21N. Presentose la ocasión, fuese, y no hubo nada
Nunca sopla buen viento para quien navega sin rumbo
Permítaseme que ofrezca, de nuevo, un pequeño repertorio de obviedades.
Para que una empresa lo sea ha de existir. Por descontado. Y el (…)
Nunca sopla buen viento para quien navega sin rumbo
Permítaseme que ofrezca, de nuevo, un pequeño repertorio de obviedades.
Para que una empresa lo sea ha de existir. Por descontado. Y el seguir siéndolo será, sin duda, su primer objetivo. Pura esencia “biológica”.
Para un conglomerado empresarial que se desenvuelve en el ámbito económico, el logro de su objeto social es, qué duda cabe, sinónimo de éxito.
En el ámbito político las cosas no son exactamente así. Porque allí se dirimen otras cuestiones.
Los conglomerados empresariales que se desenvuelven en el ámbito político -partidos más sindicato más fundaciones más oenegés, etc- no ofrecen, en primer lugar, bien (económico) alguno. En segundo, de nuevo otra obviedad, viven del expolio público. En tercer lugar adolecen de una profunda pulsión totalitaria: su propósito, aparte del primario asegurarse su pervivencia, es yugular, controlar el desarrollo de todo lo demás, modelar la realidad a su antojo.
En consecuencia éxito y fracaso deben enfocarse, ahí, bajo otra perspectiva.
Por ejemplo, aquí, entre nosotros, veamos qué sucede.
La matriz del conglomerado empresarial que accedió al poder allá por 1982, y que, como sea, lo ha ejercido durante 21 de los 29 años transcurridos desde entonces, tiene sus señas de identidad corporativa bien definidas. ¡No solo tiene su logo sino que también tiene su himno!
Himno que, qué quieren que les diga, da un poco de cosa, un poco de grima, oírlo por boca de los miembros del consejo y de los vocales que acuden a alguna que otra junta. ¡Semejantes mocetones entonando el “arriba los pobres del mundo y en pié los esclavos sin pan…“!
Sin embargo he ahí la concisa, y precisa, expresión de su objeto social: aupar a unos, los pobres del mundo, y a otros, los esclavos sin pan. En este rincón del planeta, donde tenemos la enorme dicha de tener tan eximia guía…, por descontado, y pese a su vocación internacionalista.
Y para que tal objeto social sea expresión de un hecho posible han de existir los pobres y los esclavos a los que aupar. De cajón. ¡Vamos!; si no existieran, ¿a quién aupar?
Y en ello nuestros dos últimos gobiernos, surgidos tras los rescoldos del 11M y de la muerte del concejal Isaías Carrasco, no se olvide, han cosechado un éxito total; éxito sin precedentes a la vista del escalofriante censo de parados: los González y los Solchaga de otrora han quedado reducidos a simples aprendices…
Pero ¿cómo convencer a tanto parado de que la solución la tienen los mismos que han pergeñado el asunto? ¿Que los que les han empobrecido van a ser, precisamente, quienes les aúpen; que van a ser sus redentores?
Sin embargo la cuestión no está tan clara. Leamos algunos textos de hace V siglos
…algo hay que hace que las gentes prefieran no sé qué seguridad de vivir miserablemente antes que correr el riesgo de vivir libremente…
…Los tiranos mostraban su generosidad repartiendo un cuarto de trigo, una medida de vino, un sextercio… Los muy zafios no se daban cuenta que no hacían sino recuperar una parte de lo suyo, ni de que el tirano no les podría haber dado eso mismo si antes no se lo hubiera quitado a ellos mismos.
…Los tiranos del pasado…han engañado a tan buen precio al populacho que jamás le han sometido tanto como cuando más se han burlado de él.
Y si añadimos al desastre económico los resultados de todo el trabajo de demolición, de elementos muy significativos de lo más genuino de nuestra civilización, llevado a cabo, el éxito de la izquierda reaccionaria no es sino la evidencia de nuestro enorme, estrepitoso, fracaso colectivo.
Fracaso en el que continuaremos, como sociedad, porque no hay buen viento para quien navega sin rumbo. Pase lo que pase el próximo 20N. Leamos de nuevo.
…Más esta astucia del tirano de embrutecer a sus súbditos, no se puede conocer más claramente que por lo que Ciro hizo a los lidios…
Lamentablemente todo encaja: cada pueblo acaba teniendo los gobiernos que merece. Es el precio que ha de pagarse cuando se renuncia, voluntariamente, a ser ciudadano. Y nuestra izquierda reaccionaria lo ha tenido siempre en mente: su supremacía solo podría erguirse sobre el embrutecimiento de sus súbditos. Y así conformó la escuela que conocemos.
NOTA. Los párrafos destacados en cursiva se han entresacado del “Discurso de la servidumbre voluntaria”, de Étienne de la Boétie, en la edición de Pedro Lomba-Trotta Editores-Liberty Fund

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