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Jaime Balmes

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Vida

Jaime Luciano Balmes Urpiá nace en Vic, el 28 de agosto de 1810. De familia humilde y madre severa que, como en tantos hogares difíciles, ha de contener su ternura. Entre 1817 y 1826 realiza estudios elementales, filosóficos y teológicos en el seminario de su ciudad natal. De allí pasa a la Universidad de Cervera con una beca concedida por el obispo Corcuera para efectuar estudios de Teología y Derecho. Se licencia en 1833 y hasta 1840 permanece en Vic, salvo breves ausencias, dedicado a su misión sacerdotal y a su cátedra de matemáticas, así como a sus estudios de filosofía e historia. A partir de este año su vida se convierte en un torbellino de actividad repartida entre el estudio, la publicación de sus numerosas obras, la fundación y dirección de revistas y la acción política. De 1840 a 1844 reside en Barcelona, donde colabora en las revistas La Religión y La Civilización y funda y dirige La Sociedad (escrita casi completamente por él solo). Entre 1844 y 1848 intensifica su acción política. Balmes es partidario de una política alejada de intereses de grupo o clase, que coloque los intereses nacionales por encima de los particulares. Enemigo de dictaduras, se pone frente a Espartero y Narváez, a los que combate en sus escritos. Es favorable a una aproximación mayor de España a Europa y de restablecer las relaciones con el Vaticano después de reparar las consecuencias de las leyes de desamortización. Esencialmente monárquico, su empeño principal fue la unión de liberales y carlistas por medio del matrimonio de la reina Isabel II con el conde de Montemolín, hijo del pretendiente Don Carlos. Para eso se traslada a Madrid y funda El pensamiento de la Nación e inspira la fundación de El Conciliador, que dirige su amigo, el mallorquín Quadrado. Junto a la actividad periodística, crea un partido político: el Monárquico nacional, que consigue amplia representación parlamentaria. Alterna esta actividad en España con viajes al extranjero, en parte para preparar la edición de sus obras, que pronto son conocidas y traducidas a la mayor parte de idiomas europeos. Es elegido miembro de la Real Academia Española y de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona. Finalmente, la reina contrae matrimonio con su primo el infante Don Francisco de Asís, acabando los intentos de Balmes en un completo fracaso. En 1848, después del fiasco de sus más queridos anhelos políticos, se retira a Vic, donde muere poco después.

Pensamiento

En Balmes se une el filósofo y el político. La preocupación de sus reflexiones le lleva a unir la verdad práctica y la especulativa. Aunque Las circunstancias exigieron a nuestro intelectual un servicio de urgencia, la filosofía balmesiana presenta una proyección realista y vital, propia de los grandes pensadores de todos los tiempos. Frente al idealismo, el krausismo, el positivismo y kantismo de la época, Balmes es el filósofo de la unidad y de la sensatez. Formado en el tomismo, pregunta: “¿De qué sirve discurrir con sutileza o con profundidad aparente, si el pensamiento no está conforme a la realidad?”, y al terminar el libro I de su Filosofía fundamental declara: “No quiero estar reñido con la naturaleza. Si no puedo dejar de ser filósofo sin dejar de ser hombre, renuncio a la filosofía, y me quedo con la humanidad“.

A Balmes se le conoce como el filósofo del sentido común, digno heredero de clásicos españoles como Luís Vives, que prefiere la verdad a la originalidad y la razón práctica a las sutilezas estériles. Y es precisamente esta actitud de unidad y sensatez la que lleva a Balmes a meterse en política. Contemplando las luchas civiles, la crónica inestabilidad del Trono, el desequilibrio de un pueblo que no encaja en los nuevos moldes políticos y que no puede volver a los antiguos, Balmes decide intervenir en la plaza pública para predicar los grandes principios y fijar la mirada en los verdaderos problemas nacionales. Por otra parte, su estilo realista le hace comprender que no hay una panacea para todos los males, que en la vida de las sociedades, como en la de los individuos, hay que resignarse a una mezcla incómoda de bien y mal. Este es un rasgo que le distinguen de Donoso Cortés, De Bonald y De Maestre. Ni su monarquismo es tan arrebatado, ni su visión de la democracia rezuma resentimiento o desprecio del pueblo, ni mezclará los valores religiosos con los políticos. Balmes siempre tratará de conciliar discrepancias y de ahincar en todo aquello que pueda ser factor de unión. Su referencia será Sto. Tomás y los grandes teólogos españoles; el catolicismo, el amor a la tradición y la fidelidad a las instituciones monárquicas no los bebe de fuentes extranjeras. Balmes recurre a la tradición de un modo vital y constructivo. Porque para él la tradición no es una ideología abstracta ni un complejo de instituciones clavado de una vez para siempre en la trayectoria de un pueblo, sino el impulso interno que creó esas instituciones y sigue siendo capaz de amoldarlas a través de la historia, y de crear otras nuevas. Frente a los contrarrevolucionarios franceses, demasiado cercanos de la Revolución, Balmes contempla más sereno la realidad y sus perspectivas, confirmando la clásica doctrina española: la distinción entre poder absoluto y arbitrario, la necesidad de que la constitución sea una estructura basada, por un lado, en principios universales y, por otro, en la idiosincrasia y coyunturas de cada pueblo, la necesidad de que la religión, lejos de quedar circunscrita a la esfera individual, penetre e inerve las instituciones sociales.

