Reinventar la enseñanza oficial de idiomas
Hace pocas semanas busqué en internet la página web de la Escuela Oficial de Idiomas de mi municipio, en las afueras de Madrid, con la idea de matricularme en un (…)
Hace pocas semanas busqué en internet la página web de la Escuela Oficial de Idiomas de mi municipio, en las afueras de Madrid, con la idea de matricularme en un idioma cuyo aprendizaje quería retomar. Como no era ni inglés, ni alemán, ni francés, me vi un tanto frustrado. No lo impartían. Con poca motivación busqué en otras Escuelas Oficiales de Madrid, pero no, no tenían el idioma que yo buscaba en ninguna de ellas, pero sí otro en el que también, como segunda opción, me interesaba introducirme. Algo más animado, abrí la pestaña que describía las condiciones de matrícula de esa Escuela que, por cierto, estaba en el centro de la ciudad, muy lejos de mi casa y de mi trabajo. Un aviso de fondo amarillo brillante me apareció en el medio de la pantalla y me advirtió que estaba fuera de plazo de matrícula. Lástima. Aunque viviera en el edificio de enfrente y enseñaran mi idioma favorito no me hubiera podido matricular porque ya llevaba cinco meses de retraso con respecto al plazo de preinscripción, aunque falten varias semanas para el comienzo de las clases.Ahora sí que me quedé totalmente desanimado. En la universidad me dedico profesionalmente a la enseñanza de la lengua inglesa, así que, llevado por la curiosidad, decidí volver a entrar en la página web de la EOI de mi municipio para ver su oferta de inglés. En primavera, se me informaba, tenía que hacer una preinscripción, no en un plazo amplio, sino en una semana concreta, después tendría que esperar para entrar en el procedimiento administrativo, con listas de admitidos provisionales en espera de las listas definitivas. Además, se me comunicaría si tenía plaza en el centro de mi elección, porque si no, tendría que ir a otro, que seguramente no me vendría tan bien como ese y exigiría un desplazamiento más costoso. Si fuese alumno “libre” solo me darían una convocatoria al año para examinarme, en septiembre, en unos días concretos.
Entonces se me ocurrió preguntarme qué pasaría si quisiera aprender inglés o alemán con un titulación extranjera, digamos por ejemplo, el First Certificate de Cambridge o el Goethe-Zertifikat B2 (Goethe Institut), que comparten el mismo nivel de reconocimiento que la titulación avanzada de la Escuela de Idiomas dentro del Marco Común Europeo de Referencia para las lenguas.
La situación, en ese caso, sería muy distinta. Hay academias por doquier, con varias convocatorias de examen al año y simulacros preparatorios. En su caso, el Goethe organiza cursos de varias semanas, ocho o doce, a diferentes niveles, que cubren la demanda de alemán durante todo el año. En cuanto a Cambridge, casi no queda academia de idiomas que no prepare para sus exámenes de validez oficial, incluso complementada con estancias en el extranjero para aquellos que puedan pagarlas. La matrícula, por supuesto, no requiere más que una gestión formalizada a escasas semanas, a veces incluso días, antes del comienzo de los cursos. En pocas palabras, la gestión de la demanda en estas instituciones se puede resumir en: eficacia, adaptabilidad, flexibilidad.
Un profesional o un trabajador en paro que decida prepararse para buscar un nuevo empleo matriculándose en un idioma de los que ofrece la Escuela Oficial debería saber que tiene que tomar esa decisión más o menos en marzo y estar pendiente de los breves plazos de inscripción para que, seis meses después, se pueda incorporar a unas clases, sabiendo que su primer examen oficial será tras quince meses de haberse decidio a estudiar y, si es alumno libre, nada más y nada menos que diecinueve meses después.
Durante todo ese tiempo de preinscripciones y esperas administrativas, si esa misma persona se dirige al Goethe Institut, puede hacer un curso intensivo en primavera y otro en verano que seguramente ya le capacitarían para matricularse en un nivel superior al que inicialmente había solicitado en la EOI, y todo antes de que la Escuela iniciara sus clases. Esta pérdida de eficacia en la administración de recursos es un lujo que un país dinámico no se puede permitir.
Esta crisis, que es mayormente del inmenso sector público, está poniendo de manifiesto que el Estado se gestiona mal y con criterios que poco tienen que ver con la eficacia que demanda el mercado. Un alumno mío me decía que intentaría matricularse en el British Council y, si no le cogían, iría a la Escuela Oficial hasta el próximo curso, como mal menor, sin ánimo de perseverar. No le aceptaron en el British Council por falta de plazas, pero mientras tanto perdió también el plazo de la preinscripción en la EOI. Una academia privada, sin embargo, que le matricularía en la convocatoria oficial de diciembre para el First Certificate le recibió con los brazos abiertos. Cabe preguntarse aquí si la administración autonómica está en disposición de calcular los costes de oportunidad que las peculiaridades de la EOI reportan a sus resultados.
