¿Entendemos la Escuela…?
Acarreo a mis espaldas unos cuantos años de profesor; 27. De enseñanza media en mis comienzos, de secundaria en la actualidad. La mayor parte de los adultos que se mueven (…)
Acarreo a mis espaldas unos cuantos años de profesor; 27. De enseñanza media en mis comienzos, de secundaria en la actualidad. La mayor parte de los adultos que se mueven en los aledaños de mi profesión no son conscientes de que nuestra civilización[1] es resultado. Que no es algo que derive de la naturaleza de las cosas, como lo evidencia el hecho de que no es universal.Y, en consecuencia, su vida transcurre al margen de la enorme responsabilidad que supone mantener para las generaciones que nos sucedan, y mejorarlo si es posible, todo este “patrimonio colectivo”, todo este inmenso legado heredado del que disfrutamos.
He dicho en ocasión anterior que tengo derecho a pensar, como lo hago, que el asunto de la “educación” no pasa de ser en estos momentos, y en esencia, una pura mercancía. Política y de la otra, económica. Por ello resucita con cansina intermitencia. Los hechos lo corroboran. Pero no por ello se atisba mejora alguna.
Y si sostener el complicado edificio de bienestar y convivencia que nos aloja, resulta tarea ineludible, la consecuencia inmediata es aceptar que la escuela[2] no es sino construcción de la propia sociedad organizada cooperativamente, cuya finalidad es llevar a cabo una parte de la tarea de preparación de las generaciones futuras. Precisamente con el propósito de asegurar la continuidad del edificio señalado. Y en el presente, en un contexto, o circunstancia, de enorme complejidad, como jamás se ha conocido. No lo olvidemos.
El esfuerzo que ello supone, lejos de ser menor, es enorme, hercúleo. Naturalmente. Exactamente como lo ha sido el transitar desde la caverna a la polis. ¿O acaso alguien es capaz de sostener que el camino ha sido de fácil tránsito?
Y si esto no lo entienden los padres, los alumnos en cierto estadio de su madurez y los profesionales, es decir, si no lo entiende la propia sociedad, estamos perdidos, que seguramente es donde estamos. El edificio se nos viene abajo en un periquete, y adiós, vuelta a la no-civilización, vuelta a la barbarie.
La realidad de nuestra escuela solo me resulta comprensible si considero que el cuerpo social actúa prescindiendo, por absoluta irresponsabilidad, de ése propósito esencial que le atribuyo. Porque el hecho evidente es que nuestro entramado educativo no está impregnado de tal propósito.
¿Cómo habría de estarlo si ni tan siquiera está asumido por el propio cuerpo social? ¿Acaso se percibe en el decir y hacer de sus gentes principales? ¿Acaso percibimos nuestra circunstancia inequívocamente impregnada por el aprecio de aquello de lo que disponemos y la decidida voluntad de conservarlo y mejorarlo?
Y entonces, ¿cómo habría de estarlo la institución escolar? Por favor.
Si queremos que el futuro, ya de por sí imprevisible, no lo percibamos como acopio de incertidumbres más que sombrías bueno será que empecemos con una breve reflexión acerca de la esencia de la escuela y, a partir de ahí, abandonemos muchas conductas. Por ejemplo, agredirla en lugar de acometer su urgentísima rehabilitación. ¡Vamos, digo…!
Los adultos han de tomar la primera iniciativa. Padres y profesionales. Por supuesto.
A los padres les corresponde, en primer lugar, la enorme responsabilidad de ofrecer a sus hijos una vida digna. Mucho se precisa para ello. También la escuela, elemento imprescindible para colmar las necesidades de instrucción y de educación que exige la fluida inserción futura de sus hijos en el colectivo de referencia, en la sociedad.
Les incumbe el hacer comprender a sus hijos que gracias a aquella [la escuela], y a lo aportado a quienes ya pasaron por allí, disfrutan de casi todo aquello que les rodea, disfrutan de su circunstancia. Y que ante esta carrera de relevos en que consiste la vida tienen la inexcusable obligación de conservar y mejorar ese legado. Con el obvio añadido de que sin esfuerzo, trabajo, disciplina y dedicación, responsabilidad en suma, no hay posibilidad de progreso. O, de otro modo, que fuera de esas bases rectoras en lo individual, y en lo social, el resultado es, finalmente, la vuelta a la barbarie. No hay más.
Los profesionales, a los que la sociedad les confía sus jóvenes, su futuro, deben ser perfectos conocedores de la esencia del nobilísimo menester de compartir saber, de transmitirlo, de enseñar. Y en este terreno no hay nada peor que defraudar una confianza. Grandísima responsabilidad.
De los gestores, huelga hablar de su también enorme responsabilidad. “Ha sido, está siendo, tan grande el daño que la historia no os puede absolver”, sostuve en otra ocasión (sin que ello suponga menoscabo de las responsabilidades propias que a cada agente implicado atañen en su plano de actuación).
Igualmente tengo derecho a pensar, como lo hago, con la certeza añadida de no andar muy descaminado, que la raíz de lo que nos acontece no es otra que “astucia de tirano la de embrutecer a sus súbditos…”
Sea como fuere, es hora, ya demasiado tardía, de “reinventar la escuela”. De asignarle el claro propósito indicado y el diseño más adecuado para alcanzarlo.
Es tarea que exige serenidad, generosidad, rigor, mirada limpia, sentido de la historia y paciencia, grandeza de espíritu en suma, en la confianza de que los frutos quizás tarden en llegar pero que lo harán, indefectiblemente, en su momento.
A no ser que la decadencia del complejo edificio de la civilización que nos alberga nos deje indiferentes y desertemos de nuestro más auténtico destino, de nuestra responsabilidad primera.
Pero entonces que nadie se lamente por lo que está por venir y del juicio que nos tiene reservado la historia.
[1] Estadio cultural propio de las sociedades humanas más avanzadas por el nivel de su ciencia, artes, ideas y costumbres. DRAE
[2] Por escuela entiendo aquí el tramo educativo-formativo en el que debería adquirirse la comprensión de los rasgos esenciales de nuestra civilización y la cuota de responsabilidad para conservar -perfeccionándolo- el edificio común de compleja convivencia en el que nos desenvolvemos. Dicho objetivo debería alcanzarse, por establecer una referencia cronológica nítida, llegado el momento de acceder a la mayoría de edad; a los 18 años.

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