Alec Guinness: La conversión de un hijo de Dickens
A pesar de sus esfuerzos por encontrarlo nunca conoció a su verdadero padre, y hasta dudaba mucho de que su propia madre pudiese identificarlo con certeza, guardando para siempre una (…)
A pesar de sus esfuerzos por encontrarlo nunca conoció a su verdadero padre, y hasta dudaba mucho de que su propia madre pudiese identificarlo con certeza, guardando para siempre una opinión terrible sobre ella. Por eso hay algo de providencial justicia en que fuera san Dickens -patrón literario de los niños maltratados- quien lo lanzara en su carrera de actor cinematográfico, consiguiéndole el primer papel importante en Grandes Esperanzas, una magnífica adaptación que hizo David Lean de la gran obra del escritor inglés. Luego vendría Oliver Twist, y muchas más, que en el cine llegó a ser con igual éxito el príncipe aliado de Lawrence de Arabia, el maestro Obi wan kenobi o el oficial perfecto en el puente sobre el río Kwai, donde su creíble entereza y una canción silbada devolvían la fe a un puñado de soldados prisioneros.Antes había destacado en el teatro, y en cierta ocasión recibió una impertinente visita en el camerino, la de un reverendo que le corrigió sobre un curioso detalle de su personaje: “sólo he venido para indicarle que en la obra se santigua usted mal”, le dijo con un severo tono de reproche. Guinness estaba distanciadísmo de la religión, pero a pesar de la extraña manera de conocerse terminó trabando amistad con aquel sacerdote anglicano que durante la guerra -cuando el actor servía en la Royal Navy-, consiguió acercarle de nuevo al culto. Al finalizar la contienda incluso acarició dudas sobre una vocación religiosa.
El catolicismo quedaba para más adelante, antes había que desprenderse de los prejuicios que le separaban de Roma. A ello contribuyó una anécdota bellísima, mientras rodaba una película en Francia, en la que interpretaba el papel del chestertoniano padre Brown. Durante un rato abandonó el rodaje para dar un paseo, sin quitarse su vestuario de sacerdote. El propio Guinness lo cuenta así: “Era de noche. No había andado mucho cuando oí unos pasos brincando detrás de mí y una voz aguda que me llamaba -Mon père!-. Un niño de siete u ocho años me agarró de una mano y, estrechándola con fuerza, se puso a sacudírmela mientras hablaba sin tino. Estaba muy alegre y no paraba de saltar y dar brincos. A pesar de ser para él un total desconocido, obviamente me había tomado por un sacerdote y confiaba en mí. De repente, con un -Bonsoir, mon père- y una rápida inclinación de cabeza, desapareció a través del agujero de una valla. Mientras él volvía al hogar feliz y reconfortado, a mí me dejó con un extraño sentimiento de euforia y serenidad. Proseguí mi camino pensando que una Iglesia capaz de inspirar tanta confianza en un niño no podía ser tan intrigante y horrible como a menudo de pretendía”. Leer ahora este testimonio, sirve para comprender hasta qué punto el perverso consentimiento que una parte de la Iglesia ha otorgado a la revolución sexual -causante de los escándalos de pederastia- ha herido profundamente a lo católico.
Fue otro niño -su hijo Matthew- el que definitivamente llevaría a Guinness hasta Roma, al enfermar de poliomielitis. En aquella época triste el actor adquirió la costumbre de entrar en una iglesia católica, más que a rezar a pasar el rato en busca de algo de paz. En uno de eso mini retiros le propuso un trato a Dios, adquiriendo el compromiso de convertirse al catolicismo si el niño volvía a caminar. Tres meses después el pequeño Matthew estaba jugando al fútbol y, aunque remoloneó un poco a la hora de cumplir su promesa, el agradecido padre se puso en contacto con un sacerdote para iniciar su instrucción en la fe. Incluso pasó un tiempo en un monasterio trapense, deseoso de ver como funcionaba la Iglesia desde dentro. Por fin, en marzo de 1956, fue recibido por el padre Clarke en St. Lawrence. Poco después su esposa seguiría el mismo camino,en el que, por cierto, su hijo Matthew se había adelantado a los dos.
Nació el 2 de abril de 1914, en el humilde suburbio de Marylebone. A pesar de su origen no tardó en desarrollar exageradas maneras de dandy, así que no tuvo que interpretar a un aristócrata cuando la reina Isabel II le hizo caballero, le salía natural. Antes lo había ganado casi todo en su profesión, varios premios BAFTA, un Globo de Oro y dos Oscar, uno de ellos a toda su carrera. Como curiosidad, no le entusiasmaba su papel en La Guerra de las Galaxias, y sólo accedió a él a cambio de un porcentaje de la recaudación, algo que le proporcionaría, claro, toda una fortuna. Murió en el año 2000.
Publicado en http://www.intereconomia.com/blog/galeria-heterodoxia

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