Apuntes sobre la libertad (aquí y ahora)
Que la Libertad es ciertamente un concepto “poliédrico”, con sus muy diferentes caras, aristas y vértices, está fuera de toda duda. Que en algunas de sus manifestaciones su naturaleza resulta (…)
Que la Libertad es ciertamente un concepto “poliédrico”, con sus muy diferentes caras, aristas y vértices, está fuera de toda duda. Que en algunas de sus manifestaciones su naturaleza resulta intuitiva y relativamente sencilla de cuantificar, también. Que permanentemente está sometida a despiadados ataques y humillantes afrentas como el ahora de aquí certifica, lo mismo.Pero antes de nada démonos una vuelta por algunos clásicos a los que me resulta de justicia reseñar.
Al tratar de conocer alguna de las acepciones del concepto, leo este de la « Constitution de l’an I, 1793, »: “La liberté est le pouvoir qui appartient à l’homme de faire tout ce qui ne nuit pas aux droits d’autrui; elle a pour principe la nature, pour règle la justice, pour sauvegarde la loi; sa limite morale est dans cette maxime : Ne fais pas à autrui ce que tu ne veux pas qu’il te soit fait. » que traduzco así «La libertad es el poder de que dispone el hombre de hacer todo aquello que no lesione los derechos de los demás; tiene como base la naturaleza, como norma la justicia, como salvaguarda la ley; su límite moral se halla en esta máxima: No hagas al prójimo lo que no deseas que se te haga. »
El final del antiguo régimen, al “universalizar” el ejercicio de la libertad, alumbró en los hombres ansias de igualdad que pronto se vieron acompañados de intensos anhelos por el bienestar.
Así lo expresan Alexis de Tocqueville y Frederic Bastiat, entre otros:
“Veremos que entre todas las pasiones que la igualdad genera o favorece, hay una que vuelve particularmente intensa y que deposita simultáneamente en el corazón de todos los hombres: son las ansias de bienestar. La apetencia de bienestar conforma el rasgo sobresaliente e indeleble de las épocas democráticas.” (”La Democracia en América”, Alexis de Tocqueville.)
”Conservarse, desarrollarse, es la aspiración general de todos los hombres,… Pero es otra la disposición que también les es tan común. Es vivir y desarrollarse, cuando pueden, a expensas unos de otros. … Esta disposición funesta nace en la propia naturaleza del hombre, de este sentimiento primitivo, universal e invencible, que lo empuja hacia el bienestar y le hace huir del dolor.” (”La Ley”, Fréderic Bastiat.)
Y ahí siguen vivas en el seno de los hombres esas ansias y esos anhelos, transformados en “Perpetuum Mobile” de su devenir.
Pero en lo que sigue no hablaré de la “Libertad” con mayúsculas, del concepto abstracto, sino de esa faceta consistente en “la libertad realmente disponible aquí y ahora por cada cual”, es decir esa relativa capacidad de elección entre aquello que se nos ofrece.
Y en esa relativa capacidad de elección pueden determinarse dos componentes básicas.
Una primera directamente relacionada con la capacidad de compra, con el poder adquisitivo de cada cual, con su “riqueza material” que, una vez satisfechas las necesidades básicas (ineludibles y por tanto deterministas), nos permite colmar esas apetencias de bienestar optando entre aquello que se halla disponible. Es una libertad inmediata aunque incompleta pues que no puede colmar todo aquello que deriva de nuestra complejidad como personas.
La segunda está directamente relacionada con otra riqueza, la derivada del ejercicio de las funciones “inteligentes” propias del hombre, de su facultad de saber y de aplicar su conocimiento, y que se manifiesta en otra vertiente. Lo hace en el ámbito de nuestra “riqueza espiritual” (y en función de ella), en aquello que nos hace ser esencialmente, ser por el hecho de conocer, por el hecho de saber.
