"The great enemy of the truth is very often not the lie —deliberate, contrived and dishonest— but the myth —persistent, persuasive and unrealistic—"
John F. Kennedy

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Edmund Burke, padre del pensamiento conservador moderno

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Edmund Burke nace en Dublín, Irlanda, el 12 de enero de 1729 de padre anglicano y madre católica. Junto con su hermano Richard es educado como anglicano para que pueda, en el futuro, acceder a la carrera pública. De 1743 a 1748 estudia artes liberales en el Trinity College de Dublín, frecuentando los textos de autores clásicos griegos y latinos, como Cicerón y Aristóteles. Sin duda, la cercanía con la retórica y el pensamiento de cada uno de ellos, ejercieron una profunda influencia sobre el futuro parlamentario. De hecho, el mismo Burke es considerado como uno de los mejores prosistas en lengua inglesa y de filosofía política. Un poco más tarde, en 1750, estudia Derecho en el Middle Temple. Pronto no obstante, harto del pragmatismo materialista y de la metodología mecanicista de que está imbuida la enseñanza, contrariando al padre, la abandona y se vuelca en la carrera literaria.

Tres grandes obras

En mayo de 1756 escribe Vindication of Natural Society, obra que proporcionó a Burke una temprana fama. En ella se encuentra un anticipo del ataque, que ya en sus últimos años, lanzaría contra Rousseau. Según el argumento que Burke mantendría a lo largo de toda su vida, el hombre no está completo hasta que no se convierte en un individuo plenamente civilizado. Perfecciona su naturaleza cuando se desenvuelve en una cultura y un orden social. Por el contrario, en estado salvaje, dicho perfeccionamiento encuentra muy pocas posibilidades de llevarse a cabo.

En este sentido, Burke nadó a contracorriente por el mar de su tiempo, defendiendo que la religión “natural” llevaría al individuo a una anarquía espiritual y moral. Y lo hizo convencido de que tanto en las cuestiones espirituales como en las materiales necesitamos de la autoridad adecuada, de la sabiduría de nuestros antepasados, y de las instituciones que se han desarrollado con mucho esfuerzo a lo largo de siglos, por hombres que trataron de buscar los medios oportunos para conocer a Dios y para vivir rectamente consigo mismos y con sus congéneres.

Resulta esclarecedor que a lo largo de su carrera política, sus adversarios trataron de utilizar el contenido de esta obra para atacarlo, alegando que había insultado gravemente a la Iglesia y al Estado. Una acusación sorprendente para todo aquel que conociera a Burke. Lo que parece claro es que ninguno entendió que esta obra maestra de la ironía era el trabajo de un hombre que bebía de la cosmovisión cristiana y que se sentía heredero de la tradición; un hombre que era el más formidable defensor de las instituciones políticas. Pese a ello, en la segunda edición de la obra, a Burke le pareció oportuno declarar que la había escrito de forma irónica. De esta confusión, provienen los esfuerzos de algunos “anarquistas filosóficos” del siglo XX por considerarlo como un adalid de una sociedad “natural” y anárquica, que son completamente absurdos.

El 12 de marzo de 1757 se casa con Jane Nugent. Y en abril del mismo año da a la imprenta A Philosophical Inquiry into the Origin of Our Ideas of the Sublime and Beautiful. Escrita originariamente en el Trinity College, fue elogiada por muchos críticos. De nuevo el joven Burke se separaba de lo políticamente correcto, rompiendo con el clasicismo del siglo XVIII. De acuerdo con los criterios de las mentalidades afines de su tiempo, disentía de los sistemas apriorísticos de los philosophes franceses. El mundo, tal como lo veía Burke, era un lugar en el que se daba lo maravilloso y lo oscuro, y no una construcción racional.

En todas las obras de Burke es posible encontrar grandes dosis de sabiduría. Burke sostenía que sólo podemos conjeturar el futuro a través del conocimiento del pasado; y en lo que toca al presente, anticipaba -aunque de forma más sucinta- el aforismo de Santayana de que aquellos que ignoran el pasado están condenados a repetirlo. Estaba convencido de que la historia era un archivo actualizado de la Providencia, por más misteriosos que a menudo sean los caminos que Dios tiene dispuestos para nosotros. Como le hacía notar a William Robertson -un historiador más prolífico pero menos dotado de su tiempo- el fallo de los hombres públicos al leer la historia hace que ésta consista, en gran medida, en meros juicios históricos sobre los hechos del parlamento.

Burke solía establecer sus argumentos partiendo de la circunstancia para llegar al principio. Es decir, veía las cosas y los hombres, y entonces buscaba principios generales que se pudiesen aplicar a los problemas existentes. Es posible que la observación que Burke llevó a cabo en Irlanda le llevara a la filosofía política que expresó con fuerza antes de abandonar la Cámara de los Comunes. “El mal gobierno debiera hacer pensar sobre lo que tal gobierno debería ser -encuadrando inevitablemente su pensamiento político en la categoría de teoría política-, antes que permitir que se quede a un nivel más bajo, en el que sólo se traten las cosas que se refieren a pequeños problemas”.

En 1790 publica su pieza más brillante, Reflexiones sobre la Revolución Francesa. Tras echar un primer vistazo, puede parecer un libro poco comprometido. Sin embargo, nada más lejos de la verdad, ya que en la obra Burke “se enrosca en torno a su tema como una serpiente”. En ella combina los acontecimientos con los principios, y, además, maneja un espléndido lenguaje figurado con aforismos profundamente prácticos. Durante toda su vida detestó las “abstracciones”, es decir, las nociones especulativas que no se asientan en la historia o la experiencia concreta de la realidad. Lo que Burke hace en este libro es, pues, establecer un sistema de “principios” que él entiende como verdades generales rescatadas de la sabiduría de nuestros antepasados, de la experiencia práctica, y del conocimiento del corazón humano. Nunca se deja arrastrar por la filosofía “pura”, porque no admite que el estadista tenga ningún derecho para mirar al individuo como un ser abstracto, sino como un hombre concreto en una circunstancia concreta.

Un hombre de principios

Tanto en América, como en Inglaterra, la India y Francia, la falta de justicia irritaba a Burke. Los años que pasó en el castillo de Dublín le mostraron cómo deben mantenerse adecuadamente equilibrados el orden y la libertad, a fin de que todo pueda salvarse. Los asuntos de Irlanda se convirtieron en el microcosmos de su visión política.

Edmund Burke nunca temió enfrentarse a los poderosos, defender a los débiles, ni oponer a los intereses establecidos su preclaro talento. Se mantuvo siempre activo, recordando en todo momento que “para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada”. Fue el más brillante defensor de los oprimidos católicos y, frecuentemente, de los disidentes. Insistió, mientras ocupó un puesto relevante en la Cámara de los Comunes, en que las colonias americanas poseían los derechos de los ingleses y también las costumbres y normas adquiridas en su experiencia colonial. Se opuso firmemente a toda política que pretendiera reducir sus libertades, centralizar la autoridad en la Corona o reducir las prerrogativas del Parlamento.

Defendió siempre que la religión era el mayor bien del hombre, que el orden establecido era la necesidad principal de la civilización, que los bienes hereditarios eran el puntal de la libertad y la justicia, y que el conjunto de creencias que solemos llamar “prejuicios” constituyen el sentido moral de la humanidad. Daba la sensación, por todo ello, que Burke se enfrentaba a los revolucionarios como un hombre que, de repente, se encontrase rodeado de ladrones.

Falleció el 9 de julio de 1797 en su casa de campo de Beaconsfield, Inglaterra, siendo el iniciador de un movimiento conservador tal y como lo entendemos hoy.