"El poder del hombre para hacer de sí mismo lo que le plazca significa el poder de algunos hombres para hacer de otros lo que les place."
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Franco y la Iglesia: razones definitivas de su alianza y su divorcio

Publicado por Carmelo López-Arias Montenegro el 16 de Septiembre de 2011 en Cultura y Libros.
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 A pesar de la campaña lanzada contra Luis Suárez por la entrada correspondiente a Francisco Franco en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, es indiscutible que (…)

 A pesar de la campaña lanzada contra Luis Suárez por la entrada correspondiente a Francisco Franco en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, es indiscutible que no hay mayor especialista que él en la historia del Régimen.

En Franco y la Iglesia (Homo Legens), Suárez aborda las relaciones de El Pardo con la Santa Sede, por un lado, y por otro con la Iglesia española.

Dos periodos y un viraje

Sobre el régimen de Franco hay dos ideas más o menos asumidas: que hubo un periodo “nacionalcatólico”, en el que el interés mutuo de la Iglesia y del Estado del 18 de julio (unido, obvio es, a la práctica unanimidad religiosa del pueblo español) fomentó una colaboración estrecha; y que, a partir de un momento dado, se produce un distanciamiento que convirtió a la Iglesia en la principal preocupación opositora del Régimen.

¿Por qué semejante viraje?

El nombramiento de obispos

Para entenderlo, quizá la parte más importante es la primera, que transcurre desde los primeros momentos tras el Alzamiento hasta la firma del Concordato de 1953, que Pío XII consideró modélico para las relaciones Iglesia-Estado en el mundo moderno.

Son diecisiete años que definen posturas. La Iglesia tardó más de lo que se cree en aceptar plenamente el nuevo orden de cosas. Es evidente que sólo podía desear el triunfo del bando que no la estaba exterminando. Pero el final de la Segunda República dejaba abiertos muchos frentes diplomáticos y jurídicos de solución compleja.
 
A la cabeza, el nombramiento de obispos. La hostilidad constitucional de 1931 había tenido la ventaja paradójica de liberar a la Iglesia de un derecho de presentación que era tradicional, pero incómodo. Franco estaba dispuesto a cederlo, pero los continuos enredos de prelados nacionalistas vascos y catalanes en el Vaticano le obligaban a no cederlo gratis.

Amigos para siempre

Esta negociación es apasionante y Suárez nos explica cómo influían en ella numerosos aspectos de la colaboración con la Santa Sede. Pío XII comprendió pronto que Franco actuaba de buena fe y se creó entre ambos una entente poderosa capaz de superar las dificultades que presentaban sus respectivos entornos.

España llegó a calcar en algunos asuntos, como el de Tierra Santa, su política exterior de la del Vaticano. La negativa a reconocer el Estado de Israel, por ejemplo, tiene ese origen, pues la Santa Sede tampoco quiso hacerlo hasta resolver el status de Jerusalén.

Libertad religiosa

Una vez firmado el Concordato, se entró en un periodo de paz diplomática, sólo alterada por las continuas presiones que, como explica Suárez, recibía Madrid de Washington para transformar en libertad religiosa la tolerancia que de facto ya se aplicaba. Franco estaba dispuesto y la Santa Sede lo habría comprendido, pero los obispos españoles no quisieron sacrificar la unidad religiosa de una nación de característica identidad católica.

Es curioso que, años después, tras el Concilio Vaticano II (1962-1965), fuera la misma Iglesia la que urgiese una adaptación de la legislación española a su novedosa declaración Dignitatis Humanae. Como había hecho a finales de los cuarenta y mediados de los cincuenta, Franco acató la voluntad de Roma… y empezaron a suceder cosas que no comprendía.

¿Quién tenía que pedir perdón?

La historia del alejamiento de la jerarquía eclesiástica respecto al Régimen es bien conocida, pero Suárez aporta una cronología detallada de las posiciones respectivas y de su justificación por unos y por otros. La iniciativa quedó del lado progresista. Un régimen que se autodenominaba (y había demostrado ser) católico no tenía capacidad de reacción ante una “vuelta a la tortilla” como la que estaba sucediendo. 

La Asamblea Conjunta de sacerdotes de 1970 llegó a pedir perdón al bando que había fusilado a trece obispos y siete mil sacerdotes y religiosos. Franco tuvo que restregarse los ojos para creérselo, pero lo cierto es que quedaba desarmado. Y con la Curia romana a la cabeza del cambio, todo volvió a 1936: el nombramiento de obispos como caballo de batalla, y el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, junto con el nuncio Luigi Dadaglio, colocando casi a placer las fichas.

Sin juicios apresurados

Franco y la Iglesia es un relato pormenorizado, objetivo y neutral. Luis Suárez no opina ni saca más conclusiones que las que se desprenden necesaria e inmediatamente de los hechos puros que narra.

Y Franco, ¿cómo queda? Pues queda claro que la única autoridad que reconocía por encima de la suya era la de la Iglesia, y en eso (más allá del interés por reforzar su poder y de su defensa del ámbito propio de la decisión política) fue de una coherencia indudable. Así que los juicios en este terreno, para no ser temerarios, deben fijarse en Papas, cardenales y obispos tanto o más que en él.Publicado en www.elsemanaldigital.com

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