40 años no son nada, puro espejismo.
O se instruye para la libertad o se adoctrina para el sometimiento. No hay más.Hace 40 años una huelga política nos llevó a unos cuantos estudiantes de Físicas, de la (…)
O se instruye para la libertad o se adoctrina para el sometimiento. No hay más.Hace 40 años una huelga política nos llevó a unos cuantos estudiantes de Físicas, de la Univ. de Zaragoza, a perder buena parte del curso. Arriesgamos algo nuestro, perdiendo, sin más. Era otro gesto, uno de tantos, en el camino de la búsqueda de la tierra prometida que el anhelo democrático parecía asegurarnos.
Transitando por ese sendero, arriesgando cosas propias sin pantallas ni coartadas, me vi 5 años más tarde en la circunstancia de organizar la primera campaña electoral en libertad en un partido que creía democrático en una pequeña circunscripción de provincias. No hay que tener muy en cuenta esos “pequeños” errores de percepción, que son cosa tan harto frecuente. ¡Apariencias y realidades se confunden con tanta facilidad! [por ejemplo, qué escasos son los “voceros” -de aquellos que hoy en día se hacen oír en los abundantes foros de la plaza pública en los que cada uno propala sus monólogos -, que distingan la condición de ciudadano de la de súbdito…].
Ese compromiso, vivido como imperativo ético, cesó cuando creí conseguido el anhelo de que finalmente nuestras formas de convivencia colectiva iban a ser, de una vez por todas, similares a las Francia, UK o Alemania.
Jamás pensé, como lo hago ahora, que esa democracia advenida pudiera estar corrompida en su misma raíz. No creo que nadie con un mínimo de sensatez pueda negar que atisbamos un final de ciclo abarrotado de incertidumbres, inmersos en una enorme crisis con rasgos propios en lo institucional, en lo económico y en lo político, e imbricada con otra crisis de ámbito continental derivada del modo en el que esa vanguardia bifronte que acarrea tras sí un pasado de conflictiva historia de vecindad, Francia y Alemania, se han aplicado a “construir” Europa.
En su lugar me dediqué a mi trabajo como profesor de enseñanza media, trabajo en el que, por mi modo de sentir(lo), he tratado de instruir para la libertad con los ingredientes del esfuerzo, el trabajo y el aprovechamiento de nuestras dotes naturales. Repetir la guía con la que me he forjado y en la que creo; no comprendo otra forma posible, y honesta a la vez, de enseñar. Con la sensación que se acrecienta cada día, mejor sería hablar de convicción irrevocable, de que este enfoque es pura marginalidad en la circunstancia presente.
Creo ver como el adoctrinamiento, sucedáneo del más genuino propósito del hecho de transmitir saber, se expande sin freno y que su único resultado posible es el sometimiento.
Veo como se denigran irresponsablemente los más elementales supuestos de la convivencia democrática, como el griterío sustituye al diálogo sereno, la consigna al razonamiento, el maniqueísmo a la concesión de la parte de razón que le pueda asistir al otro.
Son conductas propias de quienes convocan movilizaciones sin arriesgar a cambio nada propio, sustituyendo la algarada por el debate democrático porque, decididamente, solo confían en las urnas cuando estas favorecen sus designios.
Adultos que abocan al deterioro de la convivencia civilizada, desconocedores de lo mucho que de valioso aporta.
Adultos que sin el menor reparo se prevalen de su situación para manipular y animar conductas acordes con su totalitaria verdad.
Adultos decididos a recorrer un nuevo sendero que, inexorablemente, nos conduce al sometimiento.
Y cuando este se instala las categorías que se establecen son bien determinadas: quienes someten y quienes están sometidos. Civilización o barbarie. No hay más.

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