Por segunda vez en un año el candidato republicano a la Casa Blanca cambia a su jefe de campaña. No es de extrañar.
Artículos de Rafael L. Bardají
Dejando de lado su familia, padre y madre poco o nada convencionales, de los que él no es responsable aunque haya mamado su peculiar forma de vida, ideas y valores, Obama tiene un lado muy oscuro: sus peligrosas amistades.
Mañana sábado se reunirá el comité del partido demócrata encargado de dilucidar si los delegados de Michigan y Florida son finalmente tenidos en cuenta en sus primarias.
La derecha institucional nunca ha sido muy buena en el llamado “debate de las ideas”. A menudo, la partitocracia no sólo ahoga los espíritus innovadores, sino que alimenta la reiteración de consignas y favorece la palabrería por sobre todas las cosas. David Frum, antiguo speechwriter de Bush Jr., fellow en el terrible American Enterprise Institute, ese nido de malditos neocones, viene a recordarnos en su más reciente libro que, sin ideas, la del conservadurismo es una batalla perdida.
El conservador auténtico es un individuo que está dispuesto a defender sus principios y valores a capa y espada incluso en las circunstancias más adversas. Michael Gerson, el speech writer que ha producido tal vez los discursos más inspirados del presidente George W. Bush, realiza en Heroic Conservatism un verdadero tour de force para arrojar luz sobre las tinieblas, para que el idealismo venza al pesimismo; para colocar al conservadurismo, esa palabra tan extraña a nuestra cultura política, en el lugar que se merece.
John Bolton, ex subsecretario para Asuntos de Desarme (2001-2005) y ex embajador de EEUU ante las Naciones Unidas (2006-2007), ha sido durante mucho tiempo la bestia parda de la diplomacia americana. Tenía críticos entre sus propios funcionarios y hasta entre sus compañeros de Administración: muchos no soportaban que fuera una persona de fuertes convicciones conservadoras interesada en hacer que sus principios prevalecieran en la política exterior de Bush. Neoconservador, halcón, ideólogo son algunos de los epítetos que le colgaron
Los neoconservadores no son un producto típicamente norteamericano. También los hay en España. Pero no hay por qué asustarse. A quienes así se nos llama, normalmente con el propósito de insultarnos o descalificarnos sin más, no tenemos cola puntiaguda, no llevamos un tridente ni tampoco apestamos a azufre. Es más, no nos consideramos merecedores de ser pasto de las llamas eternas del infierno. Los neocon son, simple y llanamente, como suele decir mi amigo Manolo Coma, “unos realistas con principios”.
Sólo una vez estuve con Kofi Annan mientras éste fue secretario general de la ONU. Pero me bastó: si no es necesario, no hay por qué soportar ese cinismo suyo, amortiguado por su voz meliflua.

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