"Existe un amor a la patria que tiene su fuente principal en ese sentimiento irreflexivo, desinteresado e indefinible que ata el corazón del hombre al lugar de su nacimiento."
Alexis de Tocqueville

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¿Adiós América?

Publicado por Óscar Elía Mañú el 4 de Octubre de 2011 en American Review.
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La retirada americana de Afganistán a duras penas puede ocultar que, más que la constatación de la victoria, se asiste a un fracaso de la voluntad occidental en la lucha (…)

La retirada americana de Afganistán a duras penas puede ocultar que, más que la constatación de la victoria, se asiste a un fracaso de la voluntad occidental en la lucha contra el terrorismo: a fin de cuentas, los mismos talibanes desalojados de Kabul en 2001 regresarán al poder en apenas unos meses. Sin Ben Laden, pero con el Mulá Omar, que es quien podrá reclamar su victoria cuando los marines abandonen definitivamente territorio afgano.El poco disimulado progresismo de Obama, sus necesidades electorales para las presidenciales de 2012, y su rechazo al excepcionalismo americano explican en parte el retraimiento americano. Pero no se trata sólo del inquilino de la Casa Blanca. Ni siquiera es el agotamiento militar de los últimos diez años, con dos guerras sucesivas y contemporáneas: Irak y Afganistán han mostrado además un agotamiento moral e ideológico en los americanos -republicanos y demócratas- que corre paralelo a la crisis económica que afecta con dureza a los Estados Unidos. Simplemente, América ya no puede, o no cree que puede, ejercer el papel que desde hace décadas lleva jugando.

El retraimiento americano va a tener efectos en el equilibrio político mundial. Los está teniendo ya, de hecho: en las revueltas árabes, los Estados Unidos se han mostrado faltos de iniciativa, reaccionando a remolque de los acontecimientos, y a veces con voces discordantes. Por otro lado, en la guerra de Libia han cedido el protagonismo a los europeos; su participación ha sido a desgana, a regañadientes y de manera limitada, a remolque esta vez de Francia y Gran Bretaña. Ésta ha mostrado hasta que punto la pérdida de liderazgo norteamericano se puede llevar por delante al instrumento de defensa común, la OTAN: y es que a los sesenta años de su fundación, la formidable alianza empieza a producir en Washington más problemas que soluciones. En su seno, los europeos juegan a ser mayores frente a los americanos, sin asumir responsabilidades. En la despedida del ya exsecretario de Defensa Robert Gates de sus socios europeos, aquel no se contuvo, denunciando que estaban “los miembros dispuestos y capaces de pagar el precio y asumir la responsabilidad de los compromisos de la Alianza, y aquellos que se benefician de la pertenencia a la OTAN pero no quieren compartir ni los riesgos ni los costes.”

Más allá de la relación euroatlántica, el retraimiento americano está empezando a dejar un vacío de poder que otras potencias aspiran a llenar. Como afirma el analista Rafael Bardají, en relaciones internacionales “el poder ni se crea ni se destruye, sólo se transforma y cambia de manos”. Y pese a que no existen manos tan fuertes como las norteamericanas, sí hay potencias menores que aspiran a repartírselo. De alcance global, China, cuyos barcos de guerra surcan ya el Mediterráneo, y en cuyas manos ha depositado occidente gran parte de su deuda soberana. Y junto a ella una serie de potencias regionales que exhiben cierta resistencia a la crisis económica, un notable estiramiento militar, y un reforzamiento ideológico ante la debilidad occidental: Irán, Turquía o Brasil. La presión regional de estos países, ejercida sobre unos Estados Unidos dubitativos, empujan aún más su retraimiento.

Esto por un lado interesa a historiadores y analistas, que ya revuelven en los cajones de la teoría de las relaciones internacionales en busca del viejo concepto “equilibrio de poder; y urge, y mucho, a los gobiernos occidentales. Primero, porque estos países pretendientes, o son dictaduras -China, Irán- o han adquirido una deriva poco recomendable, como Turquía; la peor pesadilla del siglo XXI sería la sustitución de la “pax americana” por la “pax china” Segundo, porque son países que llevan la inestabilidad allí donde van; el caso de Turquía e Irán frente a Israel es paradigmático, tanto por el significado simbólico para las democracias occidentales, como porque asoma al fondo el arma nuclear; desde que fue creada es la primera vez en que su uso puede ser real. Y en tercer lugar, porque, paradójicamente, la fortaleza y ambición estratégica que estos países muestran no eliminan su debilidad interna, fórmula histórica casi segura para la aparición de crisis internas importantes: bien pudiese ser que en vez de la expansión china, asistiésemos a la explosión china. Tal es el número de contradicciones y tensiones dentro del amenazador país asiático.

Pero son las revueltas árabes, desde Bahrein hasta Marruecos, las que parecen haber abierto el mundo a una nueva era, de la que sabemos como ha comenzado pero no como acabará. Y dada la cercanía a nuestro país, debemos preguntarnos por la situación de España ante este adiós americano. ¿Hay espacio para una nueva relación privilegiada con los Estados Unidos? Sí, a condición de tener en cuenta que la América de hoy no es la fuerte en el mundo de hace diez o veinte años. Y que la España actual no es tampoco la misma. El zapaterismo ha situado la relación con los Estados Unidos bajo mínimos. El espectáculo de Zapatero sentado al paso de la bandera, las retiradas de Irak y de Kosovo, o el giro español hacia el populismo ibeoaméricano, ha hecho de España un país irrelevante y aún molesto ante la Casa Blanca. Y es que el gobierno que salga el 20N de las urnas, deberá partir de cero, porque nada queda de la época de Aznar.

En los próximos años, con Obama o con otro presidente en el 1600 de Pennsylvania Avenue, los norteamericanos se cuidarán bien de desperdiciar sus energías en aliados que no merezcan la pena o no sean de fiar. Su vigor se lo reservará para sí y para sus allegados. Y sus allegados serán, primero, los que ofrezcan garantías sólidas a los americanos, apostando en serio por dotarse de capacidades militares y de seguridad que permitan compartir los costes de la defensa en un mundo patas arriba. Y segundo, los que se muestren aliados fiables y sólidos en la defensa de valores e intereses. Mucho deberá el nuevo Gobierno mimar sus relaciones con Washington, porque en un mundo lleno de turbulencias, unos pocos contarán con el favor de los Estados Unidos. Y este exige sólidas convicciones y sólidos instrumentos de defensa.

Publicado en Época

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