Joseph Conrad: El horror y las tres vidas
Su primer recuerdo es de una cárcel de Varsovia, en la que estaba preso su padre -Apollo Korzeniowski- y a la que él acudía para llevarle alimentos.
Después el (…)
Su primer recuerdo es de una cárcel de Varsovia, en la que estaba preso su padre -Apollo Korzeniowski- y a la que él acudía para llevarle alimentos.
Después el destierro brutal, en el norte de Rusia, donde su madre se consumió de tuberculosis y su padre de tristeza y miseria, porque el patriotismo no siempre fue un partido de fútbol, a veces era el altar donde se sacrificaban familias enteras.
Los Korzeniowski eran aristócratas polacos bajo la dominación del Zar. Apollo -escritor, traductor y periodista-, formaba parte de la resistencia clandestina contra la rusificación de su Polonia, que por entonces ni siquiera existía como estado. Su esposa Ewa compartía el fervor patriótico de su marido, vistiendo siempre de negro, en permanente luto por una nación derrotada que sobrevivía sólo culturalmente. Cuando nació Joseph, su padre le escribió una extraña y terrible canción de cuna, una herencia triste que profetizaba su absoluta orfandad: “Mi niño debes decirte/ que no tienes tierras ni amor,/ ni país ni pueblo,/ y que Polonia tu madre yace en su tumba./ Tu única madre está muerta y sin embargo/ es tu fe la palma de tu martirio./ ¡Duerme, mi niño!/ Mi niño solo/ Sin ella/ Sin ella / ¡Y no hay salvación sin ella!”.
Siguió Polonia sin existir, y el matrimonio Korzeniowski también dejó de hacerlo, antes de que Joseph cumpliera doce años. El huérfano se mudó con un tío materno, mucho más moderado en sus convicciones políticas, conservador, culto, afrancesado, que le dio al muchacho una educación privilegiada. Pero aquello no era suficiente para atarle a esa tierra, maldita por el sacrificio inútil de sus padres. Buscando aventuras, o huyendo de ellas -que hay quien dice que se marchó víctima de un amor adolescente-, el jovencísimo Conrad se fue a Francia con una pequeña asignación de su tío, que utilizó para embarcarse en el Mont Blanc, un barco que hacía la ruta del Caribe. Ya se había terminado la primera de las tres vidas que habría de completar, la de polaco.
Al igual que tantos apátridas de vocación eligió el mar como tierra prometida, y allí comenzó su existencia marinera. Se enroló como grumete en el mismo barco en el que había viajado por primera vez, y luego fue de camarero y más tarde -según iba descubriendo puertos y ciudades- se convirtió en un aventurero de novela, antes incluso de dominar el idioma en el que escribiría las suyas. Las biografías más románticas le dibujan como enamorado de la amante de Carlos VII, y dicen que por ese amor llegaría a implicarse en el contrabando de armas que nutría a los carlistas. Tiempo de naufragios, estrecheces, calabozos, persecuciones, duelos… apenas había cumplido veinte años y como si fuera el hombre del que hablaba Kipling se jugó el dinero que tenía -y el que no tenía también- en una sola noche de Montecarlo. Por esas deudas, o por el amor de la carlista, o por haber empezado a vislumbrar ese horror del que hablaría luego en El corazón de las tinieblas, el caso es que cogió un revólver y se pegó un tiro en el pecho. Pero no había llegado su momento, se curó. El tío polaco acudió al rescate asumiendo el descubierto financiero y mandándolo a Inglaterra, donde estudió lo suficiente para abandonar el sollado de la marinería y acceder a la cámara de oficiales. Recorrió después el mundo entero: Australia, Tailandia, India, Malasia, y llegó hasta las entrañas de África remontando el río Congo. Se casó en Londres, y allí empezó a gestar la tercera vida, la de escritor, es decir, un tío pobre y sufrido al que nadie le agradece que esté poniendo los pilares de la novela moderna con títulos como El Agente Secreto, Lord Jim, y ese corazón palpitante en las tinieblas, el primero en vislumbrar los canales y puertos del alma contemporánea, marcando también el rumbo del cine con pretensiones, Apocalypse Now o Blade Runner, y todas esas historias, en fin, en las que el protagonista nos advierte que ha visto cosas que no podemos ni imaginar. El horror. El infinito horror del ser humano cuando pretende suplantar a Dios.
Nació en 1857 en Berdyzow, hoy Ucrania, aunque en el seno de una noble familia polaca. Sus novelas influyeron notablemente en todo el siglo XX, desde Borges a Faulkner, TS Eliot o el mismo Graham Greene, que afirmaba que tuvo que dejar de leerle para no acabar esclavizado de su estilo. Sólo al final de su vida conoció el éxito, incluso rechazó el nombramiento de caballero que le ofreció Inglaterra. Quizá ya pensaba en regresar a la primera de sus tres vidas, porque quiso recibir los últimos sacramentos, y después de una existencia escéptica murió como un católico polaco, enterrado con el nombre que había abandonado hacía tiempo: Józef Teodor Konrad Korzeniowski.
Publicado en http://www.intereconomia.com/blog/galeria-heterodoxia/joseph-conrad-horror-y-tres-vidas-20120521

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