Cuando ya hemos pasado el Cuatro de Julio, la campaña electoral presidencial sigue en pleno auge. John McCain está decidido a luchar por los Estados más competitivos en noviembre.
Artículos en ‘American Review’
Por segunda vez en un año el candidato republicano a la Casa Blanca cambia a su jefe de campaña. No es de extrañar.
Sean quienes sea los elegidos, deberán equilibrar sus respectivos tickets electorales y contribuir con cualidades específicas a los perfiles de Obama y McCain.
Dejando de lado su familia, padre y madre poco o nada convencionales, de los que él no es responsable aunque haya mamado su peculiar forma de vida, ideas y valores, Obama tiene un lado muy oscuro: sus peligrosas amistades.
Thomas Malthus lleva 170 años muerto, pero la falacia Malthusiana - la siniestra convicción de que el crecimiento de la población humana lleva al hambre, las escaseces y a un medio ambiente devastado - desafortunadamente goza de buena salud.
Con los americanos echando humo por la gasolina a 4 dólares y ExxonMobil informando de ingresos de casi 10.900 millones de dólares en el primer trimestre del año, la tentación de hablar de manera ostentosa sobre beneficios “obscenos” y compañías petroleras “codiciosas” es algo a lo que muchos políticos no pueden resistirse.
El hombre que cuatro cortos años atrás se dirigió a la Convención del partido Demócrata como un poco conocido senador por Illinois, volverá a hacerlo este mes de agosto como el elegido por su partido para ser presidente. Es el ascenso más rápido en la historia de la República: no está mal para el hijo de un pastor de cabras de Kenia.
McCain tiene una gran oportunidad para vencer en las elecciones presidenciales de noviembre. Es cierto que la lucha Obama-Hillary puede favorecerle pero también es cierto que este enfrentamiento puede derivar en consecuencias menos positivas.

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