Lo bueno de la crisis II. Comentario a un artículo de Antonio Arcones.
La situación política actual es tan grave que ha conseguido poner de acuerdo a las opiniones más encontradas sobre un punto, a saber: que se está produciendo una crisis grave (…)
La situación política actual es tan grave que ha conseguido poner de acuerdo a las opiniones más encontradas sobre un punto, a saber: que se está produciendo una crisis grave del sistema, y no sólo coyuntural. No obstante, las divergencias son muchas y de diverso calado.Antonio Arcones, en un artículo publicado el 13 de diciembre, titulado «Lo bueno de la crisis»[1], se enfrentaba a uno de estos puntos problemáticos cuando se preguntaba si «¿hay alguien capaz de arreglar esto?», es decir, ¿hay solución política al problema?. Una de las cuestiones cruciales reside en distinguir si la solución consiste en ahondar en el estatismo y sus medidas centralizadoras, o bien en devolver ordenadamente la libertad social y política a los ciudadanos, o bien la cosa no tiene solución y lo mejor es esperar protegidos al diluvio.
Arcones tiene razón cuando dice que «el Estado del Bienestar no se deja domesticar. No se puede “reordenar” ni “racionalizar”. Es un inmenso artefacto con vida propia, una amalgama de intereses particulares tan grande y compleja que no se puede desarticular». Es un sistema, de matriz hobbesiana, y paternidad protestante, que poco a poco fue desarrollando sus potencias individualistas. El resultado político fue, entre otras cosas, que la mediación de lo político entre el hombre y el mundo se vio disuelta y el hombre privado de las certezas mundanas de la fe. La inseguridad provocada dio lugar a que se exigiese cada vez más al Estado, hasta convertirse este en Providencia, usurpador garante de la seguridad total que en verdad sólo algo que supera al Mundo puede ofrecer.
Devolver la seguridad al hombre, la seguridad de la libertad, que en definitiva es la cuestión, no es pues tan fácil. Si se desmorona el Estado Providencia (o del Bienestar, términos sinónimos), la seguridad precaria que este ofrece también desaparece y el hombre se ve arrojado a un mundo caótico, lo cual es profundamente antipolítico. Si profundizamos en esta falsa seguridad con más medidas intervencionistas ahondamos el problema y la solución a medio plazo será aun más complicada.
Por tanto, que caiga el Estado, que se hunda el sistema del bienestar, que se desarticule la burocracia y que los organismos supranacionales se vuelvan ineficaces puede ser muy bueno, o muy malo, depende. Y si bien es verdad que «El Estado es expansivo y nadie lo va a parar» y que «el modelo se va a desmoronar sobre nuestras cabezas», no lo es tanto que sea «una verdadera esperanza que este sistema de robo al amparo de la ley, de expolio organizado al ciudadano medio y de esterilización mental de la sociedad se hunda».
Es cierto que es imposible que una flor crezca si la pisamos, pero nada garantiza que crezcan flores si levantamos el pie. Hay que arar, hay que sembrar y hay que cuidar. No habrá política sin cultura, ni cultura sin «agricultura social». Más que economía política, hoy hace falta ecología política. Hay que devolver al pueblo poco a poco, sin empachos, con prudencia, la libertad política que le pertenece, y esto no lo haría el Estado de Bienestar si pudiese seguir ofreciendo cada vez más bienes y servicios. Como ya no va a poder, porque no tiene dinero, levantará el pie, como dice Arcones. Pero la crisis no nos va a educar porque también puede desesperarnos o vencernos.
Hay que recuperar la verdadera esperanza, que nunca vendrá del Estado. Vendrá, eso sí, a través de la familia, de las asociaciones, «de la capacidad de iniciativa empresarial y creativa», de la comunidad y de la Iglesia. Como es un hecho que todas estas realidades se han deteriorado con el estatismo, y que se están rehabilitando a marchas forzadas con la crisis, pero no gracias a la crisis, sí podemos decir a día de hoy, y estamos al principio, que se está posibilitando una regeneración social. Si todo va bien, pronto necesitaremos al jardinero que las riegue, las cuide y las proteja, que es la función de la política.
[1] Publicado en http://www.intereconomia.com/blog/blog-fundacion-burke/bueno-crisis-20111112

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