El último keynesiano
A poco de nacer como disciplina la bautizaron como ‘la ciencia triste’, y unos siglos más tarde podemos calificarla confiadamente en una triste ciencia. Entiéndanme, muchos de mis mejores amigos (…)
A poco de nacer como disciplina la bautizaron como ‘la ciencia triste’, y unos siglos más tarde podemos calificarla confiadamente en una triste ciencia. Entiéndanme, muchos de mis mejores amigos son economistas (que es lo que suele decirse cuando uno va a poner un colectivo como no digan dueñas); pero creeré que la economía es una ‘ciencia’ al nivel de la física cuando haya cinco opiniones distintas e igualmente válidas sobre la Ley de la Gravedad. Difícilmente podremos hablar de ciencia cuando el Nobel lo gana igual Friedman que Galbraith. O Krugman. Paul Krugman es el sumo sacerdote de un culto agonizante y, paradójicamente, este es el secreto de su éxito.Como el agente Mulder de Expediente X, un Occidente yonqui quiere creer que el Estado del Bienestar no ha sido la pirámide financiera a lo Madoff que se está revelando, que la cornucopia de bienes y servicios gratis, de ‘derechos’ en constante expansión sin deberes recíprocos, de reivindicaciones que siempre se consiguen bajo la amenaza del revés en las urnas, sigue funcionando a todo gas.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los gobiernos encontraron un economista listo que les decía exactamente lo que querían oír: ¡Gastad, gastad, malditos! John Maynard Keynes había descubierto la máquina del movimiento continuo, el modo de salir de toda crisis endeudándose hasta las cejas. ¿Y a largo plazo? “A largo plazo estamos todos muertos”, respondía el británico, entre irónico y despectivo.
Y tenía razón en lo que respecta a él mismo, pero el largo plazo ha llegado y a muchos nos pilla vivos. Han acabado los días de vino y rosas, estamos en plena resaca y el camarero nos trae una cuenta interminable que ya no podemos seguir endosando a las generaciones futuras.
Pero no se le puede decir a una ciudadanía a la que se le ha prometido desde pequeñitos que tienen derecho a todo completamente gratis que es hora de aplicarse el lema de la medalla del amor: dar más y pedir menos. Por eso amamos a Krugman, que nos asegura que estamos a un terremoto, una guerra o -su mayor perla- una invasión extraterrestre de una magnífica recuperación.
Krugman es el Lyssenko de la economía occidental. Le compramos su diagnóstico porque los demás médicos nos lo ponen muy negro y nos quieren quitar de beber, de fumar y de lo otro, y este simpático y algo excéntrico galeno de barba académica nos da una palmadita en la espalda y nos recomienda que pasemos de un paquete diario a dos y que lo que nos pasa es que no agotamos la petaca.
Publicado en Intereconomía

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1 comentario a “El último keynesiano”
By Juan Carlos Lesmes on Jun 11, 2012 | Responder
“Los periodos largos son una guía engañosa para los temas de actualidad. A largo plazo estamos todos muertos.”
Correcto!!! Keynes dijo eso, muy bien…. pero también dijo otras cosas respecto a las épocas con tasas de desempleo bajas….no?