El Gobierno ha querido comenzar el año cual Superman, vendiendo la presidencia de la Unión Europea como el reconocimiento colectivo y mundial de la potencia de la España de Zapatero. Pura ficción, como Clark Kent.
Artículos de Rafael L. Bardají
El presidente norteamericano, Barack Hussein Obama (ahora que ya se puede decir su segundo nombre desde que él mismo lo vendiera en El Cairo la semana pasada), no sólo está todavía al principio de su carrera, sino que le ha cogido el gusto a eso de los principios. Y no me refiero a valores, sino a comenzar todo desde cero.
Pues bien, sus esperanzas parecen desvanecerse. No sólo Irán no ha respondido a las ofertas lanzadas desde Washington, sino que el líder supremo de la revolución, el ayatolá Ali Jamenei, acaba de hacer público su apoyo a Ahmadineyad, justo el candidato que Obama quería ver desaparecer.
Dicen que los buenos presidentes americanos hacen la transición desde sus promesas electorales a las realidades de gobierno en sus cien primeros días de estancia en la Casa Blanca, pero que los mediocres tardan bastante más, y que los malos no la hacen jamás.
La Casa Blanca lo ha negado, pero cualquiera que lo desee lo puede ver y comprobar una y otra vez en Youtube: cuando se cruzan en uno de las antesalas de la reunión del G-20 en Londres, el apenas estrenado presidente norteamericano Barack H. Obama toma de la mano al rey saudí Abdulá bin Azdulaziz al mismo tiempo que inclina su cabeza y hace una genuflexión.
Esta semana se cumplen los primeros cien días del nuevo presidente americano, Barack Hussein Obama. En contra de los anhelos de la comunidad internacional que recibió su victoria como la venida de un nuevo mesías a la Tierra, aún no ha obrado milagro alguno y el mundo sigue tan mal, si no peor, que con su antecesor, el pérfido George W. Bush.
Las civilizaciones, decía Toynbee, raramente mueren por obra de sus enemigos externos, sino que sucumben por causas endógenas. Y tenía razón. Sólo que a veces hay civilizaciones que, a la hora de suicidarse, necesitan un empujoncito.
Vivimos días oscuros. La izquierda manipula las palabras hasta dejarlas sin sentido; la derecha se parapeta ante la nueva ofensiva anti-liberal, alimentada por la actual crisis económica global; sólo unos pocos son capaces de defender con claridad y entusiasmo los viejos principios que dan sentido a lo que hemos sido, lo que somos y lo que debemos ser.
La lectura de este libro es un buen ejercicio para deshacerse de unos cuantos clichés que se nos han ido inculcando a lo largo de los años y que sólo sirven para apasionarnos a favor de unos y en contra de otros, pero que no añaden más que ofuscación intelectual y miopía interpretativa de una realidad rica, compleja y que se desenvuelve en parámetros que desafían a nuestras mentes, formadas en el más puro racionalismo cartesiano.
Chuck Norris es un actor. Y como todo actor, también un activista político. Sólo que de signo contrario a lo que impera en Hollywood y en los premios Goya. Y es que Chuck Norris no es de izquierdas, ni progre. Es un auténtico conservador, y con este libro nos deja claro qué haría si él fuera presidente.

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