias básicas del ser humano con las que se construye la historia.
Queda por ver como encajan -finalmente- las piezas en este asunto del que hablamos, a sabiendas de que los “tempos” seguramente no nos permitan una visión definitiva de un futuro ya trazado.

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