Anécdotas como estas suceden todos los días porque las instituciones extranjeras se mueven en un nivel en el que el sector público español no quiere entrar, o sea, en el de la competencia sostenida y complementada con el sector privado. Lo que me pasó a mí, es decir, el desánimo al comprobar que dirigirme a la Escuela de Idiomas era como dirigirme a las altas instancias del Estado, supongo que le habrá pasado a mucha gente, a todos aquellos que no obstante se adaptarán fácilmente a la agilidad, flexibilidad y facilidades que, por ejemplo, el Goethe tiene previstas para sus potenciales alumnos.
Como tantas otras instituciones del Estado, la Escuela Oficial de Idiomas, ahora bajo competencia autonómica, debería primeramente plantearse su propia existencia. Es lógico preguntarse qué valor añadido aporta la EOI al mercado de la enseñanza de idiomas. El sector público que no es competitivo está también condenado a desaparecer. Pensando con mentalidad subsidiaria, no es una institución necesaria para cubrir la demanda de algunos idiomas como inglés, alemán o francés, ya que, por lo menos en mi comunidad autónoma, Madrid, la oferta para titulaciones oficiales de esos idiomas está cubierta de sobra por las instituciones propias de los países correspondientes, British Council, Goethe o Alianza Francesa, a la que se suma la oferta de los institutos de idiomas de las universidades públicas. Por tanto, no parece muy justificable la necesidad de un ente público.
Si, por el contrario, suponemos que la EOI debe existir para ayudar a cubrir la demanda de idiomas incluso en el último rincón de la comunidad autónoma, entonces debería aprender a agilizar sus trámites y ampliar el alcance de la oferta que posee. Realmente, debo decir en su descargo, que actualmente en pocos sitios se puede aprender irlandés, danés, sueco o griego moderno, con ciertas garantías y sin ser a nivel filológico, si no es en la Escuela Oficial. Pero para ampliar la oferta debe aprender a convivir con la iniciativa privada flexibilizándose en plazos, horarios y convocatorias, descargando en el sector privado, mediante acuerdos solventes, la enseñanza y la tramitación de matrículas, aceptando profesorado colaborador tanto nativo de la lengua como español bilingüe.
Un verdadero Instituto de idiomas no puede seguir un modelo anacrónico que no da respuesta a las demandas de un mercado flexible que exige facilidades de movilidad y resultados a corto plazo. La EOI debe estar capacitada para que los alumnos concluyan sus estudios en los niveles más avanzados, sin limitarse por decreto al nivel B2 del MCER, llegando a acuerdos, si es necesario, con instituciones foráneas para que haya examinadores nativos en los niveles superiores de la lengua, requisito imprescindible para garantizar los niveles máximos de C1 y C2, evitando así la arbitrariedad en la evaluación que desafortunadamente se ha dado en algunas Escuelas. Desgraciadamente para los buenos y muy competentes docentes que trabajan en la Escuela, el poco prestigio del que goza la EOI entre el alumnado viene precisamente de que no se alcanzan siempre los mayores niveles de dominio de las lenguas con un profesorado adecuado.
Resulta incomprensible que, en un momento en que el tirón de los idiomas es tan potente, sobre todo en inglés y alemán, no esté prevista una mayor presencia de la EOI, cuyo protagonismo pasa prácticamente desapercibido para la inmensa mayoría de estudiantes que desean aprender un idioma. El alejamiento de la realidad laboral y académica en favor de un peso enorme de la burocracia hacen de la Escuela un instrumento inadecuado para dar respuesta a la urgencia que los trabajadores demandan para sus servicios públicos.
Madrid es una comunidad autónoma cosmopolita y dinámica que mantiene rémoras para su crecimiento educativo muy a su pesar. Tal vez esta reflexión sea trasladable al resto de España donde la apertura al exterior es vital para su desarrollo. Por eso, sería deseable contar con un instituto de lenguas extranjeras prestigioso, no porque asumiera competencias que otros han asumido con éxito, sino porque ofreciese un producto distinto y de alta calidad con verdadera vocación de servicio público.
(A la entrega de este artículo veo que mi Ayuntamiento propone la siguiente encuesta en su página web: “¿Qué valoración te merece la Escuela Oficial de Idiomas que cuenta ya con más de 1.000 alumnos?”. Por ahora, el 61% de los encuestados - de un total de 544 - se inclina por esta respuesta: “Me gustaría que ofreciera más idiomas y que ampliara sus horarios, aunque valoro positivamente el servicio”. Sin comentarios.)

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