Las civilizaciones, decía Toynbee, raramente mueren por obra de sus enemigos externos, sino que sucumben por causas endógenas. Y tenía razón. Sólo que a veces hay civilizaciones que, a la hora de suicidarse, necesitan un empujoncito.
Artículos de Rafael L. Bardají
Vivimos días oscuros. La izquierda manipula las palabras hasta dejarlas sin sentido; la derecha se parapeta ante la nueva ofensiva anti-liberal, alimentada por la actual crisis económica global; sólo unos pocos son capaces de defender con claridad y entusiasmo los viejos principios que dan sentido a lo que hemos sido, lo que somos y lo que debemos ser.
La lectura de este libro es un buen ejercicio para deshacerse de unos cuantos clichés que se nos han ido inculcando a lo largo de los años y que sólo sirven para apasionarnos a favor de unos y en contra de otros, pero que no añaden más que ofuscación intelectual y miopía interpretativa de una realidad rica, compleja y que se desenvuelve en parámetros que desafían a nuestras mentes, formadas en el más puro racionalismo cartesiano.
Chuck Norris es un actor. Y como todo actor, también un activista político. Sólo que de signo contrario a lo que impera en Hollywood y en los premios Goya. Y es que Chuck Norris no es de izquierdas, ni progre. Es un auténtico conservador, y con este libro nos deja claro qué haría si él fuera presidente.
Pero Occidente no morirá por su economía ni por sus burbujas. Eso sólo nos empobrecerá y disminuirá nuestro peso en el mundo. De morir será por una cultura que se complace con el suicidio asistido.
Por segunda vez en un año el candidato republicano a la Casa Blanca cambia a su jefe de campaña. No es de extrañar.
Dejando de lado su familia, padre y madre poco o nada convencionales, de los que él no es responsable aunque haya mamado su peculiar forma de vida, ideas y valores, Obama tiene un lado muy oscuro: sus peligrosas amistades.
Mañana sábado se reunirá el comité del partido demócrata encargado de dilucidar si los delegados de Michigan y Florida son finalmente tenidos en cuenta en sus primarias.
La derecha institucional nunca ha sido muy buena en el llamado “debate de las ideas”. A menudo, la partitocracia no sólo ahoga los espíritus innovadores, sino que alimenta la reiteración de consignas y favorece la palabrería por sobre todas las cosas. David Frum, antiguo speechwriter de Bush Jr., fellow en el terrible American Enterprise Institute, ese nido de malditos neocones, viene a recordarnos en su más reciente libro que, sin ideas, la del conservadurismo es una batalla perdida.
El conservador auténtico es un individuo que está dispuesto a defender sus principios y valores a capa y espada incluso en las circunstancias más adversas. Michael Gerson, el speech writer que ha producido tal vez los discursos más inspirados del presidente George W. Bush, realiza en Heroic Conservatism un verdadero tour de force para arrojar luz sobre las tinieblas, para que el idealismo venza al pesimismo; para colocar al conservadurismo, esa palabra tan extraña a nuestra cultura política, en el lugar que se merece.

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