Reflexiones tras la JMJ
“… en esta España de tristísimo presente e impredecible futuro, en la que los parámetros rectores de lo que es ciudadanía y convivencia civilizada están bajo mínimos, la JMJ ha (…)
“… en esta España de tristísimo presente e impredecible futuro, en la que los parámetros rectores de lo que es ciudadanía y convivencia civilizada están bajo mínimos, la JMJ ha supuesto una bocanada de aire limpio con el que algunos hemos recobrado un poco de aliento.”Sepa quien lea estas líneas que surgen de un observador muy corriente, un pretendido aspirante a “pensador” que atesora tanto desconocimiento como osadía para mostrarlo, más capaz de preguntarse que de ofrecer respuestas. Sepa también que, a buen seguro, lo que lea estará ya dicho con mayor sabiduría y acierto por voces de mayor autoridad. Sin embargo, escribir, que no es sino una forma de hablar a un auditorio velado sin esperar inmediata respuesta, quizás una forma de compartir desvelos, es mi modesta contribución al discurrir de lo cotidiano.
“¿No cree en Dios? Por supuesto. ¿Es usted un poco nihilista? Pues sí. En parte sí, aunque siempre he admirado a los místicos y creo que la religión es necesaria. Siempre me he sentido mejor al lado de una persona religiosa que de una que no lo sea. Suelen tener generalmente más sensibilidad.” (Y otro sosiego vital, otra serenidad, añado.) [La memoria de un liberal. Conversaciones con José “Pepín” Bello. Anagrama. Barcelona, 2007. Reseña en “Leer por Libre”. Agapito Maestre. Oberon. Madrid 2009]
“Tocqueville era esencialmente un agnóstico -en el genuino sentido de la palabra -, espiritualista a la vez… Un Pascaliano sin fe, sin noche de Mémorial, que conoce el precio de la duda y sabe, por haberlo vivido, que es uno de los mayores males que corroen al individuo y dañan la sociedad… «La religión que profeso» decía, hablando del catolicismo… En «La Democracia en América» considera que la sociedad americana… lleva a cabo una especie de recurso implícito y pragmático a una forma de apuesta pascaliana: Quien apuesta por la existencia de Dios no pierde absolutamente nada, aunque Dios no exista, porque eligió un modelo de vida más equilibrado, más justo, más estable y más moral. “ [Notes sur le coran et autres textes sur les religions. Présentation et Notes de Jean-Louis Benoît. Les Éditions Bayard. Paris. 2007]
Estas citas, que se entrelazan con una parte de mis sentimientos, me sirven de introducción a unas breves reflexiones sobre la reciente JMJ, días memorables trascurridos bajo el tórrido sol mesetario del agosto madrileño. Reflexiones que no van a lo más profundo de su significado: quienes hayan vivido en su verdadera dimensión extraerán de la JMJ el más acorde a su circunstancia. Son reflexiones “en ciudadano”, que sitúo en su “periferia” como uno de los fondos posibles del trasunto, para aquí y ahora, al modo de la enorme “ola blanca” que resguardaba el escenario de Cuatro Vientos (que bellísima imagen la de una ola blanca, ola limpia, ola gigante, ola imparable…en fin, ola de esperanza)
Reflexiones que se pretenden sencillas y honestas, “verdaderas” de lo que es mi sentir y de aquello que trato de sugerir y decir.
Ciertos hechos, ciertas cuestiones y acontecimientos, infunden un enorme respeto intelectual. Surge sin más que asomarse a ellos. Hechos incontrovertibles que requieren de nosotros reflexión serena, mirada limpia, amplitud de miras; que nos acercan nuestro “ser” en plenitud para conformarlo.
Como la JMJ. Porque en esta España de tristísimo presente e impredecible futuro, en la que los parámetros rectores de lo que es ciudadanía y convivencia civilizada están bajo mínimos, la JMJ ha supuesto una bocanada de aire limpio con el que algunos hemos recobrado un poco de aliento.
Como que el hombre es esencialmente religioso, es decir que en él se manifiesta el hecho religioso por ser hombre, por sus propios límites. Por eso la historia acredita que el hecho religioso es universal.
Como que hace unos 2000 años un personaje llamado Cristo-Jesús, que surgió en una provincia del imperio romano, habló a sus coetáneos. No lo hizo para ese hombre, época y lugar, lo hizo para cualquier hombre, para todos los hombres de cualquier época y lugar. Su vida y su decir universal transformó radical/profunda/esencialmente el devenir de la humanidad.
