El Nobel de Tolkien
Sabemos ahora -porque cada medio siglo se desclasifican las deliberaciones de la academia sueca- que los señores del Nobel ni consideraron la candidatura de J.R.R. Tolkien en 1961. Ese año los (…)
Sabemos ahora -porque cada medio siglo se desclasifican las deliberaciones de la academia sueca- que los señores del Nobel ni consideraron la candidatura de J.R.R. Tolkien en 1961. Ese año los académicos despreciaron al autor de El Señor de los anillos, y también a Graham Greene, y a Alberto Moravia, y decidieron darle el premio a un yugoslavo llamado Ivo Andriç, algo que está muy bien, porque así cuando hablemos de los grandes chistes del galardón sueco no habrá que repetir aquello de que Benavente se lo quitó a Joyce, que el pobre don Jacinto siempre aparece como ejemplo de injusticia en los premios literarios.
La ocasión también sirve para reflexionar sobre el pretendido elitismo de lo complejo, y para reivindicar la literatura natural, la grandeza de contar historias y bucear sin aspavientos ni afectación fingida en el espíritu del hombre. Entre las virtudes de una novela no está el resultar ilegible, ni lo contrario, por supuesto, que las metáforas pueriles no tienen poder para convertir a Paulo Coelho en Tomás de Kempis. Tampoco es una cuestión de realismo o fantasía. La inventada Tierra Media de Tolkien está repleta de verdades perennes, como por ejemplo las que viven en el personaje de Grimma, llamado Lengua de serpiente, donde podemos reconocer la naturaleza miserable de la insidia y la calumnia -algo tan universal-, o en el valor heroico del que a veces es capaz el hombre corriente retratado en esos modestos hobbits, que saben estar a la altura de los grandes guerreros mitológicos. Por eso tiene Tolkien un sitio honorable en el panteón literario, desde donde puede reírse de las deliberaciones de los Nobel, y a la vez sentir pena por las historias que nos tragamos hoy, que en los guiones de Sexo en Nueva York o de Modern Family no hay rastro verdadero, son sólo una construcción repetida de falsos modelos, tramposos en su diseño y en sus consecuencias y, por supuesto, muy imitados por los jovencitos más petulantes, que todo totalitarismo necesita de una juventud uniformada.
Publicado en www.intereconomia.com

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