Siete claves y diez consejos para que un chico crezca sano y feliz
Meg Meeker viene avalada para su nueva obra por el éxito de ventas, en Estados Unidos y en España, de la anterior, Padres fuertes, hijas felices (Ciudadela), donde abordaba la relación (…)
Meg Meeker viene avalada para su nueva obra por el éxito de ventas, en Estados Unidos y en España, de la anterior, Padres fuertes, hijas felices (Ciudadela), donde abordaba la relación bilateral entre el padre (varón) y la hija, partiendo de la base, políticamente incorrecta pero evidente para cualquiera que esté en el caso, de que no se educa igual a un niño que a una niña, y de que no lo hace igual su padre que su madre.
Ahora, en 100% chicos, aborda el caso contrario: la educación de los niños (varones). Sin embargo, no se dirige ahora a las madres, sino a los dos progenitores en su conjunto para que juntos les enseñen a ser “sinceros, valientes, sencillos, dóciles (entendiendo por docilidad la capacidad de saber utilizar la fuerza) y amables”. Un programa en el que, como en el caso anterior, “lo que es políticamente correcto y lo que en realidad es verdadero y auténtico se encuentran, con frecuencia, en los dos extremos del espectro”.
Dos ideas recurrentes: tiempo y responsabilidad
Hubo un tiempo en que quizá estas ideas no había que aprenderlas en un libro de manos de una persona, como Meeker, con veinte años de experiencia clínica.
Pero la realidad es la que es: no sólo el tiempo que los padres pueden pasar con los hijos se ha reducido notablemente respecto a generaciones anteriores, sino que casi todos los factores de influencia que antes, mejor que peor, colaboraban con la familia en la educación del niño y del adolescente, ahora actúan en su contra. O son, al menos, escenario de una batalla de tendencias que tienden a confundir, más que a afianzar, las perspectivas vitales de los hijos.
De hecho, si buscamos un género común a los siete “secretos” y diez consejos que establece Meg como definitivos para el objetivo, nos encontramos con dos leit motiv.
Uno, que el chico necesita a padre y madre (a la especificidad de cada uno dedica sendos capítulos), y los necesita cerca y dispuestos a prestarle atención… incluso cuando esa atención consista, como en la adolescencia, en hacerle ver que no es el centro del mundo.
Dos, y dicho muy crudamente: “No permita que su hijo sea un vertedero”. Es decir, sobrepóngase a la corriente y tapone todas las vías de entrada que intentan llenar su vida de basura vaciándola de virtudes y de sentido de la responsabilidad.
La autora pasa revista a todas ellas (empezando por el acceso libre a la televisión e internet) enseñando cómo afrontar estos temas de forma que los chicos, que intuitivamente distinguen lo que está bien de lo que está mal, vean también plasmada esa distinción en sus hábitos corrientes.
Encauzar la impulsividad
Aquí es donde la distinción hijo/hija se hace más patente y exige un tratamiendo diferente. Los chicos tienen una impulsividad que deben canalizar mediante el autocontrol y el ejemplo, pero que tampoco puede matarse de raíz.
La corrección política que tanto fustiga Meeker induce a ello: intentamos matar sus necesidades naturales y sanas de desfogarse con actividades de riesgo controlado de-las-de-toda-la-vida (esas que a veces exigen una tarde de campo o cuestan una rodilla pelada y unos moratones), y al mismo tiempo les avasallamos y abotargamos con toneladas de pornografía que son incapaces de procesar.
La autora, médico además de madre, cuenta con detalle el efecto, bien estudiado, que tiene esta inversión sobre la psicología infantil y adolescente.
La virtud y el ejemplo
De ahí que parte de sus consejos sean lo que hoy se denominaría “moralistas”, porque se trata de enseñar a los hijos a crecer en la virtud y -lo que es más duro para el adulto- a transmitírselo mediante el ejemplo, algo exigente y a veces tedioso, que consiste en que vean en nuestra vida lo que les pedimos para la suya.
Pero, como insiste una y otra vez: se trata de nuestros hijos (y es lo que más queremos), es nuestra responsabilidad (y nadie les educará si no lo hacemos nosotros)… y el tren sólo pasa una vez.
Si permitimos que los chicos se suban en el vagón equivocado, bajarse en marcha ya es muy difícil. Así que hay que estar con ellos en la estación, y con un buen plano en las manos: eso es lo que es 100% chicos, complemento perfecto de la obra anterior de Meeker para rematar una oferta pedagógica útil, entretenida y valiente.
Publicado en www.elsemanaldigital.com

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