El triunfo de la ‘hybris’
Los griegos llamaban hybris al triunfo del desorden y la confusión sobre el orden y la naturalidad de las cosas. La hybris no era para ellos sólo caos: era el (…)
Los griegos llamaban hybris al triunfo del desorden y la confusión sobre el orden y la naturalidad de las cosas. La hybris no era para ellos sólo caos: era el caos premeditada y voluntariamente buscado y alentado. Era la ruptura de todo límite en la vida social, que iba acompañada de un apetito enloquecido y voraz en beneficio propio, una carrera destructiva hacia adelante, destrozando a su paso todo lo que no podía ser tomado y hecho propio.No cuesta demasiado esfuerzo observar cómo eso caracteriza nuestra degenerada vida política: el progresismo, liberador él, ha saltado a la desmesura, a la ruptura de cualquier límite político, ético y aún estético. Da igual dónde mirar, porque las categorías racionales ya no sirven: Rubalcaba propone medidas económicas contrarias a las que él mismo ejecuta, en medio de una ruina de la que él es responsable, y acusando a otros de su desvergonzada contradicción. O negocia con ETA -enemiga de la Nación y de la libertad- amenazando por la mañana a los que se lo recuerdan, mientras sonríe complacido ante las pruebas de esa misma negociación por la tarde. Locura grosera sin lógica alguna, en la que participan los mismos medios de comunicación que se han hecho millonarios con el dinero ciudadano, y cuyo patrimonio ha crecido con la ruina de la nación. Cómplices en la situación, estos progresistas medios participan entusiastas en la bacanal de confusión, satisfaciendo su propio apetito.
En esa España política donde cualquier medida moral ha quedado pulverizada por anticuada y conservadora, el socialismo aún reivindica impúdicamente el caos que ha generado, exhibiendo su desmesurado apetito y su zafio expolio del bien común: teléfonos móviles, puestos en la ONU, subvenciones a sindicatos, productoras de cine o medios de comunicación. El progresismo, con su rechazo a la ley, a los principios y valores de nuestros padres y a límite moral alguno, ha desatado la furiosa hybris que devasta nuestras instituciones.
Publicado en La Gaceta

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