El Congreso aburre, pero la calle se mueve.
La victoria del Partido Popular en las recientes elecciones generales –186 diputados: una rotunda mayoría absoluta– ha sido incontestable. Tan incontestable como la derrota del PSOE, que ha registrado su (…)
La victoria del Partido Popular en las recientes elecciones generales –186 diputados: una rotunda mayoría absoluta– ha sido incontestable. Tan incontestable como la derrota del PSOE, que ha registrado su peor derrota de todo el actual periodo democrático. Durante los próximos cuatros años, llueva o truene, los populares están parlamentariamente blindados.
¿Cual será la estrategia de los socialistas durante su travesía del desierto? Rubalcaba, tras ser aclamado secretario general del PSOE en su 38º Congreso, aseguró en repetidas ocasiones que la suya será una oposición constructiva y responsable.
Pero el líder socialista, a pesar de sus cualidades retóricas, lo tiene difícil; cada vez que interviene en las Cortes se encuentra con un muro de cemento: el de su propio –y muy cargado– pasado político. Además, los populares no desaprovechan ninguna oportunidad para recordar a los socialistas en general, y a Rubalcaba en particular, el solar derruido que les han dejado en herencia.
Si a este callejón parlamentario sin aparente salida dialéctica se le añaden las declaraciones de varios dirigentes del PSOE, en las que vinieron a justificar las conductas violentas durante los recientes altercados de Valencia, se comprende que media España ya se esté preguntando si el socialismo pretende ganar en la calle lo que ha perdido en las urnas y no puede ganar en el Congreso.
Una cosa está clara: el objetivo prioritario de Rubalcaba es reagrupar de nuevo a toda esa gente que en las pasadas elecciones generales, al desmovilizarse –algunos optaron por la abstención, otros se fueron con IU–, propiciaron la victoria al PP. ¿Cuantos son en total? Aproximadamente, cuatro millones de votos que, a día de hoy, tras el ocaso de zapaterismo, se encuentran deprimidos y frustrados.
De momento, el malestar se ha trasladado a Internet, donde un amplio conjunto de jóvenes –y no tan jóvenes– mueven mucha información sobre los gastos de la clase política. Unos dispendios que, según estos sectores, son superfluos y que, por ello, deberían destinarse a la sanidad y la educación pública. Los socialistas necesitan como agua de mayo el apoyo de todos estos votantes, que tienen en común su permanente disgusto con la banca, las clases altas, la Iglesia, la corrupción –sobre todo cuando los corruptos son del PP– y cualquier clase de recortes en derechos sociales y al Estado del Bienestar.
Para recuperarlos, el PSOE, como es lógico, buscará definir su identidad política en clara oposición a “la Derecha”, es decir; el PP. Y aquí es donde podrían entrar en juego las manifestaciones y movilizaciones en la calle; serían ese banderín de encache con el que, por un lado, movilizar a los votantes perdidos mientras que, por otro, se sometería al PP a una machacona campaña de desgaste diario.
Se trata de una operación arriesgada, no solo para España o para los populares, sino también para los propios socialistas. Sus peligros pueden sintetizarse en dos preguntas: La primera, ¿justo ahora, con el país sumido en una profunda crisis económica, es necesaria una campaña de revueltas con el objetivo de desestabilizar al Gobierno? Y la segunda, ¿podría salirle a los socialistas el tiro por la culata?
En las pasadas elecciones generales, la mayoría de los votantes reclamaron un cambio de rumbo para sacar a España del revolutum en el que se encuentra. El horno del país no está para bollos. Y si el PSOE se descuelga demasiado del centro político para flirtear con el mesianismo populista y la kale borroka puede que, a la postre, esto solo sirva para que la decisiva clase media continúe trasvasando silenciosa y ordenadamente su confianza a las filas del PP –a poco que amainen los vientos de la crisis. Pero esta, como diría M. Ende, “ya es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión”.
Publicado en www.teinteresa.es

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