Ernesto Cardenal: El viejo Ché
Nació en casa grande, apellido más o menos ilustre en ese rinconcito del imperio, suficiente como para comer caliente servido por doncellas pulcras, para estudiar también en los jesuitas, que (…)
Nació en casa grande, apellido más o menos ilustre en ese rinconcito del imperio, suficiente como para comer caliente servido por doncellas pulcras, para estudiar también en los jesuitas, que tienen los criollos la más grande sucursal de la gauche divine.
La heredaron -ese tipo de esquizofrenia- de sus abuelos, que también se decían explotados por las reyes para poder, independientes, poder exprimir ellos a los indios.
No se quita la boina. Bajo ella -estudiados como si fueran de una actriz adolescente- surgen los bucles blancos de su envidiable melenilla, que se juntan con la barba para crear la reconstrucción perfecta de un Ché decrépito, encanecido, tal y como el FBI lo dibujaría en esos programas informáticos que salen en las películas, con los que envejecen las fotos de los criminales para conocer su aspecto actual. Y también es la cultura de Hollywood y el esnobismo de la Sorbona -junto a la foto de Korda-, los que han convertido en mítica a la izquierda centro y sudamericana. Y en poetas a todos sus juglares, que parece que no hay estrofa que merezca la pena si no hay en ella verso dedicado a algún militarote dictador. Stalin o Ceacescu no aparecen, sino es para alabanza, claro.
A Ernesto Cardenal le han dado ahora el premio Reina Sofía, y cualquier mal año, sin anestesia, le dan el Nobel, porque ha conseguido la imagen perfecta del poeta que grita libertad en Centroamérica, mitad guerrillero, mitad enamorado, mitad cura de La Misión, -porque para esa utopía pop la matemática no importa, como la realidad-. Cardenal es el personaje que se inventaría Paul Auster para una novela o un guión, un estereotipo anticuado pero todavía rentable. Es, en definitiva, el abuelo que hubiese querido tener Ismael Serrano.
Como poeta, -sin acritud- no pasa de mediocre. Como escaparate de un tiempo y de un lugar -medio siglo y medio continente-, resulta la ilustración más adecuada. Criollo y rico, estropeado pronto por teologías marxistas, tiene y explota la biografía que quisieran muchos, el de cultureta y luchador contra un general, Somoza, al que debería andarle agradecido, porque sin él no sería nada. Sus frases más históricas tampoco son versos, sino boutades, como aquello de que Fidel Castro era un Dios en la tierra.
Luego Daniel Ortega -el dictador y violador sandinista- le hizo ministro de cultura. Y como Cardenal ya era un cura rebotado, aprovecharon los dos la visita de Juan Pablo II a Nicaragua para poner al polaco en un aprieto. Como la bala del KGB no le había detenido, trataban de desactivar a la figura con agitación y propaganda. Y es que Cardenal creía -y cree- que no hay contradicción entre marxismo y cristianismo, y no podía llevarse bien con el Papa que iba a derribar el Muro. De hecho se opuso con rabia de niño caprichoso a la beatificación de Juan Pablo. Lógico, él sólo querría ver a su Ché en los altares.
Publicado en http://www.intereconomia.com/blog/galeria-heterodoxia/ernesto-cardenal-viejo-che-20120514

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1 comentario a “Ernesto Cardenal: El viejo Ché”
By walterio gonzalez-larreluz on May 17, 2012 | Responder
ARMANDO RIVAS,Cubano -Argentino desde La Prensa de Bs As es probablemente el mas lucido y acertado luchador(un Llanero solitario) del mundo,aclarando las falacias construidas desde las numerosas y ricas usinas del Marxismo.Walterio Gonzalez-Larreluz