Como que es en el ámbito de la Europa mediterránea, de la Europa cristiana, -crisol en el que se ha fundido la herencia de Grecia, Roma y la Cruz-, donde ha fraguado el modelo de convivencia civilizada del que disfruta, y del que se enorgullece como sublime muestra de civilización, una pequeña parte de humanidad. (Y el hecho innegable es qué bajo la guía de las otras grandes religiones, sus sociedades ofrecen modelos de convivencia, esquemas sociales, que se nos antojan como primitivos y que están muy superados en nuestro ámbito sociocultural).
Como que la fe presupone la razón puesto que aquella no es posible sin esta. Fe, acto de razón que, trascendiéndola, se perfecciona en quienes disfrutan de ese “don”.
Como que quizás más de un millón y medio de jóvenes, que han encontrado en el cristianismo y su fe muchas de las referencias vitales que les guían, han acudido para encontrarse y celebrar una fiesta ejemplar. Ejemplaridad vivida en su paciente soportar las innegables incomodidades de la circunstancia. En la reconfortante normalidad de sus atuendos. En la rebosante serenidad y sosiego de su paso y en la desbordante alegría compartida. En la expresión genuina de democrática libertad ciudadana, derivada de “su” verdad, con la que se han desenvuelto en el espacio de convivencia por antonomasia: la calle.
Con mucha frecuencia, al pensar lo que me rodea, me pregunto dónde hallar esas minorías que, exigiéndose más a sí mismos que a los demás, permiten que la sociedad dé pasos de progreso pese a lo sinuoso del discurrir de la historia. Y me digo que es innegable que la juventud que se nos ha acercado, que de la reflexión, de la razón, ha hecho surgir su fe, es genuinamente capaz de acoger en su seno esa fracción de minorías selectas: es lo coherente con lo observado y con la historia. Que en ellos se encarnan las características de esas “minorías creativas” determinantes para el futuro de la humanidad: convicciones nítidas y firmes, esfuerzo y dedicación, generosidad y abnegación …
Constatar la fractura que existe entre estos jóvenes y otros que llenan nuestros paisajes urbanos es una obviedad. Y aunque fuera del propósito que me anima, resulta inevitable pensar en “los otros”, en sus modos de vivir esa época clave en su conformación personal y, por extensión, de la sociedad. Esa juventud, siempre demasiado numerosa por desgracia en esta España de tristísimo presente e impredecible futuro, que hunde sus raíces en la falta de referencias, quizás en la irresponsabilidad de sus años de instituto y botellón, quizás en lo exiguos de sus posibilidades… (pese a todo entiendo que quien renuncia a formarse disponiendo de los medios indispensables para ello, lo hace a forjarse como ciudadano, a tener opinión propia fundamentada, a hacerse preguntas de difícil contestación, a poder ser un poquito libre de espíritu y a tener un bagaje que le permita acceder a una vida autónoma. Y hay una componente nada desdeñable, más bien primordial, de responsabilidad individual -personal- en ello.)
Fractura que se me antoja similar -salvando las escalas- a la que refleja la reseña que, de sendas opiniones de dos columnistas sauditas -Khalaf Al-Harbi, del diario saudita ‘Okaz, y Fawaz Al-’Ilmi, del diario saudita Al-Watan, se puede leer en http://www2.memri.org/bin/espanol/ultimasnoticias.cgi?ID=SD403611 . (Uno opinó que el secreto del éxito de Israel estaba en su régimen democrático y el respeto a los derechos humanos de sus ciudadanos, el otro que la prosperidad de Israel se debe a su inversión en la educación y la ciencia. Todo ello en contraposición con la realidad de sus vecinos árabes: seguramente es la síntesis de todo ello lo que explica la profunda fractura entre ambos modelo sociales.)
Siquiera sea por lo que ha supuesto de bocanada de aire limpio y de estímulo a la reflexión serena, tan necesarios para no sentirse asfixiado en esta España de tristísimo presente e impredecible futuro, en la que los parámetros rectores de lo que es ciudadanía y convivencia civilizada se marchitan atropelladamente, por lo que hemos de sentir una enorme alegría por esta JMJ con la que nos acaba de obsequiar una parte inmejorable de la juventud. Gracias.

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