Juan Donoso Cortés
Junto con el conde Joseph de Maistre y el vizconde Louis de Bonald, el español Juan Francisco María de la Salud Donoso Cortés, Marqués de Valdegamas, (Badajoz, 1809/París, 1853) forman la tríada de grandes pensadores contrarrevolucionarios del siglo XIX. Donoso fue uno de los más ásperos críticos de la Modernidad y, en particular, de sus reflejos en el ámbito de la teoría y la práctica política.
Estudió derecho en las universidades de Salamanca y Sevilla donde, leyendo las obras de Locke, Condillac, Rousseau y Voltaire, maduró ideas liberales y progresistas. En 1832 se instaló en Madrid, publicó Memoria sobre la monarquía, de inspiración liberal-conservadora, y comenzó su actividad como periodista político, influido por Royer-Collard y otros miembros de la Restauración Francesa. Recibió también una fuerte influencia del filósofo italiano Gianbattista Vico, introduciendo su estudio en lengua española. En 1833 ingresó en la secretaría de Estado e inició su carrera política, que le llevó a ser secretario del gabinete y de la presidencia del consejo en 1836, con el gobierno de Mendizábal. En 1837 fue elegido diputado por Cádiz y en 1840 marchó a Francia, poco antes de que fuese depuesta la regente María Cristina. Donoso se convirtió en hombre de confianza y agente de María Cristina y no volvió a instalarse en España hasta la caída de Espartero, en 1843, como diputado por Badajoz. Apoyó a los isabelinos en la Guerra Carlista y participó en la reforma constitucional de Narváez en 1845. Hacia 1847/48, su liberalismo se fue atenuando en concomitancia con sus vivencias estrictamente personales (el coherente testimonio de un amigo católico y la pía muerte de un hermano suyo) y las experiencias políticas (la expansión de la Revolución a toda Europa, cuyos efectos podrá valorar personalmente en calidad de ministro plenipotenciario en Berlín). Finalmente se convenció del error de las ideologías y de que la única doctrina completamente verdadera es la católica. Desde este momento, Donoso dedicó todas sus energías a denunciar los errores del pensamiento moderno y a afirmar el insustituible papel del catolicismo a fin de preservar el continente europeo del caos y la tiranía.
Donoso Cortés aparece dominado de un único afán; el de rendir testimonio a la verdad sin cortapisas ni acomodos, y esto le llevó a asumir posiciones extremas, más esto no coartó su amplia capacidad de análisis y comprensión de la realidad, que le hacen parecer casi un profeta por su capacidad de prever la historia de una cultura europea encaminada hacia el ateismo y la secularización. El testimonio mas completo de sus concepciones es, junto a su célebre Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, la carta que en 1852 le va a dirigir al cardenal Fornagi, en la que hace un juicio de los principales errores filosóficos y teológicos de la época. Este escrito, que será utilizado por el Papa Pío IX en el momento de escribir el Sillabo, se presenta como un texto rigurosamente lógico y asaz penetrante, capaz de captar con gran lucidez los límites y consecuencias de la ideología liberal y de aquella social-comunista que, justo en aquellos momentos, se estaba formando en Europa. La crítica de Donoso Cortés al liberalismo retoma lo que los hombres de la derecha conservadora y contrarrevolucionaria habían descubierto respecto de la fatal concatenación de las causas y los efectos. El liberalismo de la época fue el medio para allanar los caminos de la revolución; así, Marx y Engels pudieron alabar la función instrumental de destrucción de las instituciones tradicionales precedentes, y advertían con cinismo que “la soga estaba medida” y que “el verdugo aguardaba detrás de la puerta“. El verdugo era la fase siguiente de la subversión -hacia el socialismo y el comunismo- que, suplantando al liberalismo, iba a perseverar y a finalizar la misma labor de zapa. Dentro del socialismo, Donoso supo captar el aspecto de una religión invertida; su fuerza -escribía- reside en el hecho de que contiene una teología, y es destructiva porque se trata de una “teología satánica“.