Fijémonos en la primera de las componentes señaladas y, ciñéndonos al terreno, a lo más prosaico, a lo más apegado a lo inmediato, podremos estar de acuerdo en lo que sigue.
Como muchos otros españoles vivo de una nómina, en este caso de empleado público.
La subida del IVA o de cualquier otro impuesto hace que mi capacidad de compra, de lo necesario y de lo no necesario, obviamente, baje.
La inflación, el encarecimiento de los productos esenciales como gasolina, energía eléctrica, alimentos básicos, etc., hace que mi capacidad de compra de todo lo demás, baje.
Como empleado público mis retribuciones se recortaron, lo mismo que la de pensionistas y otros colectivos. Y mi capacidad de compra, mi poder adquisitivo, bajó.
No puedo quejarme porque en el desolado paisaje que me rodea hay cerca de 5 millones de desempleados. Cuando alguien ha perdido su empleo ¿qué puede decirse de su capacidad de compra? ¿qué puede decirse de su libertad?
Disminuyendo la capacidad de compra lo hace la de elegir, disminuye la libertad, se es menos libre, se está más sometido a coerción. Puede decirse que, por fuerza, se es más esclavo.
Entre los empleados públicos grupos C y D, pensionistas con pensiones de supervivencia y parados con subsidios similares, alrededor de catorce millones de personas -grosso modo-, se han visto más esclavizadas a consecuencia de las políticas del actual gobierno.
Pero las perspectivas son las que son y el futuro inmediato permite atisbar un empobrecimiento generalizado a consecuencia de la descomunal deuda acumulada y del insostenible déficit público, así mismo fruto de un despilfarro descomunal. Es decir drástico recorte de la capacidad de opción, de la libertad.
Y llama poderosamente la atención que tal consideración no sea objeto de atención. Por ello creo legítimo formular la siguiente cuestión para aquí y ahora: ¿quién siente la pasión de la libertad, habla en su nombre, enarbola su bandera y trata de que no sea una palabra hueca, un simple espejismo, una anécdota histórica en esta España de los albores del S XXI?
Porque no se trata de una cuestión, aunque pueda parecerlo, baladí. Se trata de una cuestión esencial para quienes somos conscientes del camino seguido en la 2ª mitad del pasado siglo, camino que nos supuso el logro de unos aceptables niveles de formación, bienestar y libertad al precio del esfuerzo, el trabajo y la austeridad. Y sería un crimen de lesa patria desandar lo andado.
Vuelvo de nuevo a Alexis de Tocqueville, quien se preguntaba “…dónde se halla la fuente de esta pasión de la libertad política que, en toda época, ha impulsado al hombre a realizar las más grandes cosas que la humanidad haya llevado a cabo…” a la vez que sostenía como “…otros [hombres] en medio de su prosperidad, se cansan de ella, se la dejan arrebatar de las manos sin resistencia por miedo a comprometer ese mismo bienestar que le deben. ¿Qué les falta a estos para permanecer libres? ¿Qué?: las ganas de serlo. No me pidan analizar este amor sublime, hay que sentirlo. Entra por sí mismo en los grandes corazones que Dios ha preparado para recibirlo, los colma y enardece. Hemos de renunciar a hacérselo comprender a los espíritus mediocres que jamás lo han sentido” (”El Antiguo régimen y la Revolución”, Alexis de Tocqueville.)
No hace falta ser muy preclaro para ubicar a los liberticidas de la hora presente que no son si no los liberticidas de siempre, los eternos totalitarios que la historia muestra de manera pertinaz, especie política fácilmente identificable a no ser que no se quiera saber nada de lo realmente vivido. Pero ello no puede sorprender.
Lo que sorprende, lo que resulta desasosegante, es el estruendoso silencio que atrona esta encrucijada. Repito, para aquí y ahora: ¿quién siente la pasión de la libertad, habla en su nombre, enarbola su bandera y trata de que no sea una palabra hueca, un simple espejismo, una anécdota histórica en esta España de los albores del S XXI?

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