"El poder del hombre para hacer de sí mismo lo que le plazca significa el poder de algunos hombres para hacer de otros lo que les place."
C.S. Lewis

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Marcelino Menéndez y Pelayo, patriarca del moderno pensamiento conservador español.

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Nacido en Santander, el 3 de noviembre de 1856, en una familia de hondo sentimiento católico, Marcelino Menéndez y Pelayo es el patriarca del moderno pensamiento conservador español. La misión de su vida fue despertar la adormecida conciencia nacional de sus compatriotas rescatando del olvido, cuando no de la maledicencia, las glorias pasadas de la tradición española, que en su época yacían ocultas bajo el peso de cientos de años de leyendas negras. Para ello, Don Marcelino volcó su enorme talento en el desbrozamiento y puesta en orden de todos los aspectos de la cultura española, en una obra que, por su erudición, extensión y penetración intelectual, no tiene equivalente en la historia cultural europea.

Una vida consagrada al conocimiento

De carácter bondadoso y afable, desde temprana edad mostró una extraordinaria inteligencia y memoria, así como la pasión por el conocimiento que nunca le había de abandonar y que al final de su existencia, en 1909, le llevó a afirmar: “Sólo el celo de la verdad me mueve en mis investigaciones, que continuamente estoy rectificando, porque no presumo de infalible”.A los quince años había leído la mayor parte de la literatura latina y al los diecisiete tradujo las tragedias completas Séneca. Al terminar el bachillerato, su padre decide enviarlo a estudiar a la Universidad de Barcelona. Durante su estancia de dos años en la ciudad condal trabó amistad con los propulsores del renacimiento cultural catalán, que por entonces tenía un carácter literario y cultural. Posteriormente estudió en Madrid (doctorándose con premio extraordinario) y Valladolid, donde conoció a Gumersindo Valverde, uno sus mentores intelectuales, quien le inculcó la necesidad de restauración de la cultura española y lo orientó hacia la formación política conservadora de los llamados neocatólicos. En diálogo con Valverde comenzó a gestar La ciencia española, reivindicación de la existencia de una tradición científica española y su Historia de los heterodoxos españoles, un recorrido por la vida espiritual de España desde la llegada del cristianismo hasta finales del siglo xix. Posteriormente, amplió sus estudios en viajes por Portugal, Francia e Italia. Regresó a España con veintidós años y obtuvo la cátedra de Literatura Española de la Universidad Central de Madrid. Con veinticinco años fue nombrado miembro de la Real Academia Española y, un año más tarde, ingresó en la Academia de la Historia. Durante estos años llevó una intensa vida social, la cual no le impidió desarrollar algunos de sus grandes trabajos: Historia de las ideas estéticas en España; cinco tomos donde compendia e interpreta las ideas que sobre lo bello tuvieron los filósofos y escritores españoles a lo largo del tiempo, la edición crítica y prologada de las Obras de Lope de Vega en trece tomos, la Antología de los poetas líricos castellanos, también en trece tomos, que abarca desde el medioevo hasta el Renacimiento; su estudio sobre los Orígenes de la novela en tres tomos y su Antología de poetas hispano-americanos en cuatro tomos. Paralelamente recopiló sus Estudios de crítica literaria, en cinco tomos, y sus Ensayos de crítica filosófica.

Ocupó diversos cargos políticos, como el de diputado conservador en 1884 o el de senador por la Universidad de Oviedo en 1892. Fue elegido director de la Biblioteca Nacional en 1898, y en 1909 director de la Real Academia de Historia. En 1905 se propuso su candidatura para el premio Nobel. Con el paso de los años aumentó su deseo de vivir más tiempo en Santander y fue en su casa paterna donde murió el 19 de mayo de 1912. En el testamento legó su biblioteca personal de 45.000 volúmenes (por entonces la biblioteca privada más grande de Europa) al ayuntamiento de su ciudad natal. El Consejo Superior de Investigaciones Científicas publicó sus Obras completas en 1940, en 65 volúmenes, sin tener en cuenta sus epistolarios y notas. Su paisano, activista católico y Siervo de Dios Ángel Herrera Oria dijo de él: «Consagró su vida a su patria. Quiso poner su patria al servicio de Dios».