Como todos los clásicos, la reflexión política del Balmes asume la sociabilidad humana como un apetito natural de comunicación y convivencia, y no la reduce a un mero interés de transacciones económicas. Basándose en dicha doctrina, reacciona contra el pactismo rusoniano y trata de descifrar las anomalías y paradojas de la realidad política española de su tiempo. Se pregunta: ¿Es España un país turbulento? Su análisis revela que la revolución está en los propios gobiernos, en los equipos dedicados al asalto del poder. En 1844 declara: “Las lecciones de moderación, de sensatez, de previsión, suben de abajo arriba; los pueblos las dan a los gobiernos. La anarquía está en el centro del poder“. Según el filósofo catalán, la anomalía reside en la arbitrariedad de los nuevos regímenes y principios, pues una nación profundamente religiosa se ve de repente gobernada por hombres formados en la Enciclopedia. Y con los nuevos postulados políticos que traen e informan estos hombres, sobreviene la confusión, y ellos hace que unos se desmanden y otros no quieran oír hablar de libertades. Todo lo cual produce la apatía de los mejores y que el país quede en manos de los audaces, produciéndose un divorcio entre los poderes básicos de la nación y los oficiales. El país no se siente representado en el Parlamento como se sentía representado en las antiguas Cortes. Este desarraigo hace que la vitalidad se centre artificiosamente en una política centralista, y que esta traiga consigo la burocracia, calificada literalmente por Balmes de “un vasto sistema de explotación pública. ¿Cuándo nos convenceremos -añade- de que los destinos públicos no son para satisfacer ambiciones, para dar colocación a quien no la tiene, para mostrar gratitud a quien ha dispensado beneficios con un manejo más o menos costoso, más o menos arbitrario?”.

Para Balmes, la solución no es inventar un sistema, sino instaurar con ideas claras y buena voluntad unos principios que habían sido tergiversados y corroídos. Su gran preocupación es concertar lo antiguo con lo nuevo, los principios de la justicia y las instituciones tradicionales con la nueva fisonomía española: “Lo que vosotros pedís a las ideas disolventes, yo los pido a los principios tutelares de toda sociedad, lo que vosotros esperáis de la sola razón, yo lo espero de la razón auxiliada e ilustrada por las creencias religiosas, lo que vosotros os prometéis del hombre solo, yo me lo prometo del hombre conducido por la Providencia“.

Obras

De entre sus numerosas obras destacan: El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea (1842-44), Cartas a un escéptico en materia de religión (1846) y los escritos populares La religión demostrada al alcance de los niños y Conversa d’un pages de la muntanya sobre lo Papa. Su pensamiento filosófico se expone en El Criterio (1845), Filosofía fundamental (1846) y Curso de filosofía elemental (1847). Sus ideas políticas en Consideraciones políticas sobre la situación en España (contra Espartero, 1840) y Escritos políticos (1847). Por las reacciones que provocó es de destacar el trabajo Pío IX (1847), en el que defiende la actuación de este Papa frente a las críticas de que era objeto por parte de muchos católicos. Después de su muerte se publicaron Escritos póstumos (1850), Poesías póstumas (1850) y Calendari Catalil (1905).

Citas

Cuando se considera al hombre dotado de un espíritu inmortal y creado para designios más altos de los que cabe sobre la tierra, cuando el cuerpo y todo lo que a él pertenece es considerado con sujeción a los intereses del alma, entonces no se piensa jamás en los adelantos materiales sin que ocurran al propio tiempos los intelectuales y morales reclamando participación y preferencia, y oponiéndose, si es necesario, al mismo progreso material en lo que tenga de inmoral o envilecedor del espíritu…

La Sociedad. Cap. IV.

Cuando por espacio de mucho tiempo se proclama en medio de la sociedad un principio, al cabo ese principio llega a ejercer influencia; y si es verdadero y entraña, por consiguiente, un elemento de vida, al fin prevalece sobre los demás.”

El Protestantismo. Cap. 28.