Edmund Burke, “Reflexiones sobre la revolución en Francia”.
En el último de los encuentros del programa de formación de la Fundación Burke nos marcamos como propósito intelectual el análisis de la lectura “Reflexiones sobre la Revolución en Francia”, (…)
En el último de los encuentros del programa de formación de la Fundación Burke nos marcamos como propósito intelectual el análisis de la lectura “Reflexiones sobre la Revolución en Francia”, el ejercicio no pudo ser más delicioso, ni el resultado más fructífero. A nadie se le escapa que la obra es la cumbre del pensamiento de nuestro santo patrón -si nos permiten la expresión-, Edmund Burke. Verdadero founding father del pensamiento conservador moderno aunque por insuperable, calificarlo como clásico quizá le haría más justicia.
El genial dublinés fue estudiado desde un doble plano: por un lado, su concepción acerca de las formas de la comunidad política y la nueva concepción de los derechos; y por otro lado, su profunda visión acerca de la naturaleza de hombre y la incidencia de ésta en el actuar político.
E.Burke observó con terror el omnímodo poder que se concentraba en la autoproclamada Asamblea Nacional de Francia. Nada hay en el cielo ni en la tierra qué pueda tener control sobre ella. Rechazaba la nueva acepción de la soberanía popular pues entendía que ésta era reflejo de una nada deseable democracia pura sin contrapesos. El pueblo impondría sus objetivos de forma totalizante, rechazando todo oposición ideológica, y estableciendo como medida de lo justo y lo injusto su propia voluntad. Ello conllevaría a la desaparición de la responsabilidad y seguidamente a la desaparición de la libertad a manos de la voluntad general. Para el irlandés la soberanía residía en la Ley que tenía como causa origen el Principio Divino. El gobierno mixto propio de la Constitución inglesa, en cambio, era ejemplo de la soberanía y gobierno limitados: el Rey junto al Parlamento -Lores y Comunes- en comunión con una Iglesia institucionalizada.
La Constitución Histórica de Inglaterra es la única garantía de libertad, pues aquella, era obra de la experiencia y la razón de generaciones, no el artificio de un solo hombre. Una obra de los antiguos que responde a un momento original que no puede ser superado por las generaciones posteriores.
Otra de las claves del pensamiento burkeano es su oposición a las abstracciones. Atacó la Declaración de los Derechos del Hombre formulada por los philosophes pues supo ver que tales supuestos derechos, más bien respondían a falsas ilusiones inoperables. Su indeterminación conllevaría a una indignación exaltada del pueblo pues quien tiene derecho a todo lo quiere todo, y terminaría provocando la expansión nivelatoria del Estado. A ello le opone unos derechos naturales sencillos pero reales: derecho a que se haga justicia, derecho al fruto del trabajo, derecho a poseer lo que adquirieron sus padres, al consuelo en la muerte. Frente a la libertad total revolucionaria, una libertad limitada que se pueda alcanzar en comunidad.
El sabio irlandés no era un frío teórico, amaba al hombre, y siempre se propuso escudriñar qué guardaba en su alma. Su naturaleza y la de la comunidad son reflejo de lo que nominamos de forma muy llamativa “Las Cinco Pes”: Piedad, Prudencia, Prescripción, Prejuicio, y Propiedad.
Los hombres gozan de una naturaleza y una dignidad común al ser imagen del Padre, por ello las naciones poseen leyes morales universales. Burke detesta la arrogancia de los revolucionarios pues sabe que las sociedades se sostienen mediante delicados equilibrios. De este modo, considera irremediablemente destructivo que el legislador haga carte blanche con la tradición heredada. Ante una política de innovación horneada en los moldes de los sofistas, ajena a la experiencia práctica, debe instarse una política de conservación y corrección fruto del sentido común.
Uno de los aspectos más ilustrativos de la obra es su defensa del Prejuicio. Hoy en día el linchamiento mediático que soportaría sería insoportable, sin embargo, este planteamiento políticamente incorrecto acerca del Prejuicio nos muestra otra visión al respecto: El prejuicio es algo que se aplica cuando nos hallamos ante situaciones de emergencia; de antemano pone a la mente en una vía segura de prudencia y virtud y no le deja al hombre en la duda cuando tiene que tomar una decisión. En otras palabras, nos hallamos ante el hábito de una virtud fruto de la costumbre común que nos permite guiarnos en la encrucijada. La locura metafísica como él descriptivamente la llamaba, conducía al hombre y a la comunidad a decisiones artificiales productos de la imaginación, a la abolición del pasado. En oposición, delinea el principio de Prescripción, por el que el hombre, observa Burke, actúa con conocimiento del pasado y de la costumbre. De este modo las naciones no se enfrentan a situaciones sin asideros a los que agarrarse, sino que, con los ojos puestos en el pasado son capaces de buscar la prosperidad del futuro.
Como cierre al desmenuzado estudio, no podía faltar la Propiedad. Ella es defendida esencialmente como un elemento de estabilidad y libertad. Su defensa y transmisión es indispensable para la supervivencia de la comunidad, siendo al mismo tiempo, un dulce y honrado fruto al esfuerzo del hombre.
En la segunda parte de nuestra reunión no íbamos a abandonar el mundo anglosajón. Tuvimos el placer de que nos acompañara nuestro amigo, Vicente Miró, investigador y miembro de la Catholic Record Society. La emocionante disertación versó acerca de los criptocátolicos y en especial, la figura de William Shakespeare. Retrocedimos un par de siglos más para observar las convulsiones de la Inglaterra Tudor. La ruptura con Roma provocada por la Supremacy Act (1534) revolvió el orbe cristiano dando lugar al bloque de la reforma. La tesis expuesta defendió que sin el apoyo inglés, las posturas rupturistas adoptadas por unos pequeños estados alemanes podrían haber sido reconducidas. En clave interna, la política represiva de Enrique VIII y la muy sanguinaria de Isabel I, llevó a miles de católicos al martirio. Otros fueron capaces de permanecer ocultos en la ambigüedad, pero dentro su lealtad, como todo parece indicar que fue el caso del escritor inglés.
Íbamos despachando la tarde y en un clima más relajado, tomando café, extraíamos una esperanzadora conclusión. ¿Nos ofrece el pensamiento de Burke unas coordenadas para el mundo presente? Parece que los jacobinos y su doctrina armada han triunfado, las profecías sobre academias convertidas en patíbulos se han cumplido, la ética de la vanidad y el endurecimiento de los corazones han transformado al hombre. Pero no se le puede permitir al hombre odiarse demasiado. Burke nos ofrece un tesoro que ha sido convenientemente ocultado, sólo hemos de redescubrirlo. Es actual pues no nos hemos acercado a él. Sus principios permanecen vigentes pues son sencillos, permanentes, y universales. Ahora sólo nos toca abrir ese pequeño cofre y mostrarlo a todos.
Este texto forma parte del trabajo realizado durante el Plan de Formación de la Fundación Burke.

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