Donoso presentía la aceleración del ritmo, la llegada del día de las “negaciones radicales y de las afirmaciones soberanas“. Así, la masificación y la destrucción de las antiguas articulaciones orgánicas iban a conducir a formas de centralización totalitaria. En este contexto, Donoso reconoció a la vez el peligro de un nuevo cesarismo en el sentido nocivo de poder informe ejercido, no sobre pueblos, sino sobre masas anónimas, anunciando la llegada del “plebeyo de grandeza satánica“. Donoso hizo una previsión singular si se considera la época en que la formuló: consideraba que Rusia (que entonces era zarista) sería el centro de la subversión mediante la vinculación del socialismo revolucionario con la política rusa (cuestión que se verificaría en el siglo XX con el advenimiento del comunismo soviético). En eso, Donoso coincidía con el gran historiador Alexis de Tocqueville, quien en su ensayo sobre La democracia en América había visto a Rusia como el foco con mayor potencial de subversión.
Seguidor de San Agustín, Donoso juzga realistamente la naturaleza humana y critica con dureza el optimismo racionalista que cree en la bondad innata del hombre, en la rectitud de los instintos, en la positiva autosuficiencia de la razón y en el progreso ilimitado. En el centro de las reflexiones donosianas está el concepto de orden divino, considerado como fundamento de lo creado y de la historia; la naturaleza y la humanidad están sometidas a un conjunto de leyes que las gobiernan y cuya subversión es la causa de los males que afligen al mundo. Según Donoso, el error de las ideologías liberal, socialista y comunista derivan del hecho de que no reconoce ni respetan este orden que, por el contrario, el catolicismo acepta e incrementa. Donoso subraya el gran valor de la libertad humana, que alcanza la plenitud cuando se conforma con los mandamientos divinos y se pervierte en el momento de hacer el mal. El pecado original, que por primera vez alteró el orden querido por Dios, continúa condicionando negativamente al ser humano y a la historia; solo no dándose cuenta de tan dramática evidencia y negando la terrible fuerza del pecado somos incapaces de comprender al hombre y a la historia que, a los ojos del pensador español, está caracterizados por un titánico choque entre el bien y el mal. Por lo tanto, hija del pecado es la revolución, que infringe el orden político, como el pecado individual infringe el orden ético. Hijo del bien es el orden, que debe ser restaurado, pues esto es lo que place a Dios: “Este orden -escribe Donoso- consiste en la superioridad jerárquica de la Fe sobre la razón, de la gracia sobre el libre arbitrio, de la Divina Providencia sobre la libertad humana, de la Iglesia sobre el Estado y, por decirlo de una vez, en la superioridad de Dios sobre el hombre… Solamente en la restauración de los eternos principios en el ámbito religioso y del orden político y social se cifra la salvación de la libertad humana… Estos principios no pueden ser desautorizados si no se les conoce, y no se les conoce sino en la Iglesia Católica“. Moviéndonos en este contexto, Donoso defiende a la institución familiar y la estructura jerárquica de la sociedad. Las profundas motivaciones teológicas rodean sus certezas políticas, convencido como está que los errores de los modernos derivan del desconocimiento de las verdades religiosas predicadas por el cristianismo.
Resulta innegable la autenticidad de la pasión religiosa de Donoso y su agudeza en el análisis de la realidad social y política. No inmune a exageraciones y viciado de un exceso de radicalismo, el pensamiento de Donoso Cortés encuentra una clara justificación en la situación histórica en que brota; la de una Europa en pleno proceso de descristianización y sublevada por la revolución. Su obra se va a difundir rápidamente e interesar a hombres de calibre de Ranke, Schelling o Metternich, pero algunos años después de su muerte fue prácticamente olvidada en Europa. Su figura será recuperada en un excelente ensayo de Carl Schmitt; Donoso Cortés in gesamteuropäischer Interpetation.
A pesar del éxito que disfrutó en vida, Juan Donoso Cortés no se alejó del empeño de vivir seria y profundamente la Fe cristiana mediante la oración, la ascesis y la caridad hasta que la muerte le alcanzó con apenas cuarenta y cuatros años, en París, el 2 de mayo de 1853.
Cita
“Si en el orden establecido por Dios en el principio consiste toda belleza, y si la belleza, la justicia y la bondad son una misma cosa mirada por aspectos diferentes, síguese de aquí que fuera del orden establecido por Dios no hay bondad, ni belleza, ni justicia; y como estas tres cosas constituyen el supremo bien, el orden que a todas las contiene es el bien supremo. No habiendo ninguna especie de bien fuera del orden, no hay nada fuera del orden que no sea un mal, ni mal ninguno que no consista en ponerse fuera del orden; por esta razón, así como el orden es el bien supremo: el desorden es el mal por excelencia; fuera del desorden no hay ningún mal, como fuera del orden no hay bien ninguno”.
Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851).

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