Pensamiento político

El trabajo de Menéndez y Pelayo giró en torno a la idea de que lo “flotante y móvil” es la materia histórica, más no el historiador, porque este “no será inconsecuente en los principios si en él están bien arraigados, no lo será en las leyes generales de la historia, ni en el criterio filosófico con que juzgue los sistemas y las ideas, ni en el juicio moral que pronuncia sobre los seres humanos”. Con la misma lógica el polígrafo montañés se declaró en política decidido discípulo de Balmes, esto es, de la aplicación de la filosofía al derecho público, de la interpretación del derecho natural y del sentido común como norma práctica de vida. Vemos como en toda su obra subyace una visión ética y trascendente de la realidad humana. “Recordar al arte de la política su dependencia de la ciencia política; recordar a la ciencia política su dependencia de la ciencia moral; recodar a la ciencia moral su dependencia de la metafísica”, afirmó con su característica vehemencia. Así pues; ciencias humanas, moral, metafísica y teología se encuentran en toda la obra de don Marcelino indisociablemente unidas, constituyendo una acabada síntesis donde estas distintas áreas del saber colaboran en una armónica visión global de la cultura.

Por su concepción del Estado, algunos católicos militantes de la época acusaron a Menéndez y Pelayo de naturalista o aún de peligroso liberal. Debido a las turbulentas corrientes históricas de aquel tiempo, no pocos creyentes llegaron a una especie de liberalismo invertido; a la reducción de la naturaleza, autonomía y bondad propia del orden natural para luego atribuir al Estado funciones religiosas que no le competen. En polémica con ellos, don Marcelino escribió en su Historia de las ideas estéticas en España: “La doctrina que supone que las bellas artes no tienen mas objeto lícito que la expresión de lo suprasensible por medio de los símbolos, alegorías e imágenes, sin que la realidad de la vida humana, la historia, el mundo físico, tengan más valor que el de simples medios, es hermana gemela de la doctrina que señala por fin al Estado, no ya asegurar el orden, la libertad, el reposo y la perfección o progreso natural de los ciudadanos, sino también la perfección sobrenatural y divina y proporcionales la salvación eterna”. Lo cual, obviamente, no fue óbice para que Don Marcelino considerase la religión como el principio espiritual que infunde carácter y energía a toda comunidad humana, vigorizando y perfeccionando el mero vínculo jurídico. Para hacer cumplir la ley, Menéndez y Pelayo reconoció en la monarquía la forma política característica de España, si bien en nuestro país el sentimiento de adhesión monárquico nunca alcanzó las cotas de, por ejemplo, Francia. Aquí la monarquía ejerció un dominio templado y quedó subordinada a la Iglesia Católica, adquiriendo de ella su fuerza y legitimidad. Menéndez y Pelayo encontró el paradigma de la monarquía tradicional en el reinado de los Reyes Católicos, quienes, siendo capaces de unir España, respetaron siempre las libertades y fueros municipales, gremiales y regionales.

A pesar de su relación con los carlistas en su juventud y de que fue diputado por el partido conservador, Menéndez y Pelayo perteneció a ese selecto grupo de hombres que no solo permanecieron por encima de partidismos, sino de la mentalidad general de la nación. Hombres, como el mismo decía, que “si pasaron por la república de la política fue como peregrinos de otra república más alta”. Sin embargo, esta actitud, lejos de desentenderle de los problemas de su tiempo, le llevó a una cabal comprensión de los mismos. De los conservadores dijo que habían cometido “el irreparable pecado de no llegar a españolizarse jamás”, de gobernar con absoluto desconocimiento de la historia patria. Y de los carlistas, que “se constituyeron en defensores no de una tradición gloriosa cuyo sentido apenas comprendían y alcanzaban, como no fuese de un modo vago e instintivo, sino de los peores abusos del régimen antiguo, en su degeneración y postrimerías”. También abominaba del “liberalismo de café, que, con supina ignorancia de lo humano y lo divino, raja a roso y belloso en las cosas de este mundo y del otro”. Exigió para su tiempo alguna forma de “auténtica representación popular, única forma de gobierno posible en nuestros días” y no condenó las Cortes de Cádiz, ya que “eran ya indispensables, considerando la realidad de España a principios del siglo XIX, y además, una necesidad sentida por todos los partidos políticos”. Deploró, en cambio, que la convocatoria de las Cortes no tuviera más espíritu que el revolucionario francés del XVIII. No concretó su pensamiento sobre la misión y atribuciones de las Cortes; se limitó a opinar que ya mediados del siglo XIX no se podía defender una forma de gobierno en la que no estuviera presente el pueblo, y pedía una monarquía representativa, admirando la libertad política de Inglaterra. En este país, dijo: “la libertad es algo positivo y que depende de leyes y tradiciones y que no ha de confundirse con La Libertad histriónica, declamatoria, clerofóbica y sesquipedal que en el Mediodía conocemos”.

En definitiva, el cometido de Menéndez y Pelayo es el del guía que, sin perderse en la multitud de hechos que conforman nuestra historia, con su enorme sabiduría, amenidad y amor a España nos lleva a descubrir el valor de la continuidad y la tradición.